Publicado: 08.07.2014 07:00 |Actualizado: 08.07.2014 07:00

La 'miniCrimea' de Moldavia se lanza a los brazos de Rusia

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Ekaterina Slivka llegó al mundo en Transnistria, al son de los disparos, en el mes de junio de 1992. En estos mismos días y en el mismo lugar, el conflicto que enfrentaba a Moldavia con la región de Transnistria dejaba cientos de muertos. Su generación, ahora de 22 años, abrió los ojos y se crio en Transnistria. Para la comunidad internacional, el Estado de Transnistria no existe. Para ellos es un país, su mundo.

En 1992, el conflicto alzó una frontera política que tropezó con familias mixtas o con huertos de un mismo dueño divididos de repente entre dos países. Hoy en día, para ir a trabajar, algunos cogen el bus y, pasaporte en la mano, cruzan la frontera. Ana, del pueblo moldavo de Resina, viaja cada semana a Rabnita, en Transnistria, para vender sus frutas y verduras.

"Vivo de lo que vendo allí. A la gente le gustan mis frutas. Y compro azúcar y detergente más baratos que en mi pueblo de Moldavia". En las tiendas de Transnistria se encuentran tanto productos de Moldavia, como de Ucrania, Rusia u Occidente. "Ya sabéis que, a la hora de vender, las fronteras son flexibles. Aquí tenemos productos de Moldavia y los mismos problemas que allá: falta de trabajo y sueldos bajos", se ríe la dependienta del supermercado Sheriff. "La gente de Tiraspol compra productos moldavos y las mejores conservas de Chisinau son de Transnistria", prosigue. En invierno, la frontera se vuelve más porosa todavía. Habitantes de pueblos fronterizos de Moldavia cruzan la frontera para vivir en Transnistria, porque el coste del gas es más bajo. Otros moldavos adoptan la ciudadanía transnistria para tener la jubilación de Transnistria, más elevada que la moldava.

En Tiraspol, la capital de la región, conviven las fronteras físicas y temporales. Los trolebuses y coches de los años ochenta circulan al lado de algún apresurado 4x4. El tráfico escaso choca con el sinfín de carriles de las avenidas principales. Y las estatuas de antes cohabitan con alguna pantalla de plasma que luce publicidad turística. Desde marcas occidentales y sushi, a limonada soviética; todo cabe en Tiraspol.

En la plaza central, cerca del edificio del Soviet se extiende un mercadillo de objetos usados, donde pueden encontrarse desde medallas a ropa de segunda mano o libros y muebles. Todo se presta a la venta. Hasta un cuadro con fotos de familia que su dueño, mientras desenreda su pasado, nos lo enseña con culpabilidad, como si se deshiciera de una entrañable compañía. "Combatí en la guerra de 1992. La vivimos como una agresión. Ahora lloramos a todos, los muertos no tienen nacionalidad. La guerra no debería permitirse nunca, aquí siempre es guerra civil. Fallecieron civiles, mujeres y niños, y la gente no olvida el conflicto", explica.

 

Aunque aún se mantienen las tropas pacificadoras en la región, el conflicto entre Transnistria y Moldavia permanece inactivo, y la separación de la región se presenta como un hecho consumado. Esto se traduce en divergencias en cuanto a la política exterior: Moldavia da la mano a la UE y Transnistria prefiere mirar hacia Rusia (que, sin embargo, no la reconoce como Estado).

"¿Moldavia y la UE? No, aquí miramos hacia Rusia", afirma Vera, una vendedora de kvas, un refresco de la época soviética, que ve con optimismo la llegada a la región de turistas extranjeros. "Está bien que la gente sepa que aquí no hay una guerra y no somos el agujero negro que piensan". Por las calles los nuevos autobuses corroboran su opinión. En ellos aparecen carteles con el lema "Hacia el futuro con Rusia". Incluso perduran antiguas modas urbanas y las floristerías abren hasta altas horas de la noche, cuando asoman los clientes que regalan flores a las chicas.

Hoy por hoy, en Transnistria los sueldos rondan los 270 euros mensuales y son más altos que los de sus vecinos, y los jubilados, unos 140.000, uno de tres ciudadanos, reciben un plus de dinero por parte de Rusia. A la vez, el precio que pagan por el gas es menor que en Moldavia, y el dinero que se ahorra, el así llamado "dinero del gas", contribuye a pagar los sueldos, las jubilaciones y las infraestructuras. No existe el IVA y la gente no quiere pagar este impuesto. Los bancos son locales, sin rastro de VISA y Mastercard.

"Las inversiones en infraestructuras públicas se realizan con dinero procedente de Rusia, así que la gente está agradecida. Ahora se quiere invertir en un sistema sanitario mejor, porque en casos de enfermedades complicadas, los pacientes son derivados a Chisinau u Odesa", explica a Público Elena Pahomova, periodista de la Televisión Republicana de Tiraspol.

La gente viaja o emigra a Rusia más que a Occidente, que demanda duros trámites de visado. "Mi hermana estuvo sometida a más de una hora de interrogatorio en la embajada para poder realizar una simple excursión a Hungría", explica una dependienta de Tiraspol. Así, se calcula que unos 50.000 jóvenes han emigrado en los últimos años, la mayoría hacia Rusia, dado que tienen pasaportes rusos.

La guerra en el país vecino inquieta a la gente de Transnistria a nivel afectivo, económico y político. Muchos ciudadanos tienen familia en Ucrania y algunos cuentan que han encontrado problemas para atravesar la frontera ucraniana. En Tiraspol se resiente la crisis de Ucrania. "El mes pasado se perdió un 30% de las ganancias del Estado por la crisis de Ucrania. Hay problemas para pagar los sueldos de los empleados porque los mejores productores se exportaban a Rusia y ahora no pueden exportar por el cierre de las fronteras de Ucrania", cuenta Pahomova.

A nivel interno, "en Transnistria no se repetirá el conflicto de Ucrania. La gente está muy unida, ya vive dentro de su propio país desde hace más de veinte años. Está claro que ya no puede existir un Estado unitario Moldavia-Transnistria como antes. El acercamiento de Moldavia a la UE no puede influirles, porque Transnistria funciona con un autogobierno independiente, aunque a nivel internacional se considere una región separatista", explica la periodista.

En la ciudad de Bender, donde se pueden ver estacionadas las tropas pacificadoras, el conflicto entre Transnistria y Moldavia permanece congelado y la vida sigue su curso. "No se ha avanzado en la solución del conflicto a nivel político, pero no hay ningún disparo. Es un comienzo", explica un taxista del centro de Bender. Se buscó una fórmula de coexistencia, y la fase activa del conflicto ya forma parte del pasado, según Pahomova. "Para comprender este lugar, uno debe cruzar la frontera. En un futuro diálogo entre Moldavia y Transnistria es necesario hablar de persona a persona y no a través de la OSCE y de la comunidad internacional. El Dniéster nos separa y la gente de una orilla no sabe de los otros. Y el Dniéster sólo se conocerá nadando".