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Niños adictos encuentran consuelo en una esquina de Kabul

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Por Dan Williams

Al mirar atentamente los dibujos en lapared de la clínica Sanga Amaj surge un sentimientodesgarrador.

Un dibujo de un niño de 11 años muestra a sus padresacurrucados sobre los implementos para tomar heroína mientrassus hijos los miran desesperanzados. En otro boceto aparecenjóvenes sonriendo alrededor de una planta de amapola que fuetachada en rojo, como una señal de tránsito de No Avanzar.

Considerados todos juntos, forman la imagen ideal de larecuperación que Sanga Amaj, una de las tres clínicasfinanciadas por Estados Unidos para mujeres y niños enAfganistán, ofrece a los marginados y vulnerables adictos alopio del país.

Mientras que en Occidente es común que las madresconsumidoras den a luz a bebés adictos, los expertos dicen queel fenómeno afgano de los padres que exponen a sus hijos alhumo de opio de segunda mano o los alientan a participaractivamente, es único y muy poco conocido.

"Cuando los niños dan positivo en los test, es señal de quehay un grave problema", dijo Thom Browne, de la Oficina deAsuntos Internacionales de Narcóticos y Aplicación de la Ley(INL por su sigla en inglés) del Departamento de Estado,describiendo la presión que sufren los empleados del programapara conducir los estudios.

Algunos niños ingresan con niveles latentes hasta 15 vecesmás altos que los de los usuarios de heroína en Estados Unidos,agregó Browne, quien culpó a la pureza de los productos deamapola en Afganistán y a la alta tolerancia desarrollada porla prolongada inhalación en espacios cerrados.

"No sabemos qué efectos a largo plazo tiene esto en elcerebro, el crecimiento y las emociones de los niños", afirmó.El problema sería doble, ya que no sólo existe una elevada tasade adicción, sino que también es muy intensa.

Sanga Amaj, un largo complejo de habitaciones y talleres enuna calle cerca de la Universidad de Kabul, comenzó a funcionarhace cuatro años como una clínica para mujeres adictas.

Los 15 niños y niñas que ahora viven allí tienen entre 3 y10 años. Siete de ellos son sanos y están aguardando ladesintoxicación y reeducación de sus madres, mientras que losotros ocho están en recuperación.

Parwana tiene 9 años pero parece menos. Su crecimientoprobablemente se demoró por el consumo de opio que su madreviuda le inculcó a ella y a su hermano de 5 años, que tambiénestá en la clínica.

"Vinimos aquí para curarnos, para no dormirnos y sentirnosaburridos todo el tiempo", dijo a Reuters a través de untraductor.

"Antes no conocía el placer de la vida. No tenía ganas decomer. Siempre me dolía la cabeza. Ahora me siento normal",contó.

CORAN, NO METADONA

Su tratamiento tiene un claro componente afgano. Los díasen la clínica comienzan con oraciones a las 04.00 de la mañanay los imanes ayudan en la terapia.

"En Occidente usamos el modelo (de rehabilitación) de 12pasos que se basa en los principios judeocristianos, aquí nosbasamos en el Corán", dijo Preeti Shah, funcionaria de la INLen la embajada estadounidense en Kabul.

Sanga Amaj y las otras clínicas brindan medicación básicapara los síntomas de la abstinencia pero, en línea con elestigma afgano sobre el uso de opio, eligen ignorar lossustitutos de la heroína, como la metadona, e insisten en quelos pacientes deben atravesar ese proceso.

Si bien se desconoce la tasa de recaídas entre aquellos quese sometieron a la terapia, hasta un cuarto de las mujeresregresan, dijo Abdul Basir, uno de los coordinadores afganos enSanga Amaj.

Dado que Afganistán es el primer exportador mundial deopiáceos, el enfoque mundial está basado en la lucha contra laproducción y no en la adicción doméstica que, según algunasestimaciones, afecta a 1,5 millones de los 30 millones dehabitantes del país.

En las áreas rurales, las duras condiciones económicaspueden exacerbar el problema. Las mujeres que se ganan la vidatejiendo alfombras suelen soplar humo de opio a sus bebés paramantenerlos calmados.