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La mano valiente menea lo siniestro

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En El país del miedo se dibuja una cartografía del horror. Del de dentro y del de fuera, de ambos, que son, en definitiva, el mismo. Sobre el plano de una ciudad, su protagonista se mueve por un bosque en el que acechan los lobos. El miedo se oculta en su corazón hecho de vísceras familiares y de esos recuentos con los que cada ser humano calibra su intrepidez repasando torturas: el pinchazo o el pellizco, la muerte por fuego o agua. Un hombre que por miedo a ser malo es todavía peor, al asumir los códigos de lo que en nuestro mundo se asocia a menudo con la bondad: la duda, la laxitud, la inacción, el olvido. Formas de la no violencia que esconden violencia en estado puro.

Al leer esta novela recorremos nuestras fibras más frágiles, que acaban siendo las más sanguinarias. Nos preguntamos en qué medida nuestro íntimo corazón nos pertenece o su carne se va gestando en el útero de una comunidad donde se opone lo seguro a lo libre. Con pulso narrativo implacable, Rosa nos cuenta que los verdugos tienen a veces el mismo rostro que las víctimas; que esa oposición es la falacia de un humanismo que está en la base de nuestra moral pública y privada. Isaac Rosa dibuja un tiempo y un espacio donde los menhinos da rua no están en otro continente, sino aquí, a la vuelta de la esquina.

Quizá esta novela sea triste. O quizá se puedan romper algunas lunas de los bancos sin arrojar cascotes. El proyecto de Isaac Rosa no es una canción desesperada. Su vocación de intervenir, de preguntar pero también de responder, involucra al lector, que experimenta la urgencia de la corrección y vuelve a colocar la literatura en un lugar que no es el de los papeles de seda, los cuidados paliativos o los detectives enamorados, sino en el de su utilidad como discurso público.

El país del miedo, como diagnóstico, proporciona claves para entender que lo real se ha vuelto siniestro a causa de la mezquindad, el individualismo o la desconfianza del capitalismo. Pero nos da una oportunidad y, como acción, es optimista y muy, pero que muy valiente.