Público
Público

"No puedo borrar de mi cabeza los gritos de terror que oí en la escuela"

La brutalidad de la Policía italiana, narrada por un activista español presente en las movilizaciones de Génova

Publicidad
Media: 0
Votos: 0
Comentarios:

El fotógrafo Jordi Blanchar estuvo en Génova durante las protestas contra la cumbre del G-8 de 2001, a las que acudió como activista voluntario de Indymedia UK, rama británica de la red independiente de noticias por Internet. Blanchar fue de los primeros en entrar en el dormitorio de la escuela Diaz tras el ataque contra ésta de la Policía, que se saldó con 63 personas heridas y que la justicia italiana zanjó el miércoles, absolviendo a 16 responsables policiales y condenando a otros 13 a penas leves. A Jordi le salvó un improvisado carné de prensa. Éste es su testimonio:

'Cuando mataron a Carlo, el viernes 20, se vio claramente que las fuerzas de seguridad estaban rompiendo las reglas del juego. Su reacción contra las marchas era de una dureza excesiva y, por primera vez en una contra-cumbre del G-8, dispararon balas de fuego real.

'No iban a destrozar la protesta, sino a romper el movimiento. A darnos un escarmiento'

Es cierto que estábamos 300.000 personas en la calle, divididas en grupos con tácticas distintas: unas claramente pacíficas; otras más contundentes en su objetivo de entrar en la Zona Roja [donde se reunían los jefes de Estado]. Pero la reacción no fue normal. Nos lanzaron miles de botes de gas, nos persiguieron y nos atacaron incluso cuando las manifestaciones habían acabado. Tenías que esconderte de los furgones policiales porque si te veían cruzando una calle, te arriesgabas a que te pegaran como si fueses un perro.

El sábado, la Policía atacó la manifestación y la partió en dos al llegar a la plaza Kennedy, donde había tocado Manu Chau y se habían montado chiringuitos, bares y puestos de organizaciones políticas. Fue la segunda señal de que no sólo iban a destrozar la protesta, sino a intentar romper el movimiento. A darnos un escarmiento serio.

'Los chillidos duraron 45 minutos.Creímos que estaban matando a la gente'

La contracumbre de Seattle causó un estruendo mundial, pero sólo concentró a 50.000 personas. En Génova se personaron 300.000. El movimiento había crecido mucho y se decidió frenarlo. Con el neofascismo de Berlusconi en el poder, la ciudad italiana era el escenario perfecto para dar el aviso.

El Foro Social de Génova, la red de grupos italianos que preparó las movilizaciones, instaló su sede en el complejo Pertini, cedido por el Ayuntamiento. La escuela Diaz, enfrente, se habilitó como dormitorio cuando estuvo claro que la gente no iba a caber en los parques y campings. El complejo era el espacio oficial de la organización de la contracumbre. Creímos que era el sitio más seguro de Génova. Así lo transmitimos a la gente. Pero, poco antes de la medianoche, la Policía atacó el Pertini. Fueron duros, aunque sin masacrarnos. Nadie respondió a su agresión porque te jugabas la vida. Radio Gap red de emisoras autónomas independientes italianas emitió la redada en directo hasta que un agente desenchufó el equipo.

Del Pertini pasaron a la escuela Diaz. Yo acababa de llegar al complejo con tres compañeros y nos escondimos en un seto. Los gritos que oí en ese momento aún no me los puedo quitar de la cabeza. Chillidos de terror que no acababan nunca. Duraron unos 45 minutos.

No era mi primera manifestación ni la primera vez que he tenido que defenderme de una agresión policial pero, esa noche, tanto yo como mis compañeros creímos que estaban matando a la gente. De repente, empezaron a salir detenidos todos ensangrentados y una hilera de unas 15 camillas. No pude contenerme más y corrí a hacer fotos. Los de las camillas estaban inconscientes y deformados; pensé que estaban muertos. También vi en el suelo a mi compañero de Indymedia Mark Covellcon la cara desfigurada. Más tarde supe que estaba en coma.

De pronto, un golpe de porra en el estómago me paró en seco. Me habían rodeado un par de policías, que me miraban como perros rabiosos, en una especie de trance violento. Uno me tenía cogido del cuello y el otro me pegaba en las piernas. Aún no entiendo cómo conseguí sacar un carnet de prensa de confección casera que llevaba colgado del cuello. Me dieron un empujón y me dejaron ir.

Fuimos los primeros en entrar en la Diaz, y esas imágenes aún me revuelven las entrañas. Es difícil explicar lo que encontré en la escuela. Parecía que habían soltado perros hambrientos. Charcos de sangre en las paredes y el suelo; trozos de cuero cabelludo; muebles rotos; ordenadores destrozados Luego supimos lo que sucedió. A los que estaban en su saco de dormir, les golpearon con la cabeza contra el suelo hasta que perdieron el conocimiento; a otros les arrastraron por los pelos escaleras abajo; a las mujeres las amenazaron con violarlas Fue una masacre.

Se intentó llevar a juicio a muchos de los 300 detenidos en Génova, acusándoles de agredir a la Policía. Eran alegaciones tan descaradas que al final se acordó deportar a todos los extranjeros. Los deportaron por cinco años, de modo que no han podido comparecer como testigos en los procesos contra policías. No se están exigiendo responsabilidades, nadie va a cumplir condena. Es una injusticia y una clara luz verde para los altos mandos: cuando necesiten romper las reglas del juego, lo volverán a hacer porque pueden escapar.

Génova fue un golpe muy traumático para el movimiento. Tres meses después sucedió el ataque contra las Torres Gemelas y hoy, con la excusa del terrorismo, se cierran fronteras y se refuerza el control del ciudadano.

Pero Génova no fue la última batalla. El movimiento contra la globalización salió de la unión de varias redes de protesta que aún existen: contra la guerra, el cambio climático, de ayuda a los refugiados... yo prefiero llamarlo resistencia al neoliberalismo, porque lo que se persigue es la globalización de los derechos, de la dignidad. El problema no es la globalización; sino la globalización del capital. Mientras exista el G-8, nosotros existiremos. Las preparaciones de la contracumbre del G-8 en Cerdeña ya han comenzado. La madre de Carlo, Heidi Giuliani, está llamando a la gente a participar en las movilizaciones'.