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Nesebar: la historia del Mar Negro

Lugar de encuentro de civilizaciones desde hace milenios, esta ciudad búlgara es hoy un conjunto protegido por la Unesco que conserva excelentes ejemplos de iglesias medievales y de arquitectura de madera.

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Visto desde lejos no es más que un promontorio chato en el que se amontonan las casas. Un par de puertos le dan de lejos una apariencia similar a la de otros pueblos pesqueros de la costa búlgara del mar Negro. El enclave, en cualquier caso, sí es insólito: una península unida al continente por una estrecha franja de arena, apenas más ancha que la carretera que la atraviesa.

Pero luego llega la sorpresa: en sus calles se conserva un verdadero tesoro arquitectónico y pictórico, recuerdo de distintos momentos de gloria. El reflejo de un pasado turbulento.

Recorrer ahora el istmo que une Nesebar a la costa es algo más que recorrer unos centenares de metros. En los meses de verano todo parece un fluir de turistas que acuden a la cita con el pueblo pintoresco, y abundan las tiendas de recuerdos. Pero detrás de esta primera imagen se esconde el que, con toda probabilidad, es el mejor conjunto de arquitectura de madera de toda la costa del mar Negro. Y, desperdigadas entre las casonas de los ricos mercaderes de antaño, aparecen los restos de una colección única de iglesias medievales.

Nesebar ha estado habitada sin interrupción desde hace cuatro milenios. Aquí se instalaron colonos de Megara, y en ese mundo, el de las colonias griegas en el mar Negro de cinco o seis siglos antes de nuestra era, los griegos descubrieron a los bárbaros. Desde aquel pasado tan lejano no ha dejado de ser lugar de encuentro de pueblos y civilizaciones.

Más tarde, cuando Constantinopla se convirtió en capital del imperio de Oriente, la ciudad vivió su primera época de gloria. Durante su segunda época dorada, entre los siglos XIII y XIV, se construyeron varias iglesias, que posteriormente fueron decoradas. La del Pantocrátor, la de los arcángeles Miguel y Gabriel, la de San Juan, la de San Paraskeva, la de San Todor, la de San Juan Bautista, la de San Esteban, datan de ese periodo o fueron ampliadas entonces. Ahora, muchas de ellas no son más que ruinas, lienzos de muros con arcadas ornamentadas a veces con filas de cruces gamadas -que en estas tierras simbolizan el Sol y el cambio continuo- o con cerámicas brillantes de color turquesa.

De la decena larga de templos que se conservan en esta pequeña península -apenas llega a los 800 metros de longitud- el más espectacular es el de San Esteban. Por fuera es un discreto edificio, pero el interior está completamente cubierto de murales, una fabulosa colección de frescos del siglo XVI, un conjunto que envuelve al visitante y lo transporta a otro tiempo y a otra sensibilidad, muy diferente de la actual, pero en la que es posible distinguir elementos conocidos. Hay imágenes a las que les faltan los ojos, que fueron arrancados para convertirse en amuletos poderosos ante viajes inciertos.

Pero, además de las iglesias medievales, lo que hace que la Unesco considere a Nesebar como patrimonio mundial es el conjunto de edificios de madera que, prácticamente, abarca toda la isla. La mayoría data del siglo XIX, aunque algunas son anteriores, y todas forman un excelente muestrario de la arquitectura del periodo del Resurgimiento Nacional, que supuso el despertar de la cultura búlgara tras siglos de presencia otomana. Son casas de mercaderes o terratenientes, que constituyen el recuerdo de la última etapa del desarrollo de Nesebar. Una ciudad que se conserva, desde hace milenios, como el ejemplo vivo del encuentro entre civilizaciones diferentes.


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