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La luz al final del túnel

El partido con más escaños, el PNV de Ibarretxe, es el que menos posibilidades tiene de gobernar

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Para empezar, conviene dejar a un lado la cuestión de la influencia de los votantes de Batasuna en los resultados de estas elecciones vascas. La mayoría de los que no han emitido un voto nulo, ni siquiera han acudido a las urnas, se han abstenido. Porque hay que notar que, además del voto nulo, en estas elecciones ha habido un crecimiento de la abstención, que, en el electorado residente sin contabilizar el voto aún no escrutado de la emigraciónha pasado de una tasa de 31,1% en 2005, al 34,1% del pasado domingo.

Entre los votos nulos (100.000) y el incremento de la abstención en tres puntos (50.000) se llega exactamente a la cifra de votantes del Partido Comunista de las Tierras Vascas (PCTV) en 2005 (150.000). Aunque no todo el excedente de abstencionistas vendrá de ahí es probable que haya habido también abstenciones de antiguos votantes del PP, entre una cosa y otra no queda margen para que el electorado abertzale radical haya influido significativamente en el resultado de los demás partidos.

Aunque la distribución final de los escaños se ha apartado de lo que previmos en los cálculos preelectorales, las tendencias de cambio en la distribución del voto vasco que anticipábamos en el Publiscopio se han confirmado. El fuerte crecimiento del PSE no ha impedido que el PNV haya ganado las elecciones; el voto del PP se ha hundido; y Aralar ha surgido como segunda fuerza en el campo nacionalista, superando ampliamente a los socios minoritarios del tripartito.

En el electorado residente en Euskadi, el voto socialista ha crecido un 16,1% respecto a 2005, logrando el PSE casi 44.000 votos más que entonces (272.155 en 2005 y 315.893 ahora). Pero el PNV le ha superado en 80.000 votos, pese a haber perdido, en su suma con EA, 31.000 votos respecto a los que obtuvieron juntos en las elecciones anteriores (463.792 en 2005 y 432.691 ahora). El claro avance del PSE no ha evitado que se mantenga la primacía del PNV, aunque la ha debilitado mucho. La clave de la resistencia electoral nacionalista ha estado, como se preveía, en Vizcaya, donde el PNV ha logrado atraer y conservar casi todos los votos de 2005, dejando a EA sin representante en el Parlamento.

En el terreno electoral del tripartito el triunfo del PNV es incontestable, pero a costa de la desaparición, en la práctica, de sus dos socios. Al previsto desplome del voto de EA, se ha añadido el del voto de EB-IU que las encuestas no anticiparon, cuyos electores, ante la urna, probablemente han preferido votar a Aralar o al PSE, que representaban opciones de cambio, en lugar de seguir respaldando a Ibarretxe.

La subida de Aralar ha sido espectacular, como se preveía, más todavía en votos que en escaños. Respecto a las elecciones de 2005, ha ganado 34.000 votos sólo unos miles menos que el PSE multiplicando su resultado anterior por 2,2. Es ahora la segunda fuerza nacionalista en el Parlamento y es probable que continúe creciendo en las próximas citas electorales, tanto con votos del tripartito como con votos de la izquierda abertzale, lo que puede hacer que su papel político sea más decisivo para el futuro de Euskadi que su actual número de escaños.

El desastre político del PP en el País Vasco ha quedado en parte encubierto (y compensado) porque sólo pierde dos escaños. Pero en términos de voto su balance es muy negativo: después de haber retrocedido mucho en las elecciones precedentes (en las que ya había perdido 116.000 votos), en estas el voto residente del PP cae el 30,6%, con 64.000 votos menos que en 2005 (ha pasado de 208.708 votos, entonces a 144.944 ahora).

Aunque sus escaños sigan siendo decisivos para formar una mayoría, esta pérdida de voto sólo puede calificarse como desastre. Con estos resultados se da la paradójica situación, primero, de que es políticamente imposible un gobierno de mayoría absoluta; y segundo, que el gobierno en minoría más improbable es el del partido más votado.

Teóricamente son posibles dos gobiernos con mayoría absoluta: uno formado por PSE y PP (con UPyD, si los socialistas no lograsen el escaño en disputa en Álava) y otro formado por PNV y PSE. Pero el primero que sería un gobierno de frente constitucionalista está en contradicción con la línea política que ha llevado a Patxi López a ser alternativa real de gobierno y está descartado. Y el segundo es imposible porque sólo podría ser presidido por Ibarretxe, y su continuidad como lehendakari supondría renunciar al cambio que los socialistas quieren impulsar. Políticamente, no hay gobierno de mayoría posible.

Si se asume que el nuevo gobierno vasco tendrá que gobernar en minoría como hasta ahora viene sucediendo la cuestión es qué posibilidades hay de reunir, en este Parlamento, los votos suficientes para nombrar al lehendakari que lo encabece. Y ahí es donde surge la paradoja de que el partido con más escaños, el PNV, es el que menos probabilidad tiene de poder gobernar ahora en minoría. En efecto, con el resultado obtenido por Juan José Ibarretxe no hay, actualmente, otro candidato nacionalista posible para lehendakari que él mismo. Pero, tras la experiencia de sus gobiernos anteriores, su candidatura concitará, con seguridad, el rechazo de los grupos no nacionalistas, que evitarán que salga adelante.

En realidad, el único gobierno de minoría posible es el de Patxi López. Ha anunciado que presentará su candidatura a lehendakari y, si lo hace frente a Ibarretxe como es casi seguro, será muy difícil que los 13 votos del PP (y el de UPyD, si fuera necesario) se abstengan, aunque no hayan llegado a ningún acuerdo formal con el PSE sobre el gobierno o su programa.

Los problemas que esto provoque en Madrid que los provocará sin duda, porque se gobierna en minoría y con frecuencia se necesitan los votos nacionalistas para sacar adelante proyectos y presupuestos son otro asunto. Un asunto que tendrá que resolverse en Madrid.

Un gobierno de Patxi López como lehendakari supone un cambio profundo en el País Vasco, que puede sacarlo del bloqueo actual y encontrar el camino que concilie las aspiraciones nacionalistas y no nacionalistas, que una a la población y abra expectativas reales de superar un conflicto que dura tanto como la democracia. Y eso vale mucho más que los problemas que le plantee al gobierno en Madrid.