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La oposición portuguesa espera que los indecisos eviten otra mayoría socialista

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Después de dos semanas de campaña salpicada de polémicas, el alto porcentaje de indecisos ante las elecciones del domingo en Portugal centra las esperanzas de la oposición frente al total dominio socialista de las encuestas.

José Sócrates y su Partido Socialista (PS) han logrado llegar a la jornada electoral con una cómoda ventaja de más de 8 puntos frente a su gran rival de centro-derecha, el Partido Social Demócrata (PSD), que con un 30 por ciento de apoyo pierde en los sondeos el impulso de su victoria en las elecciones europeas de junio.

Pero los sondeos sobre la votación, a la que están convocados 9,4 millones de portugueses, registran también cerca de un veinte por ciento de indecisos, que no saben a quien votar o se inclinan a abstenerse o hacerlo en blanco, en cuya movilización confían tanto los partidos de derecha como los de la izquierda marxista.

En los actos del cierre de campaña que concluyeron la pasada medianoche todas las fuerzas de oposición concentraron sus ataques en Sócrates y pidieron al electorado que impida cuatro años más de poder socialista.

Aunque ningún sondeo prevé que Sócrates renueve la mayoría absoluta que logró, con el 45 de los votos, en las legislativas de 2005, tanto los conservadores del PSD y el Partido Popular (CDS-PP) como el Bloque de Izquierda (BI) y la coalición de comunistas y verdes (CDU) intentaron asustar a los votantes con esa posibilidad.

En una campaña que todos han reconocido demasiado volcada en polémicas marginales, como las relaciones económicas con España o un supuesto espionaje gubernamental al jefe de Estado Anibal Cavaco Silva (figura histórica del PSD), Sócrates es el único que presume de haber evitado la confrontación con un discurso constructivo.

De momento, el ascenso en los sondeos, en los que empezó con apenas un par de puntos de ventaja sobre el PSD, parece demostrar que logró reducir el desgaste de cuatro años de poder y aprovechar los errores que, incluso desde su propio partido, achacan a Ferreira Leite y su conservador y dramático discurso electoral.

El PSD responsabiliza a Sócrates del desempleo, la pobreza y un excesivo gasto público de Portugal mientras la izquierda le echa en cara su política económica de tintes neoliberales, que generó en los últimos años multitudinarias manifestaciones.

Las elecciones del domingo suponen un nuevo frente a frente entre los dos grandes dinosaurios de la política lusa, PS y PSD, que se han turnado en el poder, con ventaja socialista, desde que la Revolución de los Claveles de 1974 acabó con la dictadura salazarista.

A diferencia del periodo de estabilidad parlamentaria que acaba de cerrar Sócrates, esta vez todos, incluidos los dirigentes del PS, esperan que las duodécimas elecciones legislativas portuguesas marquen la vuelta a un Ejecutivo obligado a negociar con la oposición para gobernar.

Las posibles alianzas, puntuales o para toda la legislatura, protagonizan ya la política portuguesa en la que el Bloque, la alianza de comunistas y verdes y el CDS-PP, con alrededor del 9 por ciento de respaldo cada uno, pueden tener mucho que decir.

En este terreno Ferreira Leite parece tenerlo mucho más fácil porque el líder de los populares lusos, Paulo Portas, habla ya abiertamente de una alianza de ambos partidos y sugiere que si juntos sacan más votos que el PS, Cavaco Silva debería encargarles la formación de Gobierno.

En cambio Sócrates, que ha centrado parte de su discurso en cargar contra el programa radical de los partidos marxistas que tiene a su izquierda, rechazó cualquier posible pacto con esas formaciones y desmintió las acusaciones de un acuerdo secreto que le hacían los conservadores.

A su vez los dirigentes comunistas y del Bloque coquetearon en la campaña con la idea de forzar a Sócrates a hacer, con alguno de ellos, un "verdadero" Gobierno de izquierda.

Pero en sus cierres electorales de anoche, ambos en Oporto, evitaron mencionar esa posibilidad y comparecen al veredicto final de las urnas con la petición de un voto de castigo al primer ministro.