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Museos con sabor a sal

Un recorrido por una serie de centros de Asturias que exploran la secular relación de este territorio con el mar.

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En una serie de centros de Asturias, la sal impregna el ambiente y trae reminiscencias del Cantábrico y más allá, hacia donde quiera que se dirigiesen los marineros a la procura del sustento: los museos y aulas del mar exploran la milenaria relación de este territorio con la actividad marítima y acercan a los visitantes el pasado y el presente de un sector que sigue marcando la vida en buena parte de Asturias. Hacer un recorrido por ellos es, pues, una manera de conocer parte de la esencia de la zona.

La primera aproximación a este universo de sal puede hacerse por el Museo Marítimo de Asturias, con sede en la villa de Luanco, que ofrece una aproximación global a la actividad marítima en Asturias. En él podremos desde ver reconstruido un antiguo astillero que nos habla del auge de la carpintería de ribera en Luanco, hasta contemplar una amplia variedad de artes y aparejos de pesca. Las secciones de historia de la navegación, que exhibe casi un centenar de maquetas desde la remota Antigüedad hasta la actualidad, y la de biología marina, formada por una amplia muestra de flora y fauna, completan las colecciones. Además, hasta el 31 de octubre, la exposición 'De la pesca al turismo, 1960-1973' analiza los profundos cambios que para ciertas localidades supuso la llegada de visitantes foráneos durante esta etapa.

En el concejo de Castrillón, sobre un promontorio rodeado de mar en la península de La Peñona, el Museo de Anclas Philippe Cousteau es uno de los más originales de todo Asturias. Por su contenido, y por concebirse como un conjunto monumental al aire libre en el que las anclas adquieren una especial belleza. Un mirador en forma de cuenco corona el acantilado, situándose en voladizo sobre el mar y ofreciendo una vista sobre el núcleo de Salinas, San Juan de Nieva y la costa castrillonense. El museo ofrece la cara más misteriosa del mar, la del ancla del galeón español Nuestra Señora de Atocha, hundido en 1622 y recuperado 350 años más tarde. Pero también la dramática, la del Mar Egeo, el barco que en 1992 tiñó la costa gallega de luto. Y, en ocasiones, hasta la mezcla de su faceta lúdica con la tristeza de los tiempos difíciles: el ancla del Alfonso XIII es uno de los tesoros del museo. Formaba parte de un buque que en los felices años 20 hizo la ruta de las Américas, para luego participar en las dolorosas evacuaciones de la Guerra Civil Española.

Al margen de los museos, Asturias dispone también de varias aulas del mar en las que seguir impregnándonos de las visiones del Cantábrico y de lejanos océanos a los que se han dirigido los marineros de esta tierra: la de Valdés nos dejará boquiabiertos con sus calamares gigantes, peces abisales y tortugas; la de Llanes permite entrar en un universo marino centenario que va dese la caza de la ballena en la Edad Media hasta la emigración americana y la industria conservera. Y en el aula didáctica Los pixuetos y la mar, de Cudillero, maquetas de barcos y paneles nos hablan de la relación que esta villa tuvo con su medio natural.

Mar que lo quitó y lo dio todo en el pasado y que sigue marcando el devenir de buena parte de Asturias. Mar que puede tocarse en museos que, lejos de ser espacios sin vida, guardan en su seno un profundo sabor a sal.


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