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"Unos martillazos me golpean el estómago. A mí, volar me da miedo"

Una redactora de ‘Público' viaja a Las Palmas en el vuelo de Spanair que realiza el mismo trayecto que el siniestrado

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Puerta E78 de la T2 de Barajas. La pantalla que anuncia el vuelo JK5022 de Spanair con destino Las Palmas tiene un color violáceo, saturado, distinto al de la E77, de la E76. Distinto del resto. Podría ser un capricho tecnológico, o si se quiere, una casual señal de duelo.

A las 12.35, los pasajeros esperan, se miran unos a otros, se hacen pequeños corros. Hay quien camina de lado a lado, como yo. Hay quien lee una revista del corazón. Hay quien dice, como Cristina Arroyo, de 30 años, 'yo pude coger ‘ese' avión'. Uno con el mismo nombre, las mismas condenadas letras, pero exactamente 24 horas antes. 'Lo tenía comprado pero mi jefe no me dejó salir del trabajo y tuve que cambiarlo esa misma mañana y pagar la penalización. Ahora tengo este billete con el mismo número de asiento y estoy viva'.

Media hora antes, en la zona de facturación, la cola de pasajeros, habitual del mes de agosto, se enredaba entre un amasijo de maletas, cámaras de periodistas, miradas sombrías, niños correteando ajenos a tanta cara larga. Suena un ding dong ding y se anuncian los tres minutos de silencio que ponen en evidencia lo que todos tenemos en la cabeza. Las 153 personas que murieron ayer en el mismo aeropuerto, en el mismo número de vuelo que está por salir. Se oye algún llanto de bebé, algún movimiento de ruedas y de pies, pero hay un momento, un segundo o una hora, que no se oye nada, más que el zumbido de un ventilador.

El último cigarro

De camino a la puerta de embarque, paro: un pitillo no me vendrá mal, o dos seguidos. Quiero digerir a la pareja que acabo de ver, en el control de seguridad, besándose con un buen trozo de miedo entre ellos. Unos martillazos me golpean el estómago. Porque a mí volar me da miedo, porque mi familia vuela de Las Palmas a Madrid en un vuelo de Spanair y porque desde los 6 años he creído que voy a morir en una explosión.

Vanessa Gironés me lo quita. Fuma un cigarro junto a mí y me cuenta que la tía de una amiga suya está entre las víctimas, junto a sus hijas; que ella pensó en irse a Cádiz a coger el ferry; que pensó en tomarse veinte tranquilizantes. 'Pero voy a subir al avión, me voy a poner música y a cerrar los ojos. En dos horas y media estaré en casa'. Ella, como José Domínguez, sabe que no hay otro vuelo más seguro. Han revisado los aviones durante toda la noche. 'Me lo dijeron ellos', confiesa José.

A las 13.07, los motores del MD 82 no están encendidos y desde mi asiento -4C- miro como van y vienen las azafatas con la cara desencajada. Hace calor, la gente se abanica compulsivamente y nadie habla. Sólo Alicia (a la que su madre llama ‘la terremoto') grita un 'no no no' que es todo lo que le permiten decir sus 2 años y su genio. Pasan los minutos, pesados y llenos de calor, las azafatas buscan a una pasajera. ¿Es usted Andrea Ojeda?, me preguntan. Alguien facturó y no ha entrado al avión.

Va media hora de retraso cuando, en silencio, el avión empieza a moverse. Todas las cabezas miran las instrucciones de seguridad, las gesticulaciones ausentes de las azafatas, no hay periódicos abiertos, ni cabezadas antes de tiempo, ni un murmullo. Sólo un 'todo está bien' del comandante, previo a la carrera de despegue desde la pista 36 L.

Un aplauso desganado

Arriba. El avión se levanta y las 150 personas que hay dentro giran los ojos a la ventanilla con el logo de MD 82. Abajo, un terreno negro, junto a un cauce seco. Intento recordar un viaje más silencioso que éste, cuando la azafata, S.S.M., me pregunta si quiero algo de beber. Tiene el cuello largo y delgado y una sonrisa que es una mueca: 'Ayer volé de Barcelona a Madrid en el mismo avión del accidente, con tres compañeros que murieron, ahora no podemos hacer otra cosa que trabajar'. Empuja el carrito y sigue.

En el descansillo, las azafatas hablan entre sí. Una me mira, 'intentamos no pensar, trabajar, para que el tiempo se pase cuanto antes, estamos destrozados'. No tienen apoyo psicológico, 'se apoyan entre ellas', dice B.M.A., una enfermera que se ha acercado a hablar con ellas. 'Hay que tener cojones para estar así de enteras, para atendernos como lo están haciendo', dice esta mujer pequeña.

En el baño, se cruzan las conversaciones, todos tienen su anécdota. Todos se quitan el peso del nervio, contando. Cuando las nubes empiezan a tener el peso rotundo que les dan los vientos alisios de las islas, sabemos que Las Palmas está cerca. Ese cacho de tierra árido asoma con una luz amarilla. Vuelve el silencio. Al final, hay un aplauso sin entusiasmo. Mi padre, su mujer y mis dos hermanos llegaron.