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Metallica, de vuelta a la vieja escuela

Los californianos han encontrado un camino a su improductiva situación en el macroestrellato

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Con líder magullado, pero con energías recobradas: 'Hace 24 horas, estaba en silla de ruedas por mi espalda. Me ha sanado un doctor en vudú. Si me siento a ratos, no es porque no me importe lo que hago', dijo James Hetfield al dirigirse a la masa que abarrotó el Fórum de Barcelona el sábado. Rehabilitados psicológicamente, con discurso positivista y la intención de tumbar a base de rasgar tan rápido como lo pide el género que sintetizaron hace ya tres décadas, el thrash, la banda de metal se ha hecho chapa y pintura. Trenzaron un inicio fulgurante: Fight fire with fire, Creeping Death y No remorse, de cuarto de siglo cada una. Guitarrazos como puñaladas y en vendaval. Ni ambigüedad, ni medios tiempos.

Arriesgaron el físico y les salió: Ulrich y Hammet son un sustento fiable y Hetfield no tuvo que sentarse. Los californianos han encontrado un camino a su improductiva situación en el macroestrellato. El reciente Death magnetic es una celebración de lo que fueron y no un lamento por lo que no pueden ser. A cambio, su parroquia ha alcanzado un tamaño exagerado y la marca Metallica goza de una salud espléndida. En los noventa, se secaron por dentro. Paralelamente, crecían hasta ser una de las empresas metaleras más fiables de la historia.

Metallica atacaron alternando tramos speedicos con hits lentos (Fade to black, One) y recurrieron sólo a sus cinco primeros trabajos y al último. Lo nuevo no palidecía cerca de Blackened o Phanthom Lord. De los aborrecibles Load y Reload, nada; tampoco de St. Anger. El plan ideal.

Aunque su frontman es el más achacoso de los cuatro, Metallica vencieron sin aditivos, en un escenario minimalista y enlazando trallazos que parieron un género y lo hicieron millonario. Sin novedades, han olvidado sus problemas de nuevo rico. Acabaron con la seminal Seek and destroy y desfilaron a vocear como brindando un trofeo a su paciente afición.