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Mascota de futuras guerras preventivas

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Ir a contracorriente de la escena internacional es toda una tradición política francesa, al menos desde la Revolución de 1789 y hasta Jacques Chirac. Desde la Segunda Guerra Mundial, esa energía desplegada por París para nadar como salmón en río llevaba sistemáticamente a Francia a alejarse del polo magnético (¿el imán?) de Occidente, Estados Unidos, especialmente en todo lo que toca a Oriente Próximo.

A Nicolas Sarkozy le gusta tanto compararse con De Gaulle -para decir que lo supera-, que hasta en ese punto ha provocado una ruptura. La Francia de Sarkozy va a contracorriente, sí. Pero no para alejarse de Washington, sino para acercarse a la sede del clan Bush y a uno de los conceptos neocon más discutibles y discutidos, el de guerra preventiva, cuyo poder desestabilizador ha quedado de manifiesto en Irak.

El juego de Sarkozy

Frente a las ambiciones nucleares de Irán y en política medio-oriental en general, el nuevo poder sarkozyano ha desplegado en pocas semanas un juego con el que demuestra nosólo que ya es el nuevo fiel aliado de Washington, sino que además trae preciosas ofrendas a sus pies.

Al declarar hace unos días que la única alternativa era 'la bomba iraní o el bombardeo de Irán', Sarkozy alineó a París con Washington, saltándose de paso todo matiz, pues obviaba que, de momento, lo que Teherán sigue clamando es que sólo busca desarrollar centrales nucleares civiles y que un acuerdo con la AIEA está en vigor.

Una falta de discernimiento frente a Washington que le ha costado a Francia una nueva disensión con Alemania y una reacción iraní. Anteayer, el canciller francés Bernard Kouchner aceleró la apisonadora bélica , al afirmar que Occidente debe prepararse 'para lo peor', es decir, 'la guerra', mientras su Administración ordenaba a las empresas francesas que congelen las inversiones en Irán.

Con tal orientación, Sarkozy pone en bandeja a Washington un perrito faldero de lujo llamado Kouchner. El ex fundador de la ONG Médicos Sin Fronteras lleva consigo la memoria colectiva de cientos de miles de militantes de la acción humanitaria, intervencionistas por definición, inventores del derecho de injerencia.

Kouchner pervierte esa herencia y, en el contexto actual, se convierte en la mascota perfecta para nuevas guerras preventivas que Washington pueda desdibujar.