Publicado: 11.12.2013 14:00 |Actualizado: 11.12.2013 14:00

Lo que no hay que olvidar sobre la represión

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Marià de Delàs
Periodista

Acción política sistemática, discreta y disciplinada, "manifestaciones", que salvo en circunstancias excepcionales no eran más que frenéticos "saltos", breves marchas de unos minutos de duración, los que tardaba la policía en llegar; las citas previas que sólo se facilitaban a personas de confianza; citas de seguridad para comprobar si alguien había "caído" en las carreras con la policía detrás, "vietnamitas" para confeccionar octavillas, ciclostiles conseguidos para imprentas clandestinas, reuniones en casas desconocidas, en iglesias, escuelas, centros regionales o excursionistas; "nombres de guerra" para la protección mutua entre compañeros frente a interrogatorios implacables, coartadas y tapaderas para ocultar actividades reivindicativas, documentaciones "limpias" para conseguir domicilios seguros, huidas al extranjero por la montaña o con papeles falsos, años de exilio, de precauciones de todo tipo y mucho miedo.

Hubo un tiempo, muy largo, en el que se trabajó de esta manera, casi siempre desde el anonimato y arriesgando mucho, con la esperanza siempre puesta en la conquista de las libertades.

Ocasionalmente el mundo de la cultura y de la enseñanza brindaba espacios de expresión más o menos anchos o estrechos, según se mire, para el rechazo de la sinrazón represiva, pero cualquier error de cálculo sobre la tolerancia del aparato de represión se pagaba muy caro.

Una simple distribución de panfletos o la pura actividad asociativa, si eran "ilegales", se castigaban con años de cárcel. 

La crueldad de los vencedores de la guerra civil española había aterrorizado a la población. La desaparición forzada y muerte de decenas de miles de personas justas, la cárcel, la tortura, la miseria... habían hecho que el miedo calara en lo más hondo de las conciencias.

Miedo. Ese sentimiento que, como decía José Luis Sampedro, es más poderoso que cualquier otro, "más fuerte que el altruismo, que la verdad, que el amor...". Los que lo infunden y sus herederos intentaron e intentan transmitir esa angustia de generación en generación. Inseguridad y miedo tremendo a la pobreza, la represión, la detención, la paliza, el despido, el paro, la multa... Desasosiego frente al avasallador, se llamara como se llamara, señorito, patrón, jefe, militar, policía, magistrado...

Pero en ese ambiente miles y miles de jóvenes y no tan jóvenes decidieron romper el  "maleficio". Se organizaron y desafiaron a la dictadura en fábricas, barrios, universidades, escuelas, escenarios... Lo hicieron torpemente en muchos casos, pero su protesta demostró que era posible alzar la voz contra la dictadura y acabar con ella.

La ciudadanía reivindicó sus derechos elementales, exigió democracia y el índice de temor a los poderosos bajó significativamente. Los herederos legítimos del franquismo, todavía nerviosos cuando se les dice que lo son, se sienten cada vez menos obligados a disimular su desprecio por las garantías democráticas y por la dignidad de sus conciudadanos.   

Cargan contra el ejercicio de los derechos de huelga, expresión y manifestación como no se había visto desde hace mucho tiempo.

"No consentiremos que España quede en manos de quienes protestan y no proponen nada", dijo Maria Dolores Cospedal en ese tono agrio que la caracteriza.

Jorge Fernández Díaz prevé que se considere infracción grave de la legalidad la participación en manifestaciones en las que se lleven pancartas o griten "consignas claramente ofensivas o vejatorias contra España".

Esas palabras de la secretaria general del PP y del titular de la cartera de Interior son algo más que lindas ocurrencias de gentes de "casa buena" y de derechas de toda la vida. Para desgracia de los demócratas, esas declaraciones forman parte de una concepción del "orden público" propia de regímenes autoritarios, por decirlo suave.

El proyecto de ley de Seguridad Ciudadana preparado por Fernández Díaz y su equipo contiene un catálogo de restricciones inéditas de las libertades de manifestación y expresión, la creación de un fichero para registrar a los infractores de las nuevas normas y el empobrecimiento severo mediante multas de todo aquel que se atreva a ignorarlas. Si a todo ello añadimos una ampliación del margen de actuación discrecional de la policía para administrar el "uso de la fuerza" nos encontraremos ante un escenario distinto para la manifestación del descontento ciudadano y la reivindicación de mejoras.

La llamada sociedad de la información ha transformado y transforma incesantemente la comunicación pública, los cauces de convocatoria y los métodos de movilización. Los activistas más hábiles se reciclan y de nada servirían, seguro, procedimientos de otros tiempos, de antiguas organizaciones, que fueron muchas y algunas de ellas de enorme peso social. Por ellas pasaron miles y miles de personas, algunas hoy apoltronadas, deliberadamente  desmemoriadas, que ocultan con vergüenza sus veleidades juveniles. La nostalgia es casi siempre perniciosa, pero sí conviene rescatar de la memoria aquellos años, porque la historia está llena de enseñanzas no conviene olvidar sobre la naturaleza de la represión.