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Un mes después el volcán envuelve a El Hierro en la desazón y el desastre económico

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Un mes después de entrar en erupción bajo el mar a una milla de la costa de La Restinga, el volcán de la isla canaria de El Hierro ha expulsado toneladas de cenizas y gases, pero también deja una amarga huella de desazón, incertidumbre y desastre económico entre sus 10.000 habitantes.

Antes del nacimiento del volcán submarino el 10 de octubre, la tensión que producía una erupción inminente, precedida desde julio por miles de seísmos que ganaban en frecuencia e intensidad, convivía con la esperanza de que un espectáculo de la naturaleza tan inusual atraería visitantes.

Esos nuevos turistas encajarían además a la perfección con los que ya de por sí recibe El Hierro, amantes de la naturaleza y de la tranquilidad de esta isla, la más pequeña, la más remota, la más despoblada y la mejor conservada de las Canarias.

Pero la fatalidad hizo que el magma aflorara precisamente en medio de una de las mayores joyas naturales de las Islas Canarias, la reserva marina del Mar de las Calmas, un lugar en el que la presión humana se limita a la pesca artesanal sostenible y al submarinismo.

El rastro de cenizas del volcán, visible desde los satélites, se extendió rápidamente por esa parte sur de la isla dejando tristes imágenes de peces muertos.

La población de La Restinga, base de los pescadores y de una decena de clubes de buceo, ha sido la principal damnificada, y por su cercanía a la erupción tuvo que ser evacuada al día siguiente.

Diez días estuvieron fuera sus quinientos vecinos, unos alojados con familiares o en sus propias casas en la cabecera municipal, El Pinar, y otros en la residencia de estudiantes de Valverde.

El momento del regreso, al entender científicos y autoridades que el peligro había pasado, proporcionó cierto alivio, pero sólo la mitad de los vecinos permanecieron, porque La Restinga no pudo recuperar su actividad y sus negocios siguieron cerrados.

Los temblores de tierra, que se aliviaron algo tras encontrar la lava su salida en el mar al sur de El Hierro, empezaron a aumentar de nuevo en frecuencia e intensidad a partir del 30 de octubre, pero esta vez al norte de la isla, frente a la costa de Frontera.

Los científicos empezaron a pensar que podría haber una nueva erupción en el norte, también submarina, y los nervios volvieron a la población, que varias veces al día seguía percibiendo el movimiento de la tierra.

Medio centenar de vecinos de Frontera fueron evacuados de sus casas por riesgo de desprendimiento y aún esperan a que se calmen los temblores.

Pero si algo han aprendido los herreños en esta crisis volcánica es que ni los científicos ni las autoridades pueden darles certezas, sino solamente aproximaciones sobre lo que puede ocurrir.

Y así, cuando todo el mundo miraba al mar en el norte de la isla, la erupción del sur frente a La Restinga se reactivó.

Las burbujas de la erupción se hicieron más evidentes y los gases sulfurosos más presentes, lo cual llevó de nuevo a las autoridades a desalojar La Restinga el 5 de noviembre.

Desde entonces, sigue evacuada la localidad, y aunque por el día se permite la presencia de los vecinos, por la noche La Restinga es un pueblo fantasma.

La actividad económica ha desaparecido y la desesperación de los pequeños comercios, restaurantes, clubes de buceo y propietarios de apartamentos turísticos es equivalente a su incertidumbre.

¿Cuándo parará la erupción submarina? ¿Se trasladará a tierra? ¿Cuánto tardará en recuperarse el Mar de las Calmas tras la erupción? ¿Volverá todo a ser como antes?

Pese a que no hay peligro para las personas y a que una erupción volcánica siempre es atractiva, aunque sea en el mar, muchas de las reservas turísticas de los próximos meses se han cancelado, mientras la ruina económica se cierne sobre la isla.

La Restinga se muere, como los peces de su costa, pero el resto de la isla no escapa a la tragedia económica.

Los herreños se sienten olvidados y recuerdan con envidia cómo se ha tratado a otros damnificados en otras tragedias: quieren un trato como el que recibieron los afectados por el "Prestige".

A falta de turistas, decenas de periodistas y científicos pululan por la isla, de Valverde a Frontera, de El Pinar a La Restinga, con sus aparatos de medición unos y con sus cámaras los otros, con las que apuntan al mar, hacia una erupción que al menos les regale algún estallido de vapor y cenizas.

Pero los herreños ven el fenómeno cada vez más inquietos. La incertidumbre y la espera, simbolizadas por el largo mes de burbujeo, desemboca en un anhelado deseo: "Que reviente de una vez y que sea lo que Dios quiera".