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La octava maravilla de Guardiola

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Discute la humanidad sobre la octava maravilla del mundo (que si Chichén Itzá, que si el Cristo de Corcovado, que si el Machu Picchu..., esa larga lista, ya saben), mientras el Barcelona de Pep Guardiola exhibe con orgullo la suya, la Supercopa, ese octavo título en apenas dos años, el tiempo que el técnico catalán lleva al frente del banquillo. Llegó al Camp Nou esa novena Supercopa el mismo día en que Sandro Rosell se estrenaba como presidente en el palco del coliseo azulgrana, y el Barça, dominador ya del torneo frente al Madrid, se sintió de nuevo el viejo equipo campeón.

Ya nadie podrá decir que el equipo de Guardiola es incapaz de voltear una eliminatoria cuando se le pone cuesta arriba. Lo hizo ayer con un Messi sublime y la connivencia del Sevilla, más en Europa que en el Camp Nou. La Pulga solita, con tres goles como tres soles, se encargó de desmontar la sospecha de que este curso las cosas sólo pueden ir a peor. Quizá por eso el nuevo presidente se dijo 'feliz, optimista y esperanzado', sin dejar de encomendarse a Dios, por si acaso. Y Guardiola y sus colaboradores se abrazaron con un entusiasmo casi exagerado. Y los jugadores se bañaron en cava al escuchar al Camp Nou corear de nuevo aquello de '¡campeones, campeones!'.

Escenas del pasado reciente se hicieron presente. Y el estadio volvió a ver a Valdés, Xavi, Puyol, Messi y compañía dar la vuelta al estadio con la copa que les había entregado el silbado Villar. Los agravios se recuerdan incluso en los días de festejo, aunque sin excesos. Esa no era la principal cuestión. La cuestión era ver en acción a una versión más real del nuevo Barça de Guardiola. Y a Messi, con una semana más de trabajo en su cuerpo. Y a Villa, en su estreno en el Camp Nou como nuevo jugador azulgrana.

Y visto todo eso, el sufridor culé, que había acudido al estadio expectante y un tanto dubitativo, se relajó. Y renovó el crédito que había reclamado Guardiola. Porque esa hinchada un pelo descreída vio cómo Messi olvidaba su versión argentina y recuperaba la azulgrana, la auténtica, la mejor. Y maravillaba con su habitual naturalidad, sin necesidad de que Villa le echase una mano. El Guaje se encontró con toda la faena hecha cuando pisó el césped en medio de una atronadora ovación que tenía doble destinatario: '¡Iniesta, Iniesta, Iniesta!', rugió el Camp Nou, cuando el autor del gol que convirtió a España en campeona del mundo ganó el terreno de juego junto a la nueva estrella. A Del Bosque, en el palco, se le debió de escapar una media sonrisa.

Para entonces, la hinchada azulgrana ya había dejado de preguntarse por ese semblante serio del elegante Guardiola. Y había olvidado aquella estadística que decía que ningún equipo había logrado dar la vuelta a un 3-1 en el torneo. Y el Sevilla se consolaba pensando que si el martes entra por la puerta grande de Europa lo de ayer será un mal menor.