Publicado: 06.11.2013 13:14 |Actualizado: 06.11.2013 13:14

Otras políticas, otra forma de hacer política

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Cristina Narbona
Militante del PSOE

En 1982 dejé mi trabajo en la Universidad para incorporarme a mi primera responsabilidad pública, en la Junta de Andalucía. No pertenecía entonces al PSOE: decidí afiliarme en 1993, en vísperas de unas elecciones generales en las que el PP parecía el seguro ganador. Pero, desde el inicio, compartía los ideales del proyecto socialista y me sentía privilegiada por tener la oportunidad de contribuir, con modestia, a la construcción de una España más justa, más libre y más prospera.

A lo largo de más de treinta años he mantenido la misma voluntad y el mismo compromiso, al servicio del interés publico, en diferentes administraciones, en la banca pública, en el parlamento... Eso ha significado, entre otras cosas, renunciar a otras opciones profesionales, rechazando incluso ofertas del sector privado (por cierto, mucho mejor remuneradas); y ha supuesto, también, un importante coste personal en periodos de fuerte tensión —por ejemplo, siendo Ministra de Medio Ambiente durante la peor sequía de la historia de España...— Pero, una y otra vez, —y desde una actitud de permanente autocrítica— me he reafirmado en la necesidad de la Política (con mayúscula) como herramienta para la transformación de la sociedad; y en la convicción de que los socialistas debemos empeñarnos a fondo para construir esa España más justa, más libre y mas prospera, que no solo es posible, sino cada vez más urgente.

Creo que, para que el PSOE contribuya hoy a avanzar en esa dirección, necesitamos volver a colocar inequívocamente la igualdad (y no el crecimiento del PIB, compatible con el aumento de las desigualdades) como objetivo principal de la acción pública. No basta con reiterar nuestra defensa del Estado del bienestar. Es preciso impulsar una política económica alternativa a la existente (y en gran medida alternativa a la desarrollada por gobiernos socialistas, no solo en España), de forma que se produzca una distribución más equitativa de la renta, de la riqueza, de la información... incorporando, además, mecanismos que eviten la impunidad de quienes se han beneficiado de las desigualdades sociales y de la creciente concentración del poder económico. Y que se entienda, de una vez por todas, la sostenibilidad ambiental como garantía de equidad global, de seguridad y de progreso duradero. Una política económica alternativa que se defienda en las instituciones europeas, consolidando nuestros vínculos con otras fuerzas progresistas.

Ello requiere que los socialistas reflexionemos, con humildad, sobre las lecciones de la crisis, que entendamos mejor su origen, y que rectifiquemos en temas cruciales, —como la política fiscal, la política energética, la regularización y la supervisión del sector financiero, las limitaciones del PIB como indicador de prosperidad...— Y en los documentos que serán debatidos durante el próximo fin de semana en nuestra Conferencia Política hay ya mucha concreción en algunas de estas cuestiones, a mi juicio en la buena dirección.

Pero también creo que es urgente introducir cambios radicales en nuestra forma de hacer política, en el funcionamiento de nuestra organización, con un mayor esfuerzo en términos de coherencia, de ejemplaridad, de integración en la sociedad....como requisito imprescindible para establecer un nuevo vinculo de reciproca confianza con la ciudadanía.

Ninguna sociedad puede progresar si los ciudadanos no confían en aquellas instituciones cuya existencia debe garantizar al máximo el interés general, el "bien común"; y es evidente que, durante los últimos años, en España esa confianza se ha desmoronado dramáticamente. Las razones son objetivas, y debemos reconocer nuestra propia responsabilidad como partido político, ya que los ciudadanos perciben que la democracia resulta impotente frente al poder económico... e intuyen que, en realidad, los " mercados "han ocupado el espacio que les ha permitido la "política"  (también la socialdemocracia).

A ello hay que añadir la lacra de la corrupción, y la evidencia de que las instituciones democráticas carecen de los mecanismos adecuados para su efectiva prevención y penalización; y, también, la evidencia de que la corrupción no afecta solo a la credibilidad de los políticos, sino también de los empresarios, de los medios de comunicación... Erradicar la tolerancia social hacia la corrupción —además de todas las reformas legales en gran medida ya identificadas— requiere de un auténtico cambio cultural, donde los valores de la responsabilidad individual y colectiva, la solidaridad, la cooperación... desplacen al consumismo irresponsable e insolidario que ha impregnado  la sociedad. Para recuperar la confianza de los ciudadanos, el PSOE debe aparecer liderando dicho cambio cultural, incorporando en su propia organización mecanismos que garanticen mayor coherencia entre lo que se propone y lo que se hace, la rendición sistemática de cuentas y la exigencia efectiva de responsabilidades, así como criterios más exigentes y más democráticos para la selección de los cargos orgánicos e institucionales.

Quienes ostentan responsabilidades públicas deben ser capaces de comprender la creciente complejidad de la realidad que pretenden transformar, así como de comunicar adecuadamente el correspondiente diagnóstico y las oportunas respuestas.

Para ello, la política no puede ser considerada una actividad permanente y exclusiva, sino un compromiso,una vocacion compatible con otras actividades laborales: ello exige la continua actualización del propio conocimiento, de forma que se garantice tanto la conexión con la sociedad como el respeto por parte de las ciudadanos. Además, cuanto mayor autonomía personal tengan nuestros militantes, mayor será su libertad de expresión en el debate interno.

Más allá de las "primarias abiertas" para elegir a los candidatos a la Presidencia del Gobierno —que ya fueron objeto de acuerdo en el Congreso Federal de 2012—, el principio de "un militante, un voto" debería instaurarse con carácter general para la elección de los secretarios generales. En todo caso, las primarias por sí solas no son una panacea. Para mejorar la calidad de la democracia interna hay que establecer mecanismos para fortalecer la cohesión interna, para evitar que las discrepancias se entiendan como falta de lealtad y para que los liderazgos se construyan a partir de los principio antes anunciados: coherencia, rigor, rendición de cuentas y asunción de responsabilidades.