Publicado: 23.03.2014 15:30 |Actualizado: 23.03.2014 15:30

El milagro de Santa Teresa

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Ángel Sánchez de la Fuente
Periodista

Cuando aquel 3 de julio de 1976 Adolfo Suárez (Cebreros, Ávila, 1932) fue nombrado presidente del Gobierno por el Rey, la opinión pública politizada superó la perplejidad reaccionando muy desfavorablemente. El notable periodista del régimen Emilio Romero, enemigo personal de Suárez y abulense como él y como Teresa de Jesús, dictó sentencia con esta bufonada: "Santa Teresa ha hecho otro milagro." No fue lo más hiriente que se dijo en una época en que los que anhelaban un cambio político apostaban por el liberal Areilza, cuya candidatura no pasó el filtro preceptivo del Consejo del Reino, institución franquista que tenía como misión principal escoger una terna de presidenciables.

El diario francés Le Figaro saludó el nombramiento de Suárez apuntando al Rey: "Juan Carlos ha cambiado un caballo tuerto por otro cojo". Es decir, al tuerto Arias Navarro le sustituía un lisiado que provenía de la cantera del Movimiento Nacional, el partido único en una dictadura sin partidos. Tampoco se quedó atrás el conspicuo historiador franquista Ricardo de la Cierva con su ya legendario "¡Qué error, qué inmenso error!", ajeno aún a su futuro cargo ministerial con el que resultó agraciado poco después, lo que sí constituyó un auténtico error.

Por lo que se fue viendo, el presunto milagro había sido preparado meticulosamente por el propio Rey, necesitado de una democratización que devenía imposible con Arias Navarro (el llamado albacea del Caudillo) al frente del Gobierno. Por eso tuvo que echar mano de los buenos oficios leguleyos del presidente de las Cortes, Torcuato Fernández-Miranda, para colar a Suárez  en la terna del citado Consejo del Reino, junto a los exministros Silva Muñoz  y López-Bravo. "Estoy en condiciones de ofrecer al Rey lo que me ha pedido", fue el célebre comentario torcuatino. ¿Cómo iban a repudiar los prohombres del régimen a uno de los suyos? No en vano, un año antes, Suárez había dejado clara su hoja de ruta cuando tomó posesión de la Vicesecretaría del Movimiento (en sustitución de su valedor, Herrero Tejedor): "Sé bien que se trata de continuar la obra del Caudillo, que ha fundamentado nuestra historia presente en la paz  y en el orden social; en el respeto a la libertad y a la dignidad del ser humano".

Pero aquel apuesto joven de Cebreros, que había empezado a volar alto como gobernador civil de Segovia (1968) y como procurador en Cortes por el denominado tercio familiar, antes de dirigir RTVE (1969-1973), nunca fue un fundamentalista del sistema ni proclive a escrúpulos ideológicos. Si defendió la democracia orgánica de la familia, el municipio y el sindicato fue porque no había otra cosa con la que hacer carrera política. Desaparecido Franco, se aferró a los versos de Antonio Machado, aquellos que recitó poco antes de llegar a la Moncloa: "Está el hoy abierto al mañana./ Mañana al infinito./ Hombres de España: ni el pasado ha muerto,/ ni está el mañana ni el ayer escrito." Para desconsuelo del búnker de los Girón, Blas Piñar y demás tropa, Suárez, ya presidente validado por las urnas el 15-J de 1977, proclamó: "España está saliendo de la larga y triste vicisitud de la dictadura."

La salida de la dictadura, en efecto, se había de producir a base de unos cuantos milagros, quizá no solo obra de Teresa de Ávila. El principal fue que el desmantelamiento del franquismo lo acometieron los propios franquistas haciéndose el haraquiri de la autodisolución, que dio paso al referendo de la reforma política (15-12-1976). Lo que se ha definido como transición modélica y susceptible de ser exportada costó lo suyo, y se debió principalmente a los esfuerzos del pueblo español, que se sacrificó para evitar el enfrentamiento fratricida de 40 años antes. No obstante, la extrema derecha hostigó al máximo el proceso reformista (recuérdese la terrible matanza de abogados laboralistas en la madrileña calle de Atocha); el ruido de sables en los cuarteles a duras penas fue sofocado por el sector castrense no involucionista capitaneado por Gutiérrez Mellado, aupado a la vicepresidencia del Gobierno; el terrorismo de la ETA partida en dos ramas se ensañó como siempre, y el GRAPO, infiltrado por elementos policiales, fue capaz de secuestrar al exministro Oriol y al general Villaescusa. Cuando los síntomas de asfixia política hacían barruntar males aún mayores, el Sábado de Gloria de 1977 acaeció la milagrosa legalización del eurocomunista PCE, cuyo líder, Carrillo, había contribuido decisivamente a propiciar el paso de la dictadura a la democracia inmolando su republicanismo y aceptando la monarquía heredada del franquismo.

"Nosotros haremos la democracia para los españoles y vamos a asombrarles a ustedes", declaró Suárez a la revista francesa Paris-Match poco después de su llegada a la presidencia del Gobierno. El "caballo cojo"—como le había calificado el periódico francés antes mencionado— aligeró el trote para hacer ver a la oposición que tenía que tomarse en serio la reforma hasta el punto de poder cristalizar una ruptura pactada. La primera medida que demostró que España estaba ante un borrón y cuenta nueva fue precisamente la amnistía decretada el 4 de agosto de 1976. Los viejos luchadores dejaron las catacumbas y el exilio, y muchos de ellos regresaron. "Sí, sí, sí, Dolores a Madrid", habían cantado meses y meses los camaradas de Pasionaria y de Carrillo, a la sazón disfrazado con una peluca de sátiro por las calles de la capital.

Como el proceso democrático exigía unas elecciones libres con partidos políticos en liza, lo primero que hubo de hacer Suárez para homologarse fue crear uno. Y fundó la UCD, que más que un partido fue una coalición de intereses en la que tuvieron cabida diversos grupúsculos de tendencia liberal, falangista, socialdemócrata y democristiana. En el cierre de la campaña  de elección de las Cortes Constituyentes (1977-1979), Suárez afirmó en TVE: "Puedo prometer, y prometo, intentar elaborar una Constitución en colaboración con todos los grupos representados en el Parlamento, cualquiera que sea su número de escaños". Prometió y cumplió. El país votó el 6 de diciembre de 1978 el texto constitucional aún hoy en vigor. El consenso alcanzado tuvo sus raíces en los Pactos de la Moncloa (1977), expresión de acuerdos importantes para reformar las estructuras económicas, sociales y jurídicas.

Si Suárez se hubiese retirado entonces, habría disfrutado de su familia (luego víctima de enfermedades incurables) y se habría ahorrado todo lo que soportó hasta el 29 de enero de 1981 en que dimitió tras un despiadado acoso en el que sobresalió su propio invento ucedista. "No tengo ningún apego al poder —dijo—. Si el partido quiere que me vaya, me voy". El luego creador del CDS nunca admitió, al menos en público, que su marcha del Gobierno se debió a las presiones militares, pero sus palabras de dimisión sugirieron lo contrario: "No quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España." La prueba es que, un mes después, Milans del Bosch, Tejero y compañía intentaron echar por tierra la democracia. La imagen de Suárez sentado en su escaño, negándose a tirarse al suelo del hemiciclo, es la que nadie olvidará. Ni siquiera los que, como él, han sufrido o sufren "demencia senil degenerativa."