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No sólo indignados, no sólo en las plazas

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No me gusta el nombre tan mediático de indignados. Indignación es 'enojo, ira, enfado vehemente' (DRAE), 'un sentimiento de desagrado y rechazo por algo que hiere el sentido de la justicia o de la moral' (Seco, Andrés y Ramos). Sin duda, en las plazas y fuera de ellas, muchos estamos indignados, eso es evidente. Pero no se interpreta bien el 15-M cuando se reduce a una explosión de malestar y una manifestación de enfado. La denominación indignados induce a pensar sólo en una emoción o un sentimiento, reacción de protesta de quien sufre maltrato ('es lógico que estén indignados, los pobres, por cómo se les trata', se diría). A la indignación se responde con una disculpa, una reparación, una satisfacción ('estoy indignado, exijo una disculpa', dirían). Pero el Movimiento 15-M es algo mucho más profundo. En las plazas de España, y más allá, lo que ha emergido durante estas semanas es el embrión de un movimiento social de largo alcance. Puede lograrse o no y seguro que los poderes establecidos harán todo lo posible para abortarlo, pero si creciese y se desarrollase podría suponer un cambio radical en la sociedad y en la política española. Lo que el 15-M dice a la sociedad no lo dicen sólo los millares de personas que han pasado por las plazas. Estos prestan su voz a quienes se identifican con ellos y se sienten representados por ellos. Unos y otros dicen que no se reconocen en esta política, en estos partidos, en esta democracia. Y que quieren que cambien, que están dispuestos a hacer lo posible para que cambien.

La política ha perdido hoy todo reconocimiento social. Sometida a los dictados de la economía financiera; incomprensible para los ciudadanos, distante y sorda a sus demandas; incapaz de erradicar el cinismo y la corrupción, ha perdido el respeto y la dignidad que debe merecer la gestión de la cosa pública. Para la mayoría de la gente parece un problema y como electores huyen de ella, refugiándose en la abstención.

Los partidos cada vez representan menos a los votantes; convertidos en aparatos de poder, vaciados de ideología, ya ni siquiera representan a sus militantes; sólo miran hacia arriba, al Gobierno y las instituciones, no hacia abajo, a su base social, salvo en el simulacro de las campañas electorales. Sin embargo siguen siendo imprescindibles, y si no se renuevan desde dentro habría que renovarlos desde fuera.

Nuestra democracia, fijada en compromisos fundacionales desnaturalizados por el discurso espurio de la Transición y el consenso constitucional, construido para borrar la memoria de las luchas en las que nació, está anquilosada. Representa mal la voluntad de los electores; debe ser desarrollada en aspectos fundamentales de los derechos, la participación ciudadana y la transparencia de la Administración pública; y tiene, en fin, pendiente un nuevo pacto constitucional con las generaciones que no conocieron su gestación, que son hoy la mayoría de la población.

Pero la política no va a cambiar, los partidos no van a escuchar y la democracia seguirá siendo la que es por más que se griten en las plazas las demandas de la gente, si no se va más allá. La ocupación de la calle, que en estos días termina, por sí sola no podría lograrlo. No lo logrará si el movimiento de las plazas no encuentra formas de intervenir eficazmente en la política. No nos equivoquemos: eso es lo que desean los poderes establecidos, que querrían que el movimiento se agotase en las acampadas de protesta, para terminar reducido a un problema de salubridad y orden público.

Ir más allá supone la continuidad fuera de las plazas del movimiento que se ha iniciado en ellas. Continuidad que requiere objetivos, salto a otros ámbitos y nuevas formas de organización y de lucha. Sin duda, habrá que volver a las plazas, volver a ocupar la calle muchas veces. Pero desde otros ámbitos y para retornar a ellos más fuertes.

Hay que inventar las formas de organización, que ya sabemos que no son las de los partidos políticos, que no deben reproducir los aparatos de partido. Y ya en las plazas se están inventando: redes, asambleas públicas, grupos de trabajo, comisiones La organización es indispensable para informar, coordinar y actuar eficazmente. Si el Movimiento 15-M ha sobrevivido a los primeros días de ocupación de las plazas es porque ha sabido organizarse. Si sobrevive en el futuro es porque sabrá organizarse para permear la sociedad y extender su tejido por toda ella: los barrios, los colectivos ciudadanos, las asociaciones, y también los partidos y las instituciones públicas.

Hay que debatir y definir objetivos: tanto objetivos globales últimos como objetivos concretos, inmediatos; de ámbito general y de ámbito local. En las plazas se ha comenzado a hacerlo; los objetivos propuestos por la comisión de economía de Sol son un ejemplo de ello; otros ejemplos llegan de las asambleas de otras ciudades y de los barrios. Pueden ser el punto en el que confluyan ciudadanos y colectivos muy diversos, al que se orienten las estrategias y las acciones del movimiento.

Hay que crear las formas de lucha, adecuadas a los objetivos y eficaces. La resistencia pacífica es una. Las manifestaciones y la ocupación de espacios públicos, otras. Pero hay muchas más, incluidas las institucionales como el voto, o posibles, como las consultas ciudadanas, los referendos, los debates públicos, las plataformas de participación en las decisiones municipales, etc.

El 15 de Mayo, en Sol, se abrió una ventana al futuro, un ejemplo y una oportunidad para la movilización ciudadana, e importa mucho a cuantos desean que esta sociedad cambie que esa ventana no se cierre. La sociedad no va a cambiar si no se cambia desde abajo. El 15-M puede ser el comienzo.