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El octogenario Leon Kossoff muestra que la pintura está viva

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El octogenario artista británico Leon Kossoff muestra en una exposición que acaba de inaugurarse en Londres que la pintura está bien viva, pese a afirmación en contra de los agoreros del conceptualismo, y que él sigue además fiel a su estilo al margen de cualquier moda.

Nacido en Londres en 1926 de padres judíos rusos, Kossoff es miembro de la llamada Escuela de Londres, a la que también pertenecen otros inmigrantes o hijos de inmigrantes judíos como Frank Auerbach o, el más famoso de todos, Lucian Freud.

Tanto Kossoff como Auerbach fueron además alumnos a comienzos de los años cincuenta del pintor británico David Bomberg (1890-1957), hijo a su vez de padres judíos polacos que tuvo una gran influencia en la siguiente generación, comenzó como vorticista, devino en expresionista , pintó hermosos paisajes de Ronda y Toledo y murió en la pobreza.

Amigos desde sus años estudiantiles, Kossoff y Auerbach (Berlín 1931) son esencialmente pintores urbanos y en los difíciles años de posguerra ambos se dedicaron a plasmar en sus lienzos los solares abiertos por los bombardeos alemanes y los trabajos de reconstrucción de la capital británica.

El instituto Courtauld de Londres dedicó el año pasado una exposición a esa temática, aunque con trabajos sólo de Auerbach, mientras que dos años antes la National Gallery, en homenaje a Kossoff, expuso un grupo de obras suyas directamente inspiradas por cuadros de esa pinacoteca, que le fascinó la primera vez que la visitó de niño.

A lo largo de su carrera, Kossoff ha pintado una y otra vez cuadros de inspiración netamente urbana, escenas callejeras como las del tráfago en las bocas del metro de Londres, vistas de piscinas públicas y, una y otra vez, imágenes de una famosa iglesia de Londres, la de Christchurch, en el barrio de Spittalfields, diseñada hace tres siglos por Nicholas Hawksmoor.

Dos cuadros de la serie de Christchurch, vista siempre por el artista desde los más insólitos ángulos, forman parte ahora junto a algunos retratos, de su nueva exposición en la galería Annely Juda Fine Arts, de Londres, que está dominada, sin embargo, por la irrupción de un trozo de naturaleza en el espacio urbano.

Se trata de un árbol, o mejor de una rama de árbol tan pesada que ha habido que apuntalarla con dos a modo de grandes muletas, motivo al que el artista dedica una serie de fascinantes variaciones.

El propio artista explica en un lenguaje sencillo el humilde motivo elegido: "Estos cuadros tratan de un árbol, un cerezo en un jardín que pudo haber estado en un huerto antes de que se construyera la casa de al lado".

"Una gran rama estaba deteriorándose y habría que haberla eliminado, pero decidimos apuntalarla con estacas. Y conforme fue pasando el tiempo, parecía como si las estacas hubiesen estado siempre allí".

"Pasó el tiempo y las pinturas del árbol emergieron junto a las cabezas y el retrato de Peggy y John (que figura también en la exposición): el árbol en primavera, el árbol en otoño, el árbol con un niño que pasa entre las estacas, el árbol con un tren del metro y con una casa al fondo".

La rama atraviesa el cuadro en diagonal, y, como es habitual en Kossoff - y por cierto también en su amigo Auerbach- la pintura está aplicada con extrema densidad, recubre totalmente el lienzo hasta los costados - no lleva marco- y cuando uno acerca su nariz al mismo parece encontrarse de pronto ante una obra totalmente abstracta.

Este árbol herido, aunque no por el rayo como el de Machado, parece haberse convertido para Kossoff en un motivo obsesivo como lo que fuera para Cézanne la famosa montaña de Sainte-Victoire.

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