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En manos de románticos inútiles

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Paul Krugman dice, literalmente, 'deeply impractical romantics' para referirse a los actuales líderes de las instituciones económicas europeas, entre otros. Lo de románticos es una ironía, supongo, para situar a estas gentes donde ellas sitúan normalmente a los demás con esa maldad propia de los que creen que llevan una correcta interpretación del mundo en el mismo genoma.

La única diferencia sensible entre un partido crítico con las medidas socioeconómicas en curso y otro partido conservador es que los conservadores creen que el mero saneamiento de la contabilidad, a cuyo desequilibrio tanto han contribuido, por cierto, producirá el milagro de la recapitalización de todo el mundo crediticio, en particular el Estado y los bancos.

Frente a eso están la de Krugman ('el Banco Central Europeo está especialmente inclinado a refugiarse en la fantasía cuando las cosas van mal. El año pasado, por ejemplo, el banco afirmó su creencia en el hada de la confianza, que es la afirmación de que los recortes presupuestarios en una economía deprimida promueven realmente la expansión al aumentar la confianza empresarial y la del consumidor. Por extraño que parezca, esto no ha sucedido nunca en ninguna parte'); y con esta la de la mayoría de los asesores económicos americanos y japoneses, como Richard Koo ('la política monetaria es inútil para esta clase de recesión'), víctimas estos últimos de la misma leyenda conservadora.

Una de las causas de no remontar es que la crisis nos haya caído con gobiernos conservadoresSu tesis, digo, es la de que sin nuevos inputs o entradas de liquidez en el sistema no habrá el crecimiento necesario en los países más deprimidos o con más paro, entre los que está España. Para que haya tales entradas es preciso, entre otras cosas, que el BCE se ponga en marcha para ello y que los países cambien su estrategia. Las recetas conservadoras están llevando a los países con problemas de tumbo en tumbo ('como las aves ciegas', que diría Neruda en Cien sonetos de amor). La situación de los países débiles empeora días a día y, de haber alguna clase de recuperación, esta será lentísima, muy extendida en el tiempo y no muy satisfactoria.

Las recientes elecciones generales han dado un poder inmenso al partido conservador de España, el Partido Popular, un partido extremadamente reaccionario en el área cívica (se opuso de alguna forma a todas las leyes cívicas, incluido el divorcio en su momento, cuando tenía otro nombre como partido) y algo más pragmático en la económica.

Entre sus personajes más singulares, Alberto Ruiz-Gallardón ha sentado plaza de gastador al estilo en que se espera que lo haga un enamorado del gasto público como estímulo central de la economía (Ayuntamiento de Madrid), y la gente se lo ha agradecido con reiteradas reelecciones. También tiene fortuna política Esperanza Aguirre, enemiga íntima de Gallardón que presume de liberal radical y muy ahorradora, aunque los datos sobre esto último con frecuencia no cuadran. Pero sí es verdad que ha reducido extraordinariamente el número de profesores para el curso actual, creando así más paro, disminuyendo algo su gasto y debilitando la enseñanza pública, área tradicionalmente mal vista por la derecha hispana.

El PP tiene de todo en sus filas conservadoras, y en muchos casos ultraconservadoras, y podría sumarse a una nueva estrategia europea capaz de producir empleo. Es difícil de creer, sin embargo. Tratándose de un partido romántico (si utilizamos la terminología de Paul Krugman) sólo cabe esperar una gran insistencia en recortes y ajustes, sin mirar más allá. Y dios proveerá.

El que la crisis nos haya caído encima con gobiernos conservadores (ya están cayendo, poco a poco) es una de las causas centrales de que las cosas no acaben de remontar. Lo creo firmemente, aunque podría no ser así. Yo no soy Krugman y ni siquiera soy economista. Les pongo un gráfico expresivo que pretende contestar sin palabras a la pregunta: '¿Por qué ganó el PP?'.