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Ordesa, una prodigiosa escenografía

El Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido reúne armónicamente un paisaje de grandes contrastes que muestran la cara más deslumbrante del Pirineo oscense. Disfrutar de alguna de sus rutas resulta una delicia segura.

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Verdes valles que terminan por encajonarse, bosques de hayas y abetos que se espesan en una intrincada orografía, macizos y picos que llegan a superar los 3.000 metros de altitud y amplios y majestuosos glaciares, constituyen la prodigiosa escenografía del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido.

El macizo de Monte Perdido (3.355 m.), con las cimas de las Tres Sorores, se enseñorea majestuoso. Desde aquí derivan los valles de Ordesa, Pineta, Añisclo y Escuaín, que van entretejiendo un paisaje de enormes contrastes. Desde la extrema aridez de las zonas más altas, en las que el agua, tanto de la lluvia como del deshielo, se filtra en verano y se precipita en invierno por grietas y sumideros, hasta los verdes valles pletóricos de bosques y prados, en los que el agua forma abundantísimas cascadas, despeñándose en cañones y barrancos.

Con una imagen de postal se inicia el periplo que nos ha de llevar, atravesando el interior del Parque, hasta el circo de Soaso: la de la torre de la iglesia de San Salvador de Torla recortada sobre el fondo de la pétrea mole del Mondarruego. Y de una pared inmensa llega el viajero a otra que no lo es menos. El gigantesco farallón del Tozal del Gallinero da la bienvenida al caminante.

En estos lugares, antes de la invención del turismo y de la invasión de los turistas, el hombre que habitaba estas montañas ha ido dejando su huella, trazando senderos y caminos, construyendo puentes, cabañas, mallatas, aprovechando los bosques y pastos para el ganado. Las casas muestran una arquitectura típica del Alto Aragón, con tejados de losas de arenisca, paredes de piedra, chimeneas troncocónicas coronadas por la piedra del espantabrujas y cocinas-hogares con cadieras (bancos de madera alrededor de un fuego central).

Al final de la estrecha carretera asfaltada está la Pradera de Ordesa, inevitable punto de partida de los diversos itinerarios. Uno de ellos nos descubre, sin mucho esfuerzo, algunos de sus más deliciosos secretos: el desplome de las aguas del río Arazas. El soberbio paisaje de uno de los ecosistemas más singulares de la cordillera pirenaica, formado por la erosión de los glaciares sobre el valle del Arazas, acompaña de manera omnipresente la ruta.

Antes de iniciarla es recomendable acudir al centro de recepción de visitantes El Parador. En él se ofrece información detallada y precisa sobre la ruta, además, proporcionan mapas e información para estas y otras excursiones. Junto a la misma caseta de los guardas arranca el camino que discurre por la margen derecha del río Arazas. Escuchando el rumor del río, se adentra la ruta en el frondoso valle, entre pinos silvestres, hayas, abetos y bojes. Hasta que ese rumor empieza a transformarse en el refrescante estruendo del primer salto de agua: la cascada de Arripas, también llamada del Abanico.

Siguen los caminos ascendiendo en busca de otros saltos de mayor envergadura, como el del Estrecho, con cien metros de caída repartida en dos pisos. También están los de Chordonal y La Cueva. Y más adelante, las Gradas de Soaso, unos resaltes caprichosamente dispuestos por la erosión del río en los que las aguas parecen saltar de grada en grada. El sendero alcanza entonces la amplia llanura glaciar de Soaso, cerrada por altas paredes de roca. Tras dos horas y media de recorrido, el camino acaba a los pies de los picos Cilindro, Monte Perdido y Sound de Ramond. Entonces el torrente ruge atronando los oídos. Las aguas del río Arazas se desploman sin miedo por la cascada de la Cola de Caballo.













http://reddeparquesnacionales.mma.es/parques/ordesa/home_parque_ordesa.htm