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Una medida tan útil como inútil

  

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Poco después de la quiebra de Lehman Brothers, allá por septiembre de 2008, cuando se pronunciaron frases tan rimbombantes como que se iba a refundar el capitalismo, ya se empezó a hablar de imponer una tasa a los bancos.

Casi dos años después, las autoridades de todo el mundo siguen sin ponerse de acuerdo y la tasa sigue por inventar. Algunos países hacen sus pinitos, pero nadie sabe cómo hacer de verdad pagar a los bancos el lío que (supuestamente) ellos solitos montaron.

Cualquiera de las fórmulas que los gobiernos han planteado hasta el momento crear un fondo para pagar los males pasados o para hacer frente a los futuros pueden ser un paso adelante para que las entidades financieras asuman que son responsables de sus hechos y, sobre todo, para que los contribuyentes no sean los que tienen que pagar los platos rotos, como casi siempre.

Sin embargo, no vamos por buen camino. Las características de la tasa están muy lejos de ser consensuadas y la posibilidad de que se implante a nivel global es más lejana todavía.

Una herramienta de estas características sólo puede tener cierto efecto (aunque sea limitado) si se aplica en todo el mundo. Si no, las entidades financieras se las apañarán para ahorrársela.

Y aunque en el G-20 de Seúl del próximo noviembre se llegue a un acuerdo, todavía seguiremos sin solución porque una tasa no evita una nueva gran crisis.