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El obispo Figaredo denuncia que desminar por completo Camboya "llevará cien años"

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"Al menos cien años", ese es el tiempo que hará falta para desminar Camboya y desactivar el millón de bombas de racimo y de minas antipersona que siguen activadas y que cada día mutilan a dos personas, casi siempre niños.

En una entrevista con Efe, "Kike" Figaredo, conocido como el "obispo de las sillas de ruedas" por su trabajo con los mutilados por las minas, recuerda que hace treinta años, durante la Guerra del Vietnam, "se lanzaron millones de bombas. Una por habitante".

Esa guerra dejó un rastro de bombas dormidas que cada día mutilan a dos personas, la mayoría niños que al cuidar del ganado o jugar con otros niños se internan en bosques o senderos que aún no han sido desminados.

"Intentamos buscar las zonas minadas, hacer informes y mediar con las autoridades y las ONG para que se limpien las zonas infectadas" pero las zonas de limpieza prioritarias son las que forman parte de proyectos de desarrollo, con lo que "muchas áreas rurales, senderos y bosques siguen sin desminar", lamenta.

Aunque es difícil saber con exactitud el número de víctimas que las minas terrestres causan en el mundo, algunas ONG calculan que cada año 26.000 personas mueren o sufren traumáticas mutilaciones debido a sus explosiones.

Se calcula que hay más de 110 millones de minas terrestres repartidas en más de 64 países (la mayoría en África), una clase de armas altamente efectivas y cuya fabricación sólo vale tres euros (desactivarlas cuesta 750 euros).

Junto a las minas, las bombas de racimo que no estallan al impactar contra el suelo (entre el cinco y el treinta por ciento de las que se lanzan) son otro peligro para los niños camboyanos, que confunden estos explosivos con pelotas o latas de refrescos.

Figaredo conoce muy bien los efectos de este tipo de armamento en Camboya. Lleva 23 años cuidando de los niños y adolescentes que cada mes llegan al centro de acogida Arrupe, en la prefectura de Battambang, un lugar en el que los discapacitados por las minas o la poliomelitis encuentran un hogar, una educación y un futuro.

El obispo de las sillas de ruedas no esconde su alegría cuando habla de la histórica decisión del Ministerio de Defensa, cuya titular, Carme Chacón, ha anunciado que a finales de este año España se sumará al proceso de Dublín y dejará de fabricar, vender y almacenar bombas de racimo.

"El Tratado de Ottawa -que supuso la prohibición mundial de las minas terrestres en 1997- parecía un sueño y hoy es una realidad, y el proceso de Dublín es otro pequeño milagro que demuestra que trabajando todos por la paz iremos hacia adelante".

Sin embargo, reconoce que la moratoria mundial sólo es "un primer paso" y que ahora queda lo más difícil: "bajar a la letra pequeña y hacer un seguimiento de lo suscrito para garantizar que se cumple".

Su beligerancia contra el tráfico de armas y las bombas de racimo ha sido recientemente reconocida por la Fundación Príncipe de Asturias, que le nominó para el Premio a la Concordia, un galardón que finalmente recayó en la colombiana Ingrid Betancourt.

"Estoy seguro de que Ingrid trabajará por la paz. Le quiero dar la enhorabuena y recordarle que Colombia es el país del mundo con más accidentes por minas terrestres y que hay que trabajar con las bases, los más pobres y los que más sufren el conflicto".

Figaredo está en España para presentar la nueva gira del grupo de baile "Tahen", integrada por algunos de los chicos que viven en el centro Arrupe y que fueron mutilados por alguna mina.