Publicado: 19.11.2013 07:00 |Actualizado: 19.11.2013 07:00

"Me obligó a dejar el trabajo; me pagaba por ser su criada"

La dependencia económica de las víctimas de violencia de género hacia sus maltratadores es una agresión más que, sumada al aislamiento al que las condenan sus parejas, agrava el maltrato.

Publicidad
Media: 0
Votos: 0
Comentarios:

Marga fue la criada de su marido durante 20 años. Así lo acordaron durante una comida en casa después de que él la amenazara con matar a sus hijos si ella decidía divorciarse. "Fue un pacto verbal y válido. Yo cocinaba, limpiaba, iba a la compra, hacía todas las tareas de la casa. Y él me daba un sueldo por ello. Vivíamos juntos pero dormíamos en habitaciones separadas. No era su mujer, sino su criada", cuenta esta mujer que en realidad no se llama Marga porque prefiere ocultar su identidad. 

Con 60 años recién cumplidos, ojos azules y sonrisa perenne, Marga fue agredida por su pareja desde que se casó, a los 23 años. "Los empujones eran lo de menos", recuerda. A ella, que tuvo tres hijos "no deseados" con su marido, le dolían más los insultos, los golpes en la mesa, los gritos y los platos de garbanzos tirados al suelo y contra el techo. Un maltrato psicológico del que se vio incapaz de escapar, entre otros muchos motivos, por la dependencia económica que la unía a su marido. "Él me prohibió trabajar. Tenía celos de todo, pero entonces estaba enamorada y no veía que me estaba dominando. Yo soy hija única, mi madre era asmática y no podía darle disgustos. En aquella época, si te casabas, luego no podías ir a pedir ayuda a papá y mamá. Además, si me ponía a trabajar tampoco hubiera tenido tiempo para atender a mis hijos", cuenta.

La violencia económica es uno de los muchos tipos de violencia que los maltratadores ejercen sobre sus parejas. Prohibirles trabajar y que sean independientes económicamente las ata aún más a su maltratador, que busca su máximo aislamiento. "Los primeros 19 años estaba totalmente anulada y con miedo, pero luego me apunté a clases de teatro y cambié", cuenta Marga. "Fui saliendo de debajo de su zapato, ya no me pisaba, no conseguía dominarme, salió mi rebeldía y mis ganas de querer luchar". Se dio cuenta de que ella no era "tan débil e inútil" como pensaba, ni él "tan fuerte y valiente" como parecía, pero aun así no podía irse de casa. Por eso, el día que él metió a sus hijos en la batalla, cambió todo. "Yo me mantuve firme, hacía sólo de criada. Llegaba a casa con muchísimo miedo, él me insultaba y se volvió cada vez más violento pero yo pensaba 'no me vas a hacer cambiar'".

Marga se planteó denunciar muchas veces, pero siempre acababa echándose para atrás. Hasta que un día, sus vecinas llamaron a la Policía asustadas por los gritos que venían del piso de la pareja y ella, acompañada por sus hijos y asesorada por una psicóloga de la asociación Generando Igualdad que sigue asesorándola, decidió dar el paso. Denunció. El 19 de enero de 2012 puso fin a 37 años de maltrato machista, pero entonces empezó, como ella dice, "el segundo calvario". Durante los tres primeros meses desde que salió la sentencia, el marido de Marga no le pagó la pensión vitalicia de 500 euros que debía abonarle cada mes y se fue a vivir a casa de uno de sus hijos. "Con 500 euros te da para comer, pero también tengo que pagar la luz, el agua, comprar jabón. Al principio incluso estaba ayudando a mi hijo en paro a pagar la hipoteca", recuerda. 

Marga vive ahora en la casa donde vivía con su marido. Cambió la cerradura y se quedará allí hasta la liquidación de bienes gananciales. Como ninguno de los dos podría comprarle al otro su parte de la vivienda, es probable que la casa salga a subasta. "Ahora mi verdadera pena es esta incertidumbre", concluye. 

016. Teléfono de atención a víctimas de violencia de género. Es gratuito y no deja rastro en la factura telefónica.