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Once centésimas para mejorar su obra

Nunca un récord mundial en el hectómetro se ha rebajado con tanto margen

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'Esto es un desafío entre hombres, no una carrera contra el tiempo'. Nunca un velocista, antes que Bolt, entendió así el trasfondo de la recta de las vanidades. Cien metros que siempre han ensalzado al que antes ganaba la batalla con las cifras.

'Nunca supe cuando el cronómetro entró en mi vida, pero sé que nunca podrá salir', asegura Leroy Burrell, el primer velocista en clavar el hectómetro en 9.90 segundos. Para Bolt, correr no es una cuestión de marcas. Es algo más mundano. Una especie de comuna hippie sin aparente esfuerzo y con una única obligación: el divertimento. Por eso, cuando se le exige un récord, como hace menos de un año en Bruselas, sobre una pista empapada y una recta castigada por un viento en contra de 1,3 metros por segundo, Bolt decepciona. Aquel día, Bolt firmó 9.77 segundos, otra victoria teatral, que se convertía en la sexta mejor marca de la historia.

'Dije que no esperaran un record', espetaba sobre el tartán del estadio Rey Balduino. Porque a Bolt no le gustan las exigencias, sólo el sentimiento. Su carrera en Pekín desató toda una serie de estudios biomecánicos para encontrar sus límites. En el Nido de Pájaro, Bolt no sólo registró los 30 primeros metros más veloces (3,78 segundos) en un récord mundial sino que se convirtió en el humano en mantener la velocidad más alta (43,902 km/h) durante más tiempo (30 metros, en el tramo del 50 a los 80 metros).

En aquella carrera, Bolt apenas necesitó 13 zancadas para erguir su cuerpo. Ayer, en sus estratosféricos 9,58, en Berlín, encontró la verticalidad completa tras 15 pasos. Entonces, se inició la secuencia más perfecta de unos cien metros.

En Pekín, el histriónico Bolt entró en meta a 40 km/h exactos. Sus 9.69 continuaban con un goteo que nunca han superado las cinco centésimas de una tacada (de los 9.84 de Bailey a los 9.79 de Greene). Ese era el límite de la perfección humana hasta que ayer Bolt volvió a sentirse libre. Y, sin embargo, sus 11 centésimas, una burrada en márgenes tan nimios, parecen sólo la penúltima mejora de su obra.