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Un nuevo libro devuelve la fe en la pintura como expresión del mundo

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Cuando muchos pensaban que la pintura había llegado a un callejón sin salida del que no acertaría ya a salir, un libro que publica ahora la editorial Phaidon, "La Pintura Hoy", de Tom Godfrey, trata de convencer de lo contrario: la pintura está bien viva y tiene además un gran futuro por delante.

Es algo que intuyó ya con su olfato habitual el coleccionista Charles Saatchi al titular hace un par de años su exposición "El triunfo de la pintura" y que se observa igualmente en las ferias internacionales, donde se registra un cierto cansancio del arte conceptual y parece recuperarse el últimamente denostado sentido de la belleza.

Y esto es algo que, aunque sea como nostalgia de un arte del pasado que no necesita de complicadas explicaciones teóricas y que en cada nueva visión ofrece siempre algo nuevo, se refleja también en el interés que despiertan las grandes exposiciones dedicadas lo mismo a Gauguin que a Vermeer o, ¿por qué no?, a Rothko.

Tom Godfrey, el autor de "La Pintura Hoy", un libro de 352 páginas profusa y bellamente ilustrado, es director de investigaciones en el Sotheby's Institute of Art y profesor de Bellas Artes de la Plymouth University (Inglaterra) además de crítico de varias publicaciones.

Aunque autor de un texto anterior publicado por la misma editorial sobre el arte conceptual, Godfrey es, a juzgar por este nuevo libro, un absoluto convencido de que la pintura sigue siendo un medio totalmente válido, hoy como ayer, para la expresión, la exploración y la comprensión del mundo.

Godfrey es además, y esto es una gran ventaja, un escritor ameno, que en un tono muy alejado de la hueca pedantería de tantos textos teóricos, reflexiona sobre el arte desde el doble punto de vista de su producción y recepción y salpica las páginas del libro de citas de artistas que resultan especialmente iluminadoras.

El punto de partida de esta obra es que no la pintura, sino "un tipo de pintura" - la abstracción- había llegado a un "impasse" a finales de los años sesenta, como supo ver entonces el estadounidense Philip Guston, que renunció a ella para volver a la figuración, convencido de que aquélla era una corriente formal y espiritualmente moribunda que había degenerado "en puro ornamento".

A Guston, explica Godfrey, le habían gustado siempre las "tiras cómicas" que había visto de niño en los periódicos, pero sus influencias eran mucho más antiguas: Piero della Francesca y Masaccio, de quienes derivó sus formas y colores, "tan engañosamente simples".

Como otros pintores en tiempos de crisis -recordemos que eran los años de la guerra del Vietnam y de las revueltas estudiantiles- Guston recurrió a los Viejos Maestros: "No quiero resultar perverso, pero preferiría mirar La Flagelación de San Francisco, de Piero, en Urbino que cualquier cuadro moderno", escribió entonces.

La elección de esta cita no debe, sin embargo, interpretarse como una total renuncia a tratar la abstracción en su justo valor aunque este libro esté dominado por la nueva figuración en el sentido más amplio de la palabra.

Baste repasar los títulos de las secciones en que se divide la obra para percatarse de su amplio alcance: la escena global, tradiciones occidentales, neo-expresionismo, fotografía, abstracción pura, abstracción ambigua, figura, paisaje, muerte y vida, pintura histórica, el bodegón, pintura en instalaciones, la escuela de Leipzig, postfeminismo, la pintura mañana.

Capítulos como el dedicado a la llamada escuela de Leipzig, con Neo Rauch como su representante más conocido internacionalmente, son de un gran interés y actualidad y se benefician de una de las virtudes del libro, el hecho de que cada artista esté por lo general representado por varias obras, lo que permite hacerse una idea más cabal de su evolución.

Otros capítulos, como el que trata de la pintura de historia, género que podría parecer hoy obsoleto, sorprenden por su carácter incluyente ya que en él tienen cabida desde los garabatos lírico-abstractos de Cy Twombly, inspirados en la Odisea, hasta los cuadros de Botero sobre las torturas de Abu Ghraib.

Es en fin un libro, éste de Phaidon, que deleitará e ilustrará tanto a quienes desde hace años frecuentan el mundo del arte como a los neófitos interesados en lo que en materia de pintura, y a pesar de Internet y los nuevos medios, se está haciendo hoy en el mundo.

Joaquín Rábago