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La ONU advierte de que la crisis en el Cuerno de África va para largo

Convoca una reunión urgente para recaudar fondos que palíen la hambruna que asuela Somalia y los países vecinos

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Millones de euros para los millones de somalíes, etíopes, kenianos, eritreos ugandeses y yibutianos que se están quedando sin agua, sin ganado y sin alimento. Eso es lo que van a pedir centenares de organizaciones internacionales, ONG y distintas agencias de Naciones Unidas, el próximo lunes, en Roma.

La Organización para el Alimento y la Agricultura de la ONU, la FAO, ha convocado una reunión extraordinaria para alzar la voz y lanzar todas las alertas que hagan falta, unánimemente, para que los gobiernos del mundo entero reaccionen e inunden, a falta de lluvias, con fondos el cuerno de África, donde se vive la peor sequía en seis décadas.

La crisis afecta a 11,7 millones de personas en la región del Cuerno de África. Casi la mitad de la población de Somalia –3,7 millones de personas– está en situación de “emergencia humanitaria”. Unos 3.000 somalíes cruzan cada día hacia Kenia o Etiopía. Casi 135.000 personas han salido de Somalia desde enero.

“Esta no va a ser una crisis corta. La ONU y sus socios esperan estar haciendo frente a esta situación al menos durante los próximos seis meses”, advirtió ayer la subsecretaria general para Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA), Valerie Amos en una intervención en Ginebra.

Todo el drama se hace visible en el campamento de refugiados de Daadab en Kenia. Una familia acurrucada y exhausta descansa bajo la sombra de la tienda del Programa Mundial de Alimentos. Rodeados de los sacos de harina acabados de recibir, esperan que algún carro les lleve hasta algún lugar al que puedan llamar casa. La tendrán que construir, a las afueras de Dagahaley, uno de los tres campos que conforman Dadaab.

Los cuatro hijos han pasado el control médico y, a pesar del largo viaje a pie, no han sucumbido a la malnutrición –que afecta a un 40% de los niños recién llegados–, pero aún así se agarran a la garrafa de agua con afán. Se la pasan del uno al otro, mientras los padres esperan que terminen para saciarse ellos.

Rose Ogóla, portavoz del programa Mundial de Alimentos para Kenia, asegura que faltan 20 millones de euros para los próximos seis meses, si quieren seguir el ritmo de suministro que les hará falta para atender a los cerca de 1.500 nuevos refugiados que diariamente llegan al campamento de Dadaab, que ya estaba saturado antes de la crisis humanitaria actual. La macrociudad de refugiados, que nació y creció en Kenia, a unos cien kilómetros de la frontera con Somalia, fue diseñada para alojar a 90.000 personas, pero hoy acoge a casi 400.000.

La mayoría de sus inquilinos forzados son somalíes, pero también han llegado miles de otros países afectados por la hambruna. “Desde octubre estamos advirtiendo, pero la respuesta no ha llegado a cubrir las necesidades”, se queja Cristina Amaral, la directora de operaciones de emergencias en África para la FAO, aunque ella no quiere usar el término “hambruna”.

Los términos y los números les quedan lejos a los que han recorrido centenares de kilómetros antes de llegar a Dadaab. A los que han perdido hijos, camellos y todo su pasado. Y a las mujeres que han perdido la dignidad después de las violaciones en ruta.

Superada la frontera y las enfermedades físicas, los hombres, mujeres y niños se juntan para construir su nueva vivienda. Algunas ramas servirán por ahora, aunque algunos preparan ladrillos de barro. Saben que no van a volver pronto, quizás nunca, y, si los bandidos no les han asaltado durante la travesía desde Somalia a Dadaab, algunos deciden invertir sus pequeños ahorros en una vivienda.

Hace sólo tres semanas que la comunidad de refugiados de Dadaab adjudicó siete nueva parcelas para asumir el incremento de fallecidos. Los cálculos de 1.500 personas que llegan al campo cada día hacen referencia a las que registran las organizaciones internacionales.

Pero al alcanzar su objetivo, confundidas, exhaustas y con graves choques emocionales, son muchas las familias que tardan en conocer la burocracia de las inscripciones y las raciones, su funcionamiento y su ubicación. Y los más vulnerables, los niños, son los que más perecen. El 85% de los entierros en las últimas semanas ha sido de infantes, asegura uno de los líderes comunitarios.

En el centro de registro de Dagahaley un burro espera órdenes para empezar a tirar su carga. Encima del carro, un anciano gravemente enfermo, extremadamente delgado y sin entender dónde está, es apartado por su hermano para dejar espacio a la harina que le han asignado. Llegó hace dos días y su hermano intentó recoger su ración, pero hay que estar presente y dejar la huella dactilar para poder acceder a ella, así que, envuelto en telas, se va, minúsculo, entre sacos y aceite, una vez hecho el trámite.

A pocos metros, el mercado de Dagahaley sigue con su actividad. Los refugiados antiguos ya han hecho de Dadaab su ciudad. Aunque el concepto de refugio tendría que ir asociado a una situación transitoria, los 20 años de existencia del campo más grande del mundo y su dimensión demuestran que el matiz de temporal ya se ha desvanecido. Como lo corroboran los complejos de pared firme e instalaciones impecables de algunas agencias de ayuda y cooperación internacional.