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Las mil pagodas de Bagan

En una planicie a orillas del río Ayeryawaddy, en el corazón de Myanmar, antes llamada Birmania, se encuentra Bagan, con uno de los mejores conjuntos de arquitectura de todo el Sudeste Asiático.

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Lo mejor sería llegar a Bagan en barco, navegando por el río Ayeryawaddy desde Mandalay, en un viaje de unas horas que prepara el espíritu para el encuentro con uno de los conjuntos monumentales y religiosos más importantes del mundo. Pablo Neruda, que tuvo cargo diplomático en estas tierras, decía que éste era el río con el nombre más hermoso del mundo. A media tarde, cuando el barco se acerca a Bagan, su superficie brilla como si arrastrara diamantes.

Al desembarcar hay que olvidarse del tumulto, enviar las maletas al hotel, y caminar sin rumbo y sin guía entre las pagodas. Salir de la carretera, tomar un camino, desviarse y entrar en el Bagan del silencio. Todo es antiguo alrededor de cualquier vereda: el campo, las carretas de bueyes de los campesinos que regresan a sus aldeas, las pagodas. Al subir descalzo a lo alto de cualquier de ellas uno cree volar sobre la belleza y la historia. Alrededor se extiende una planicie que parece infinita: un paisaje austero salpicado de campos de cultivo, árboles y centenares de templos dorados bajo el sol del final de la tarde. El Irawaddy es una cinta de plata. Pocas visiones habrá comparables en todo el mundo.

Durante dos siglos y medio, a partir del año 1044, reyes y plebeyos compitieron en honrar a Buda y llegaron a construir más de 5.000 pagodas. En esa época el reino birmano era rico y espléndido, y llegó a desarrollar una de las civilizaciones más sofisticadas de Oriente. La agricultura y el comercio con China y la India generaba beneficios que se dedicaban al culto. De todo ese esplendor se conservan todavía más de 2.200 pagodas. Algunas no son más que pequeñas estructuras de ladrillo, pero también hay templos magníficos, imponentes construcciones que elevan sus pináculos blancos y dorados. Algunos de ellos son las construcciones de planta pentagonal más antiguas del mundo. Muchos se ellos se han restaurado, y en esa vuelta al carácter original se han colocado campanillas en sus extremos, como era costumbre en otro tiempo. La brisa levanta un ligero cascabeleo que flota sobre Bagan.

Un recorrido por Bagan es la búsqueda perpetua de encuentros inesperados: con campesinos que recogen cacahuetes de campos arados con bueyes, con monjes que celebran ceremonias ante centenares de fieles o que se ensimisman contemplando el horizonte, con ancianas que fuman cigarros gruesos como sus antebrazos, con tejedoras que mantienen técnicas centenarias, con jóvenes pastores que tienen sus cabras a la sombra de templos centenarios, con mujeres que se protegen del sol con una pasta extendida en las mejillas. Con gentes que siempre te sonríen. También, con decenas de vendedores que ofrecen todo tipo de mercancías a la entrada de los templos.

Dentro, el encuentro es con figuras doradas de Buda de diez metros de altura, con pinturas murales de 700 años de antigüedad que cuentan los misterios del mundo, con inmensos Budas reclinados que sonríen porque entran en el nirvana. También, en ocasiones, con figuras de nats, espíritus cuyo culto es más antiguo que el de Buda. En Bagan permanece el tiempo, el recuerdo, el encuentro con otra realidad y el tintineo de las campanas que flota en la brisa de la tarde.



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