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Mis giras antes y después de convertirme en mamá

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Me piden que cuente alguna anécdota de cuando estamos en gira. Esto me hace ponerme a pensar en los viajes en general, y en el tiempo que llevamos viajando, que ya es mucho. Tanto que es casi una normalidad en mi vida, así como para otros es despertarse todos los días y hacer una misma actividad: no sé, tomarse un café o ir a clase de Pilates. Yo siempre la llamo la rutina de la no-rutina, y todos nos adaptamos a ella.

Este verano hemos cruzado el Atlántico tres veces en dos meses. Y por eso este verano se ha convertido en muchos viajes. El viaje de Ariel, el bajista, al pueblo de su abuelo, donde llegó haciendo dedo (algo que no había hecho ni en su más loca adolescencia), y cuando llegó les dijo, “me apellido Cavalieri”, a lo que le contestaron: “Pero aquí todos somos Cavalieri”. O el viaje de Juan Martín, el clarinetista. No hay lugar, por más recóndito que sea, en donde no se escape a ver a algún íntimo amigo y a su familia. O el viaje de nuestro ingeniero de sala, Trosky, que perdió su pasaporte recién llegado de México, y todo ese viaje fue una travesía para recuperarlo.

Y los muchos viajes de Juan, mi mánager, que es el que se pasa el tiempo organizando los viajes. Y muchas veces encontrando la manera de salvar a alguno que perdió el vuelo o que no se pudo subir al avión por estar sobrevendido, y cosas así.

Ocurren cosas todo el tiempo, y sí, no tenemos una cotidianeidad que todos en algún momento extrañamos, pero ganamos otras cosas. Podemos dedicarnos a lo que nos encanta hacer y conocemos lugares, aunque a veces sea sólo de pasada y no mucho más, pero es parte de la vida que llevamos y nos gusta.

Mis viajes ahora son distintos porque viajo con mi hija. Puedo hablar del antes y el después. Antes hacía ejercicio en mi tiempo libre, o dormía como una piedra después del show, o leía en los aviones, o hacía maratón de pelis. Antes, llegaba y lo primero que hacía era conectar internet, para navegar, escuchar música, chismear, leer periódicos... A primera vista son cosas que parecería que extrañaría, pero la verdad es que no. Ahora son mucho más divertidos los viajes, y difíciles, cansados e intensos, pero no me los imagino de otra manera. Supongo que así es el ser mamá. Es único y tratar de describirlo me haría caer en clichés, porque los grandes eventos son así, difíciles de contar.

Ahora termino un show y a veces salgo corriendo antes de que terminen los aplausos, otras me quedo a tomarme un vino y comer algo antes de irme al hotel. Mi hermana viaja con nosotros. Acabando Historia del Arte decidió tomarse un tiempo para ayudarme haciendo de nana. En mis viajes siempre ha habido una búsqueda de normalidad. Nunca me han gustado las fiestas, no necesito el after show para sentir que estuvo completa la noche. Me gusta alcanzar el desayuno en los hoteles, siempre al llegar lo primero que reviso es hasta qué hora está el bufé. Me encanta comer bien, porque si no lo hago me voy quedando sin energía. Paso mucho tiempo buscando lugares donde la comida esté rica, aunque no necesariamente sean elegantes, lugares normales, y si conocemos a alguna persona local que nos recomiende algo, mucho mejor. Me encanta visitar librerías cuando puedo, y visitar a amigos cuando los tengo. En Madrid particularmente es donde más me escapo a cenar, a pasear con amigas, a ver librerías, y a descubrir tiendas nuevas para tontear, o ver algún show cuando se puede.

Mucha gente suele decirme: “Qué maravilla tu vida”, y no voy a contradecirlos, pero por otro lado, tampoco puedo decir que sea fácil. Es muchas otras cosas (enriquecedora, intensa y divertida), pero fácil no sería la palabra para describirla. Y todos los días agradezco que sea así. Después están los shows, pero eso es otra historia.