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El machismo azuza la trata de blancas en Bangladesh

Las mujeres que se prostituyen quedan estigmatizadas

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Entrar en el burdel de Faridpur (Bangladesh) es como introducirse en una pesadilla. En pleno centro de la ciudad, detrás de una tela a modo de cortina, comienzan las primeras calles estrechas y sucias del pequeño suburbio que alberga el burdel. Los montones de basura se agolpan a los lados. Las mujeres cocinan en el suelo. Muchos hombres, la mayoría proxenetas o clientes, rondan el viejo edificio de tres plantas donde las prostitutas tienen sus habitaciones.

Dentro, el ambiente es cargante y los olores, desagradables. En cada habitación, de unos dos por dos metros cuadrados, conviven varias prostitutas y sus hijos, si los tienen. Si alguna atiende un cliente, las demás se van. Los precios por servicio van desde los 50 takas a los 200 (entre cincuenta céntimos y dos euros). La situación es parecida en cada uno de los doce burdeles que hay en el país. Fuera de ellos, las prostitutas son continuamente despreciadas.

Algo tan básico como llevar calzado está vetado para ellas. Sólo el trabajo de algunas ONG, como la española Ayuda en Acción, ha conseguido que en algunos lugares puedan calzar chanclas cuando salen. Tampoco serán aceptadas en ningún empleo: dedicarse a la prostitución las marca de por vida.

Por los pasillos desfilan chicas que van desde los once a los diecisiete

En el primer pasillo del burdel está Tanzila. Dice que es mayor de edad, pero su aspecto es el de una chica de trece o catorce años. No es la única con aspecto de niña. Por los pasillos desfilan chicas maquilladas que van desde los once a los diecisiete.

Todas mienten sobre su edad para evitar problemas. La prostitución en Bangladesh está en un limbo legal, pero los menores de 14 tienen prohibido trabajar.

Tanzila no quiere decir cómo llegó aquí, pero después de unos minutos de conversación aparece su historia: mantuvo relaciones sexuales con un chico que le prometió boda. El chico la engañó y se casó con otra mujer. La humillación fue tan grande y la presión de su entorno tan asfixiante, que tuvo que huir de casa de sus padres. Alguien la captó y la forzó a trabajar en el burdel.

La historia se repite en muchas otras chicas. El tráfico de mujeres sucede con demasiada frecuencia en Bangladesh. Además, la vulnerabilidad de las mujeres en esta sociedad de patrones sumamente machistas facilita la labor a los proxenetas. Si por cualquier motivo, una mujer pierde o abandona a su familia y no está casada, su suerte está echada.

La conversación con Tanzila se acaba, un cliente la reclama. Una prostituta veterana se encarga de arreglar el trato. En los burdeles, las mayores cuidan y explotan a las pequeñas: las protegen, pero también las controlan y sacan beneficio de sus encuentros.

Asha, Nupur y Sweety comparten habitación. Todas llegaron aquí obligadas, después de vivir terribles historias familiares. Las tres intentan protegerse de las enfermedades de transmisión sexual usando condones, pero no es fácil. Un solo preservativo les cuesta lo que un servicio barato, 50 takas (medio euro). No todos los clientes aceptan su uso. 'Intentamos convencerles, pero cuando no podemos usamos otros métodos, como aceites', dice Nupur. Fórmulas que no las protegen de enfermedades ni embarazos. Los abortos son clandestinos y las mujeres apenas tienen acceso a medicamentos.

Si tienen hijos, conviven en las mismas condiciones que ellas. El estigma social es tan profundo que arrastra también a los pequeños: las niñas están condenadas a ser prostitutas; los niños, a delinquir. Los colegios no les admiten en sus clases y el trabajo les estará vedado si descubren que son hijos de prostitutas.

Un par de horas dentro del burdel parecen dos días. Abrir la cortina para salir del suburbio resulta un alivio. Entonces, la pesadilla se acaba para los visitantes. Sigue para ellas.