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Luis Brea: "España no está concienciada de que ser actor o músico es una profesión"

El 'crooner' madrileño desplegará este sábado en La Riviera su 'canalleo' de salón

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La intrahistoria contemporánea de los barrios –y bares– del centro de Madrid está escrita en una galleta. Luis Brea militó durante años en bandas galácticas (Los Hijos de Han Solo) y terrenales (Los Sitios) antes de echar el freno, mirar atrás y transformarse en un icono de la canción ligera. Letras domésticas, crapulosas, de andar por casa ajena a altas horas de la madrugada, cuando no queda antro abierto. Tras la farra de De lo dicho nada (ecos de María Jiménez y Julio Iglesias; Los Planetas, malparados), en la resaca de Hipotenusa sigue presente ese costumbrismo de los excesos.

Su nombre, en realidad, no es tan breve como lo pinta: Luis Alberto Almarza López, mártir del canalleo de salón. Viste de riguroso negro o se traviste de la Duquesa de Alba. Lo produce Marxophone, la disquera de Nacho Vegas y Fernando Alfaro. Cuando se quita el traje, ejerce de psicólogo, aunque no le falta oficio de tabernero, que a veces viene a ser lo mismo. Malasaña, siglo veintiuno. De aquellos indies, estos crooners.

¿Cuántos músicos hay detrás de las barras de su ciudad?

Yo creo que hay mucho artista [risas]. En este país la gente no está concienciada de que ser actor o músico es una profesión, un negocio, algo serio. Las últimas medidas del Gobierno van en contra de eso y apoyan más la idea de que la música es el chaval de la guitarrita al que le gusta tocar. Quizás una muestra de que no se toma en serio es que, precisamente, hay mucho artista sirviendo copas.

Lo de la barra no era peyorativo.

No, ha sido una paja mental mía. Hay mucho artista poniendo copas porque no recibe apoyos. La música se sigue viendo como algo lúdico, cuando en realidad puede generar dinero. Y hay que defenderla, como se defiende la telefonía móvil.

Aunque poco tenga que ver con usted, me recuerda a Comando Suzie: la introspección doméstica y tal.

Cuando empecé esta nueva etapa, más personal, deseaba hablar de lo más inmediato, de lo que puedo tocar y sentir cerca. No quería irme por las nubes y ser demasiado épico, sino buscar un paralelismo entre las cosas cotidianas y los temas de siempre: amor, desengaño, noche y diversión.

Tan cotidiano que le ha salido un disco muy gato, ¿no?

Creo que es extrapolable a cualquier contexto o ciudad un poco grande. A ver, casi todos mis amigos se han casado con viguesas...

No habrá sido por el tren de la Movida, ese férreo cordón umbilical que unió ambas ciudades, cuando Vigo se escribía con M de Madrid.

De eso hace ya tiempo [risas].

¿Madrid araña poco o nada?

Es una ciudad que cada vez me resulta más exigente. La noche sigue ofreciendo alternativas, porque es la capital, pero me llama la atención la pérdida de respeto por el público. Colas a las puertas de las discotecas para luego tomarte una cerveza caliente y que te echen de malas formas. La escena alternativa se ha diversificado y hay muchos nichos diferentes, pero con un denominador común: llenar el garito con un público en serie que paga una pasta por la bebida.

No le falta razón, pero sigue existiendo el bar como refugio, el tabernero como psicólogo, ¿no?

Lo de tratar mal a la gente lo digo con conocimiento de causa. Yo he trabajado en el Fotomatón, cuya filosofía era luchar contra eso y crear un entorno donde los clientes se sintieran a gusto y los grupos, respetados, tanto económica como humanamente.

Yo dejé un curro de corbata en una gran compañía y aprendí mucho del trabajo físico y del contacto con la gente. Como psicólogo, me ha aportado muchísimo.

Hay que escuchar mucho.

Sin duda, escuchar es uno de los ejercicios más importantes como psicólogo y la barra es una buena práctica.

Me da que, últimamente, en vez de tirar hacia arriba, los músicos rinden homenaje en sus letras a otros grupos contemporáneos y underground. Usted, sin ir más lejos, lo hace con Ornamento y Delito.

Soy amigo y fan de ellos. Están retomando una parte underground de los ochenta que me interesa mucho: de Golpes Bajos a Parálisis Permanente, pasando por Siouxsie and the Banshees. Algo oscuro, casi postindustrial, una música difícil de encontrar en España porque no ha habido revolución industrial. Y eso que ellos son de Bilbao...

Usted mismo es algo oscurillo, no tanto por sus letras como por su estética y referencias musicales.

Siempre me ha llamado la atención esa estética, de la que me enamoré cuando vi a la Velvet con los jerseys negros de cuello vuelto. Luego, intuitivamente, terminé vistiéndome así. Emocionalmente, me siento muy cerca de esa familia, a la que también pertenecen Joy Division o The Jesus and Mary Chain.

¿En quién le gustaría reencarnarse?

Me gustan más los supervivientes que los sacrificados. Frente a Jim Morrison, Ian Curtis, Kurt Cobain y el club de los 27, me quedo con los que tienen una pulsión de vida y han apostado por sobrevivir, sin permitir que les absorbiese el personaje.

Las malas hierbas...

Sí, que no te mate... Keith Richards es un ejemplo cojonudo.


 

¿Cuál es el punto de inflexión de Julio Iglesias? Diría que el disco En concierto, editado en 1983, después de Hey! y De niña a mujer. La siguiente década transcurre como un ciclista bajando el Tourmalet, hasta que llega el llano con Calor. A partir de ahí, el resto de su discografía (La carretera, Tango...) es prescindible, ¿no cree?

No lo sé [traga saliva]. Tampoco soy un conocedor de la discografía de Julio Iglesias [risas].

Vaya.

Es que a mí esa etiqueta me ha venido de fuera [risas].

Pues tiene una canción que es Total Julio.

Sí, aunque Dicen por ahí, en realidad, es un homenaje a María Jiménez. Quería meter en el repertorio Se acabó, pero al final salió esa letra. Cuando terminamos de grabar la canción, la pusimos y dijimos: '¡Hostia!'.


Y yo pensando que le gustaba Julio Iglesias.

Sí, sí, sí. Además, De niña a mujer me parece el título más punk que le han puesto a un disco. Es un pedazo de profesional.

A él le hacen falta los dedos de los pies para contar los idiomas en los que ha cantado. ¿Usted aspira a ...?

De momento, con el castellano es suficiente [risas].

María Jiménez mediante, este disco es menos Julio, pero también menos Jota, ¿no?

Es un poco de coña, ¿no? No... [risas]

¿La pregunta o el epé?

El epé es una ruptura no sólo sonora sino también ideológica con Los Sitios, un grupo indie con unas delimitaciones muy claras, tanto estéticas como musicales. Entonces, me empiezan a interesar otras cosas y me quiero liberar de todo esto. Si me sale una rumba, pues una rumba. Es un mezclaíllo, porque me he quitado todos los filtros.

Total libertad. Y resultó: es un disco muy ecléctico, cada canción es de su padre y de su madre, pero resulta natural. En Hipotenusa sigue pasando lo mismo, aunque tal vez es menos folclórico. Hay soul, Nacha Pop, improvisación y ganas de pasarlo bien.

A falta de Parlophone, bueno es Marxophone.

Santo [risas].

¿Es muy diferente de los personajes que hablan en sus canciones?

En todos hay algo mío, porque beben de la misma charca que yo. Algunos llevan cosas diferentes...

Como un vestido de faralaes.

Sí [risas]. Más que Julio Iglesias, tendría que ser Julio Sabala. Desde pequeño, soy el típico gracioso de la clase, el imbécil que hacía imitaciones.

Pues yo ahora estaba pensando que es un pelín serio...

Estoy intentando currármelo [risas]. Siempre he sido el payaso, es posible que eso haya evolucionado hasta los personajes de mis canciones.

Este sábado telonea a Sidonie. ¿Se ha enfrentado antes a un público tan amplio como el que les espera en La Riviera?

Los Sitios fuimos teloneros de Bebe en las fiestas de Alcorcón, cuando ella era la polla. Había unas 10.000 personas, aunque a nosotros no nos hicieron ni puto caso [risas].

En fin, ¿cómo se ve en el futuro: trabajando en un gabinete psicológico o retirado en un casoplón de Miami o Punta Cana?

No voy a renunciar a la música, pero mi trabajo como psicólogo me llena muchísimo. Me gustaría hacer ambas cosas. Poco a poco. Y lo que tenga que venir, que venga.