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Onetti, un escritor con hambre

El próximo miércoles se celebran 100 años del nacimiento de uno de los padres de la novela urbana latinoamericana

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En 1941, cuando Juan Carlos Onetti publica su segunda novela, Tierra de nadie, dedica el libro 'a Julio E. Payró'. En 1965, en la segunda edición del mismo título, el escritor uruguayo conserva el sujeto de la dedicatoria, pero agrega lo siguiente: 'Con reiterado ensañamiento'.

Más allá de esto y de una mención que Onetti hace en un artículo periodístico del historiador y crítico de arte argentino, poco se sabe de la entrañable amistad que ambos tuvieron y que generó, a lo largo de 20 años -entre 1937 y 1957-, una correspondencia que tira por la borda la imagen de hombre parco que Onetti cosechó en su madurez y que lo muestra simpático y expresivo, capaz de revelarle a su amigo sus amarguras amorosas y hasta sus divagaciones eróticas.

Esa imagen de Onetti de 'hombre impertérrito, taciturno y descreído, envuelto en un sudario de sábanas revueltas, en una neblina de humo de tabaco y de frases suspendidas por la que se deja entrever una leyenda de pájaro, propenso a las mujeres, al whisky, a la amistad y a los silencios', como bien lo describe Ignacio Echevarría, ahora se derrumba ante otra imagen no menos perturbadora: la figura de un joven Onetti ávido por aprender, que carga con la pesada cruz de ser un escritor -todavía inédito en libro- seguro de su talento y de su vocación, que anhela, como pocas veces se vio, el reconocimiento hacia su personas y su obra.

Este epistolario -67 textos desconocidos y hasta ahora inéditos- está reunido en el libro Juan Carlos Onetti, cartas de un joven escritor, publicado en Uruguay por Ediciones Trilce, con notas, estudios preliminares y edición crítica a cargo del doctor en Filosofía y Letras, Hugo Verani, quien explica que estas cartas -que sólo son las que Onetti envió a Payró porque las de este no existen, dado que el autor de El pozo no guardaba la correspondencia que recibía- son un buen instrumento para entender cómo Onetti llega a ser un clásico de la literatura latinoamericana.

'En este libro o en estas cartas que abordan temas como los libros, el cine, las artes plásticas y la política, descubrimos a un Onetti totalmente desconocido, jovial, siempre con buen humor, pase lo pase en su vida. Está el lector voraz que siempre fue, pero también está el hombre que salía, que iba mucho al cine y a los museos', dijo Verani en diálogo con Público.Por lo que puede apreciarse en este epistolario, a Onetti le interesaba mucho lo que este 'hermano mayor', con quien tenía una especie de complicidad secreta, pudiera decirle con respecto a su obra o a sus reflexiones acerca de la literatura y del arte en particular, pudiéndose afirmar que Payró fue un mentor importante para Onetti, algo que hasta ahora no podía decirse porque no había pruebas.

Entre algunas de las cartas que pueden citarse, hay una en la que la falta de tiempo para la escritura y la desilusión que conlleva ser un autor desconocido define la vida de Onetti, tanto en Montevideo como en Buenos Aires, como la de un hombre en aplastante pobreza, viéndose forzado a escribir por problemas económicos a concursos literarios.

'El sábado leí el aviso del concurso ese de novelas americanas. El domingo me fui a Carrasco para inventar el argumento. Ya lo tengo; es un mamarracho, claro, pero es bueno, estoy seguro, porque lo hice de un tirón y 'sintiendo' la gente y lo sucesos. Ahora bien: el mínimo de palabras es de 50.000 y tengo 105 días de plazo para escribirlas. Tuve, pues, que trazarme un plan de trabajo. Método de Hollywood. 15 días para escribir el argumento de cada una de las escenas, momentos o capítulos o lo que sea. Quedan 90. Escribir luego a razón de 2.000 palabras por día, con una tolerancia de diez días. Quedan 30 días para corregir y pasar en limpio. ¿Qué le parece? Es posible que el día números 45 o 50 me encuentre enchalecado y gritando: 'Soldados: desde lo alto de estas pirámides 50.000 palabras os contemplan', escribió Onetti en una carta fechada el 16 de abril de 1940.

En este lenguaje lleno de humor e ingenio, Onetti va apareciendo como el hombre que realmente era, lleno de contradicciones y de talentos, capaz de ofrecer a sus más allegados las bondades más asombrosas así como también las crueldades menos esperadas. En el período en que escribe la mayoría de la cartas (1937-1943), Onetti vive en un 'desamparo' económico que lo desanima por ser 'incapaz de bastarse a sí mismo', pero nunca pierde el humor, y cuando comienza a trabajar en la agencia de noticias Reuters, en 1941, señala haber 'decidido aburguesarme', y agrega, 'compraré sombrero'.

Para Juan Gabriel Vásquez, Onetti es un escritor que le interesa por cosas distintas en épocas distintas. 'Ahora mismo me interesa como jugador número uno en un deporte que considero de alto riesgo: la novela corta. Uno escribe Los adioses, por ejemplo, y ya puede echarse a mirar el mundo. Es un género raro en el cual los latinoamericanos han dado cada uno su pequeña joya. A Onetti se le dio muy bien, tal vez porque era consciente de que no debía someter a sus lectores a más páginas de esa crueldad suya, tan maravillosa, pero tan capaz de hundirlo a uno', dijo a Público el escritor colombiano.

Aunque en esta correspondencia con Payró se revela lo contrario, lo cierto es que su discurso no deja de ser el autorretrato de un hombre obsesivamente encerrado en sí mismo: 'Yo soy un tipo sin relación con el mundo. El cerebro no me da para entender de verdad lo que estoy viviendo. Todo me resulta como entre sueños y no hay forma de despertar', confesaba Onetti en una carta del 26 de abril de 1942.

Una larga confesión es también lo que el autor de El pozo fue haciéndole a Hortensia Campanella desde 1978 hasta su muerte en 1994. La uruguaya, actual directora del Centro Cultural de España en Montevideo y editora de las obras completas de Onetti, dijo a Público que el escritor, en el mano a mano, siempre fue una persona cálida, afectiva, con un enorme sentido del humor, siempre con ganas de jugar y de hacer bromas, pero sobre todo de escribir. 'En muchas oportunidades Onetti dijo que para él la escritura era su vida, y esa necesidad de narrar y de leer fue por pura vocación', dijo Campanella.

Según Verani, las expresiones: 'Yo escribo', 'Y escribo', que se reiteran en unas 20 cartas y por lo común proclamadas como frases completas, dan cuenta de esa obsesión -y a la vez certeza- que Onetti tenía por la escritura, por esas 'enormes, rabiosas ganas de escribir que tengo'. Su otra gran vocación, el amor por las mujeres, así como también su afición por la bebida, aparecen en estas cartas una y otra vez, a partir de una intensa creencia: la ausencia de Dios. 'Existe una profunda desolación a partir de la ausencia de Dios. El hombre debe crearse ficciones religiosas. Y el éxtasis del amor, del arte o del alcohol tiene esa naturaleza religiosa. Son tres momentos de entrega total, de no ser, y en los que tampoco existe el mundo', dijo una vez Onetti.

Campanella recuerda una de las definiciones que el propio Onetti daba de sí mismo. 'El escritor, decía él, es el hombre para el cual el ejercicio de la literatura es una forma de vivir, no menos importante que el ejercicio del amor, de la bondad y del odio'.

'La palabra todo lo puede', dice el personaje Brausen en La vida breve, y es en esta idea en la que está sustentada la obra de Onetti, 'un autor insoslayable' señala a Público Juan Villoro. El autor de El testigo señala también que Onetti es el gran maestro de la evasión narrativa, porque dice que escribe como borrando, como suprimiendo el significado crítico de ciertas situaciones.

El escritor Eduardo Galeano habló con Público y recordó a Onetti de la siguente manera: 'Tuve la suerte de tenerlo cerca, desde que andaba cometiendo mis primeras letras. Me decía frases estimulantes, como por ejemplo: ‘Mirá, pibe, si Beethoven hubiera nacido en Tacuarembó, hubiera llegado a ser... ¡director de la banda del pueblo!'. También me decía que escribía para él, Onetti para Onetti y para nadie más, y mi juvenil insolencia me permitía sugerirle que ni se molestara en publicar, porque yo bien podía enviarle por correo, a su nombre y dirección, todo lo que él escribía. Sospecho que inventó lo del proverbio chino para dar prestigio a sus palabras. Era un proverbio de Onetti'.

'Stop' -como le gustaba escribir a Onetti en sus cartas-, stop.