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Mendoza, último eslabón de grandes autores catalanes en castellano premiados

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Eduardo Mendoza, autor de novelas como "La verdad sobre el caso Savolta" o "La ciudad de los prodigios", ha cerrado esta noche el triunvirato de grandes autores catalanes que escriben en castellano que han ganado el premio Planeta, junto a Juan Marsé y Manuel Vázquez Montalbán.

Curiosamente, sus dos compañeros de generación ganaron el Planeta sucesivamente en 1978 y 1979, con "La muchacha de las bragas de oro" y "Autobiografía de Federico Sánchez", respectivamente.

Han tenido que pasar más de treinta años para que Mendoza gane el premio más importante de su dilatada carrera literaria, aunque siempre fue un escritor refractario a presentarse a galardones literarios y nunca ocultó su rechazo a los fastos que acompañan a este tipo de eventos.

Hijo de un fiscal y de una ama de casa, Mendoza nació en Barcelona el 11 de enero de 1943, y desde niño quiso ser torero, explorador y capitán de barco, pero el ambiente culto que había en su casa le llevó a ser un lector infatigable, cosa que, sin duda, influyó en su futura vocación.

Entre 1965 y 1972 viaja por varios países de Europa, se establece dos años como becario en Londres y a su regreso trabaja como abogado en el caso "Barcelona Traction" y en la asesoría jurídica del Banco Condal, lo que le permite familiarizarse con el lenguaje jurídico y burocrático, que luego parodiará en algunas de sus novelas.

A finales de 1973 abandona Barcelona para irse a Nueva York como traductor de la ONU, y dos años después publica su primera novela, "La verdad sobre el caso Savolta", cuyo título original, "Los soldados de Cataluña", suscita el recelo de la censura franquista.

Unos meses después muere Franco y el libro se convierte en precursor de un cambio y es saludado como "la primera novela de la transición democrática".

En 1979, Mendoza se revela en "El misterio de la cripta embrujada" como un gran parodista, capaz de reducir al absurdo una de las vetas que encerraba su primera novela, en el que mezcla la novela negra y el relato gótico, que gira alrededor de un humor exacerbado hasta el paroxismo.

La tilde paródica sigue acentuando su narrativa en su siguiente obra, "El laberinto de las aceitunas" (1982), una novela negra similar a la anterior, con el mismo escenario y el mismo protagonista, un extraño detective que es cliente de un manicomio.

Aunque regresa ese mismo año a Barcelona, Mendoza sigue dedicando unos seis meses al año a la traducción simultánea en distintos organismos internacionales.

En 1986, publica su novela más ambiciosa y aplaudida, "La ciudad de los prodigios", que no sólo le convierte en una figura crucial de la literatura española, sino que consolida Barcelona, en la antesala de los JJOO, como el personaje literario que comenzó en la segunda parte del Quijote.

En los siguientes años publicó "Sin noticias de Gurb" (1990), que previamente había presentado como un folletín por entregas en el diario El País; "El año del diluvio" (1992); "Una comedia ligera" (1996); "La aventura del tocador de señoras" (2001); "El último trayecto de Horacio Dos" (2002); "Mauricio o las elecciones primarias" (2006) y "El asombroso viaje de Pomponio Flato" (2008), en el que mezcla y parodia el género histórico, el policíaco y la hagiografía.

Aunque dedicado básicamente a la novela, un género del que, en unas provocativas declaraciones y en una polémica conferencia en la Universidad Menéndez Pelayo, aventuró su muerte, Mendoza ha cultivado también el ensayo, como en "Baroja, la contradicción", el teatro, siempre en catalán, con piezas como "Restauració", y el relato, como en "Tres vidas de santos" (2009).