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Mar de cristal entre baobabs centenarios

Beatriz recorrió la isla tras leer el diario de viaje de una pareja francesa

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Todo empezó con un libro. Hace dos años, Beatriz Tejada recibió de regalo un diario de viaje escrito por una pareja francesa sobre su estancia en Madagascar. Y la ilusión de visitar la cuarta isla más grande del mundo, un vergel en el que confluyen la naturaleza salvaje de África y los aromas marinos de Asia, anidó en esta periodista y en su novio. Dicho y hecho: logrado dinero y tiempo suficientes para afrontar el viaje, la joven pareja desembarcó en la isla que toma nombre de los antiguos colonizadores portugueses. Y la expectativa no defraudó. 'Madagascar no ofrece iconos turísticos ni grandes monumentos. Regala paisajes de arrozales y plataneras sólo jalonados por casitas de barro y senderos con carros tirados por cebúes, bosques frondosos y selvas tropicales apenas visitadas', recuerda. 'Y playas de arena blanca y un mar azul turquesa, donde vive su población hospitalaria en su forma de vida tradicional', agrega nuestra viajera.

Entre los destinos africanos, Madagascar mantiene aún una oferta asequible en cuanto a costes de transporte interior, alojamiento y manutención. Recorrer la isla de los malgaches, que así se llama la población local, implica seguir la ruta de la carretera RN7 que une la capital, Antananarivo (Tana, en el apodo local) con el suroeste. Y no se viaja en trenes modernos ni en autobuses masivos, sino en los denominados taxi brousse, transporte colectivo en el que cualquier visitante comparte espacio con los locales. 'Ocurre como en otros lugares de África, con ese dicho popular de donde comen dos, comen tres', ya que en los taxi brousse donde viajan diez pueden viajar 20', recuerda Beatriz, que aprovechó la extensa ruta para realizar paradas cortas y disfrutar de 'parques naturales poco visitados y de belleza extrema'.

La gran carretera RN7 une la capital, Antananarivo, con los bosques y las playas del suroeste

Y entre tantas joyas, ¿cuáles no hay que perderse? 'La avenida de los baobabs en el atardecer, cuando la tierra se vuelve aún más rojiza y alarga hasta el infinito la sombra de estos grandes árboles centenarios. También la playa y el pueblo de Anakao, donde aún no han llegado los complejos hoteleros con sus tumbonas de plástico. Y el parque de Isalo, macizo montañoso donde la erosión ha dejado formas caprichosas entre una rica vida vegetal y animal. Allí te puedes bañar en lagunas de aguas cristalinas y divisar tumbas ocultas en las paredes de las montañas donde reposan los savakala, los antiguos habitantes de Isalo antes de que fuese declarado zona protegida'.

¿Y anécdotas? Tendrás cientos... 'Sí', recuerda Beatriz. 'En Anakao vimos miles de pequeños cangrejos corriendo sobre la arena durante una noche estrellada, y en la isla de Nosy Ve pasamos el día sobre una barca de los Vezo, la tribu local, cuya vela nos sirvió de parasol mientras nos chupábamos los dedos con el pescado a la parrilla que nuestro capitán había capturado momentos antes haciendo pesca submarina'. Pero todavía hay más: 'En el techo de los taxi brousse se transportan desde sacos de cocos hasta pavos vivos, mientras que en las siete horas que pasas en el interior del vehículo, sin darte cuenta, terminas durmiendo con tu cabeza apoyada en la señora de al lado'. Excursiones alimentadas con carne de cebú, guisos con leche de coco y frutas típicas. Para chuparse los dedos.

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