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"México no protege asus periodistas del narco"

Luis H. Crosthwaite y Héctor de Mauleón hablan del peligro de la profesión

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La guerra contra el narco emprendida por el presidente Felipe Calderón ha dejado 50.000 muertos en los últimos cinco años en México. Narcotraficantes, policías, civiles y periodistas están entre sus víctimas. Luis Humberto Crosth-waite (Tijuana, 1962) y Héctor de Mauleón (Ciudad de México, 1963) son dos escritores que conocen el conflicto y han plasmado sus investigaciones en sendos libros. Mauleón es autor de Marca de sangre (Temas de Hoy), un recorrido periodístico por los últimos 25 años de la historia del narco. Crosthwaite ha publicado con Tusquets Tijuana, crimen y olvido, ensayo novelado sobre la desaparición de dos periodistas en la frontera. Estos días han presentado sus trabajos en la Semana Negra.

Público: ¿Cómo está construyendo el periodismo el relato del narco en México?

Héctor de Mauleón: Llama la atención que en México, a los pocos años de la revolución de 1910, se estaban escribiendo sus primeras novelas significativas. Un siglo después no hemos encontrado las novelas significativas sobre el narcotráfico porque ya es un lugar común en mi país decir que la realidad supera a la ficción. Y mientras la literatura no acaba de armar una narrativa en torno al narcotráfico, la alternativa la ha tenido que dar el periodismo. Por eso ahora estamos perdidos en una telaraña de noticias.

P: Y el periodismo se está convirtiendo en un oficio de riesgo.

HM: Sí, han cerrado periódicos en la frontera norte del país. Hay regiones en las que no se puede practicar. En México DF hay una especie de muro de protección que se va diluyendo a medida que te adentras en regiones y provincias donde los señores feudales son los narcos. Es el narco el que controla a la Policía, los Cuerpos de Seguridad, y en esa medida se ha vuelto imposible el ejercicio del periodismo. Son años negros para el oficio.

Luis Humberto Crosthwaite: Y otros periódicos están amenazados. No hay manera de proteger a los reporteros y, aunque estamos en una guerra, tampoco hay un esfuerzo por darles un entrenamiento como corresponsales de guerra, un entrenamiento psicológico. Mi novela arranca porque acababa de morir un periodista de Ciudad Juárez y me pregunté para qué estaban muriendo. Es lo más doloroso, ya que cuando esto sucede se deja la investigación y se hace una esquela en el diario. Y nada más.

P: En estos cinco años, ¿ha cambiado la forma de escribir por presiones del mundo del narco?

HM: Hay muchos cambios. Lo más significativo es que en estas regiones el jefe de redacción es el narcotráfico. Es el que decide qué noticias se publican, qué nombres se mencionan y cuáles no. Ha cambiado porque el narco inventó sus propios boletines de prensa, que es un cuerpo colgado en un puente. Y al mismo tiempo, todos vamos aprendiendo. Todos los días aparecen situaciones nuevas para las cuales la prensa no estaba habilitada.

LHC: Si se analiza la prensa, vemos que está funcionando como relaciones públicas del narco. No tiene sentido dejar un mensaje si este no va a trascender más allá de la Policía. También hay una gran competencia por vender periódicos y las noticias sobre el narco venden. El diario Frontera, de Tijuana, tenía un cintillo donde llevaba un recuento de muertos: así venden más. Pero más ventas es también más peligro para los reporteros.

P: ¿Y por qué lo hacen?

LHC: Yo hablé con los reporteros del diario de Tijuana y no tienen palabras para articular por qué hacen este trabajo. Yo creo que se mueven por competencia. El propio medio les pide que den con la noticia antes que otro. Les mueve la adrenalina. Pero por más información que consigan, es el editor quien decide, y este lo hace desde un escritorio desde el que no sufre peligro.

HM: En la trinchera están los reporteros, pero la presión sube, y llegamos al caso de la claudicación total de un periódico de Ciudad Juárez, que publicó un editorial diciéndole a los narcos: dígannos qué quieren que publiquemos. Se ha llegado a eso en medio de esta sensación de violencia avasalladora, ya que el Estado no ofrece garantías a sus periodistas para que realicen su trabajo.

P: ¿Cuándo se cruza la línea en la que el trabajo se vuelve peligroso?

LHC: Blanco Ornelas lo habló mucho en sus historias. ¿En qué momento empecé a escribir algo que agredió al cártel de los Arellano? Tampoco encontró la respuesta. Puede ser cosa de varios elementos. Mencionaste a la persona que no debías...

HM: Lo cual es al revés, entonces: tú no cruzas la línea sino que es el narco el que viene hacia ti. Hay muchos reporteros que no hicieron nada por cruzarla. Hay una constante que me la hizo ver la directora del semanario Zeta, Adela Fernández: ningún narco ha sobrevivido cinco años desde el momento en el que su nombre se ha hecho público. Hay un temor a que el nombre se haga público.

P: ¿Y ustedes por qué lo hacen?

HM: ¿Cómo negar la realidad que tienes enfrente? Puedes hacer novelas que transcurren en Viena en el siglo XIX, pero ¿hasta qué punto puedes vivir al lado de algo sin buscar una explicación?

LHC: Uno simplemente opta. A mí me tocó de frente. Si no fuera periodista, quizá no hubiera escrito este libro.

P: ¿Creen que la respuesta del Gobierno es la adecuada?

HM: El Gobierno intenta esbozar una narrativa, pero es fallida. No te explica nada. No te convence, no te involucra. No te hace entender. El periodismo nos ha tenido que explicar las entrañas de este mundo, los alcances de las acciones de la guerra contra el narco. De no ser por el periodismo tendríamos una visión más fragmentaria. Es un descenso al infierno.

LHC: Hay que empezar a negociar con el narcotráfico.

P: ¿Y la legalización no es una respuesta, una solución?

HM: Hay un debate sobre los beneficios que traería la legalización de la marihuana y cómo afectaría a los cárteles. Un estudio dice que si detienes a un capo o a un sicario, la violencia crece; si agarras un cargamento de cocaína, la violencia se dispara; si detienes un cargamento de armas o dinero, la violencia baja. Son argumentos que abogan por un cambio de estrategia.

LHC: No somos un país preparado. ¿Quién se encargaría de la distribución? ¿Las tabacaleras? Y no se puede legalizar en México si no se legaliza en Estados Unidos...

HM: Se abriría una puerta interesante si se planteara esta discusión en Latinoamérica, se llegaría a acuerdos interesantes.

LHC: El problema es que por pseudomoralidad la discusión se bloquea.