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'Mad Men', el espejo que nos muestra a nosotros mismos

Un libro analiza el discurso de esta serie ganadora de tres Globo de Oro

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¿Por qué gusta la serie norteamericana Mad Men? ¿Qué hay detrás de la fascinación que provoca un grupo de publicistas neoyorquinos de los años sesenta que visten traje de franela y beben whisky desde por la mañana? ¿Y por qué los periódicos nacionales de EEUU no dejan de escribir sobre ella?

El ensayo Mad Men. Reyes de Madison Avenue (Capitán Swing), de próxima publicación, intenta responder a estas preguntas a partir del análisis de catedráticos de Comunicación, doctores en Filosofía, sociólogos y publicistas. Con una conclusión subyacente: la serie creada por Matthew Weiner, ganadora de tres Globo de Oro, no es una serie de época distanciada en el tiempo cuyos personajes quedan lejanos, sino que explica al hombre contemporáneo, confuso y loco (mad, en inglés) ante una sociedad cada vez más virtual.

Como sentencia Jean Braudillard en el análisis de Fernando Ángel Moreno, profesor de Literatura Comparada de la Universidad Complutense de Madrid, 'lo importante [en la serie] es el torturado, alienado, sufriente yo de cada individuo atrapado en su propio simulacro'.

La serie muestra sin titubeos a un hombre cayendo al vacío

La cabecera de esta serie, estrenada por el canal AMC en 2007, ya muestra sin titubeos a un hombre cayendo al vacío. Según Jesús González Requena, catedrático de Comunicación de la Universidad Complutense, 'las escenas toman referencias de las películas Vértigo y Matrix, y en ellas se presenta a un hombre que no sabe dónde está. Es un hombre que se desvanece en una sociedad que ha perdido el pie con la realidad'.

Para este catedrático, aquellos años sesenta en EEUU fueron, como bien han mostrado películas como El apartamento o las novelas de Richard Yates (Revolutionary Road), los de la 'cristalización del capitalismo publicitario. Es una sociedad opulenta ante un espejismo de esplendor'. Un halo de ilusión que, como hemos visto tras la crisis de las hipotecas subprimes, campó a sus anchas durante los últimos años de esta década.

El cinismo corre por las venas de todos los personajes de la serie. Don Draper (interpretado por Jon Hamm), el catalizador de todos ellos, es un director creativo aleccionador que, sin embargo, se aplica para sí mismo otro tipo de códigos morales. Pete Campbell (Vicent Kartheiser) le pide a su mujer, Trudy (Alison Brie), que no le deje solo nunca más, tras haberla engañado mientras ella estaba fuera de la ciudad. 'Hay una falta de voluntad moral, de cinismo cansado. Es una especie de resignación ante lo que sucede. Creen que, por mucho que hagan, las cosas no van a cambiar', explica Fernando Ángel Moreno.

Esta producción se inscribe como ninguna en la posmodernidad

En un plano más estético, la serie está cargada de detalles, tanto aquellos relacionados con el vestuario, maquillaje y peluquería como en los que muestran tenues miradas o dos manos que se tocan. Leticia García, licenciada en Filosofía, y Marina Domínguez, licenciada en Publicidad, analizan en este ensayo la moda en Mad Men como un lenguaje que explica los comportamientos de los personajes. Es el caso de Betty Draper (January Jones), que pasa de vestir faldas amplias y vestidos cuando está con el publicista Don a trajes estilo Jackie Kennedy cuando se casa con el senador Henry Francis.

O el de Peggy Olson (Elizabeth Moss), la secretaria que viste con ropa de 'cateta' y moderniza su vestuario cuando se convierte en redactora. 'Y cada vez los colores de su ropa se parecen más a los de Don Draper, más apagados. Se está mimetizando con él', sostiene García. Mad Men, enmarcada en una industria televisiva que produce series como The Wire, se inscribe como ninguna en la posmodernidad: vivimos otros tiempos, pero son prácticamente lo mismo. Y por eso se lleva a la audiencia.