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Un litoral intacto y solitario

De Cabo de Palos a Águilas se esconde uno de los últimos reductos del Mediterráneo salvaje.

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Realicemos un ejercicio de asociación de ideas. Verano: turistas. Sol: mar. Playa: toalla. Levante: hormigón. Es la imagen tristemente tópica que procesamos al pensar en el litoral murciano. El hostigamiento de la construcción ha reducido al mínimo las posibilidades de disfrutar del mar sin un bloque de apartamentos acechando en la coronilla. La naturaleza intacta y solitaria resulta más insólita que el verde de los campos de golf. Pero aún existe. O resiste. De Cabo de Palos a Águilas se extienden 100 kilómetros de costa que mantiene, en algunos tramos, toda la esencia del Mediterráneo.

Una buena manera de aproximarse a esta otra cara de Murcia es por el sendero del Parque de Calblanque, dejando atrás, a poca distancia, la populosa Manga del Mar Menor. Desde el faro de Cabo de Palos discurre un camino que conduce a varios ecosistemas: tierras áridas, acantilados, salinas y bosques, donde perviven especies autóctonas como el palmito o la sabina mora.

Al llegar al Monte de las Cenizas la vista se alarga hasta Alicante por un lado, y por otro, hacia la bahía de Portmán, víctima de uno de los mayores atentados ecológicos de la zona: el vertido de millones de toneladas de escombros procedentes de las minas. Aunque parezca extraño, la vista merece la pena porque permite evaluar la magnitud del desastre. Y si el interés medioambiental no convence, anímense aunque sólo sea por probar el arroz caldero que allí sirven.

El siguiente destino es Cartagena, con un importante bagaje histórico. Un paseo en barco por la bahía permite descubrir un paisaje costero anacrónico y bélico, sembrado de castillos y baterías en desuso. Hacia el oeste, los cañones Vicker escondidos entre las rocas, las guaridas subterráneas y las fortificaciones se extienden hasta Cabo Tiñoso por la batería de Castillitos. Al otro lado del cabo, bajo la Torre de la Azohía, se encuentran playas de difícil acceso, como la secreta Cala Cerrada.

A unos pocos kilómetros llegamos al animado -y masificado- puerto de Mazarrón. Aquí, entre las urbanizaciones y los complejos turísticos, encontramos una construcción en la que nada tuvo que ver la mano del hombre: la ciudad encantada de Bolnuevo, un paisaje de de gredas, formaciones arcillosas modeladas por el viento que recuerdan, en gran escala, a los cúmulos arenosos que los niños construyen en la orilla del mar. Una de las playas más recomendables en esta zona es la de Percheles, con una exótica línea de palmeras canarias muy cerca del agua.

Entramos, un poco más al sur, en el Parque de Cabo Cope y Calnegre, baluarte del Mediterráneo. Una excursión de unos 15 kilómetros permite recorrer a pie este tramo de costa y acantilados que comienza en las playas de Lorca, pasa por Cala Blanca, donde se pueden ver las cuevas que excavaron en las paredes verticales los antiguos habitantes de la zona, y continúa hacia el sur hasta la torre de Cope, una atalaya de vigilancia costera erigida en el siglo XVI.

Nos acercamos al límite de Murcia con Almería. Estamos en el Paisaje Protegido de Las Cuatro Calas de Águilas: Calarreona, La Higuerica, La Carolina y Los Cocedores. Las playas están medianamente desérticas, las rocas erosionadas parecen esculturas, los fósiles marinos se han incrustado en las areniscas. El tiempo ha tallado esta joya mediterránea, como diría un murciano, a bonico. O sea, despacio. Sólo el hombre puede destrozarlo a toda pastilla.


www.murciaturistica.es/es/turismo.senderismo
www.mazarron.es
www.aguilas.es


www.alberguesdelorca.com/puntasdecalnegre.html

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