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"La página en blanco" de Pilar Jurado entra en la historia del Real con éxito

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Un armario-celda, el Apocalipsis de San Juan, El Bosco y mucha "maldad" científica. Todo eso es "La página en blanco", un thriller cibernético con el que Pilar Jurado se ha convertido esta noche en la primera compositora en estrenar una ópera en el Real, que ha simpatizado con su audaz propuesta.

"La realidad se escribe sola" dice varias veces la "eminentísima doctora Djarou (anagrama del apellido de la autora)" en la historia que protagoniza "el primer compositor que escribe una obra en coma irreversible", contada en clave cinematográfica y con una música que, como ella misma describía, tiene mucho que ver con una "banda sonora".

Pues esta noche, a juzgar por los aplausos generalizados, entreverados de "bravos" pero también de algún abucheo, la caligrafía empleada para la "materialización" de la realidad ha logrado conectar con el público que asistía al histórico estreno, en el que estaba presente el actual intendente del coliseo, Gerard Mortier.

El belga ha contribuido tan decisivamente a la redacción de la obra -un encargo del anterior director artístico del coliseo, Antonio Moral-, que en su primera reunión con la cantante, compositora y directora cambió directamente el final, según ella misma contaba.

Además, puso a Jurado en contacto con el equipo alemán que firma la dirección escénica (David Hermann), la musical (Titus Engel) y la escenografía (Alexander Polzin) y, entre todos, según explicaban esta semana en rueda de prensa, han construido lo que cuando llegó a sus manos hace un año y nueve meses sólo era un libreto y algunas escenas musicales.

El equipo alemán redujo la obra a dos horas y Mortier le sugirió que, si no le daba miedo que la gente se fuera en la pausa, incluyeran descanso y lo cierto es que no ha habido prácticamente deserciones, que no son tan extrañas en los estrenos de obras contemporáneas.

Para "sustantivar" la reflexión de la creadora (Madrid, 1968) sobre la tecnología, la soledad y el amor, Hermann ha construido a cuatro metros del suelo un nivel virtual, el del cerebro del protagonista; a los lados, en las "puertas" del armario, el de la ópera que se supone que está componiendo, y en la parte inferior, una mazmorra-laboratorio Hollywood años 30, el de la realidad.

Lo que el espectador ve en el primer acto es al compositor, Otto Katzamaier, como si fuera un pájaro más de los que se posan, disecados, en la pared de un estudio tan frío, blanco y aséptico como una nave espacial.

Allí le darán ataques convulsos inexplicables, mientras el médico y amigo (Nikolai Shukoff) se comporta de una forma estereotipada, tan sobreactuado como la ex mujer (Natascha Petrinsky), el director del teatro (Hernán Iturralde) y el "cibercantante japonés" Kobayashi (Andrew Watts).

Entonces aparece ella, Aisha Djarou, la única que parece "normal" y que es la desencadenante de la actividad compositiva que va proyectándose en las pantallas gigantes de vídeo en las que se han convertido las puertas del "armario".

Los animales y, sobre todo, los pájaros que pintó El Bosco en "El jardín de las delicias" son los protagonistas entonces de los pasajes cantados por el coro del Apocalipsis de San Juan y hasta aquí se puede contar para no destripar el secreto.

En medio, el suizo Titus Engel dirige a la orquesta concentrado en hacer fácil lo difícil, es decir combinar el "ruido" vanguardista, como dice él, con momentos románticos, "otros muchos estilos", hallazgos como el sonido del ordenador o del timbre de la puerta, y hacerlos todos bien, como el público ha reconocido con sus aplausos.