Publicado: 25.10.2014 10:09 |Actualizado: 25.10.2014 10:09

Un país por rehacer

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Una casa ruinosa no se rehabilita con chapuzas. Un país en almoneda tampoco. Si miramos detrás de las contabilidades (dobles) partidistas, las tarjetas negras, las maletas andorranas o los fondos de formación, que suponen la perdida de honorabilidad de la élite gobernante y la indignación popular, nos encontramos con unas grietas aún más profundas. Vivimos un estado de emergencia social y putrefacción política.

Las políticas aplicadas, lejos de sacarnos de la crisis, consolidan el estancamiento económico y el incremento de la desigualdad social. Trabajar, si es que se encuentra empleo, no es sinónimo de cubrir las necesidades básicas. Los servicios públicos están gravemente enfermos y los derechos laborales en coma. La recuperación que vende Rajoy tiene bases muy frágiles. La mejora de la "confianza" de los mercados financieros no ha resuelto el problema del crecimiento exponencial de la deuda soberana, que siendo de origen privado se trasmutó en pública, lo que lastra las condiciones de vida de los de abajo.

Los intentos de regeneración del sistema político y de los partidos que lo sustentan siguen careciendo de credibilidad. El Estado de las autonomías hace aguas. La vieja legitimidad de la Constitución de 1978 se deteriora y aún no ha nacido la nueva. Ello afecta a todas las instituciones del Estado y centra la atención de los principales agentes políticos, pero también de los consejos de administración y de la Troika. Del lado popular, el 15 M puso en evidencia la desafección de las nuevas generaciones respecto al régimen del 78 y su recelo ante la oligarquía económica. La cuenta atrás de la Constitución española había comenzado. Las mareas y el 22 M evidenciaron la necesidad ineludible de una reorientación en las prioridades económicas.

Es imposible volver al pasado, pero la situación de impasse vacío actual es insostenible. Urge dar soluciones. Tenemos el mismo dilema que ante la casa en ruinas. Tapar las grietas o  construir de nuevo. Cambiar la Constitución o cambiar de Constitución. Remozar caducas fórmulas -neoliberales o keynesianas- o buscar urgentemente nuevas alternativas no capitalistas.

Dos son los proyectos de chapuza: una banda con buenos contactos en los bancos, nos "vende" (impone) un régimen oligárquico autoritario de exclusión de la mayoría social; un grupo subsidiario que perdió los papeles y sigue sin encontrarlos, simplemente aspira a reconciliarnos con un régimen levemente reformado, al que se aferra sin alternativa alguna. Pareciera que la única opción realista es la de una ruptura democrática mediante el impulso del proceso constituyente -que dada la realidad plurinacional española- estará configurado por el desarrollo de varios procesos constituyentes. Lo que se no hizo en el 78, hoy no tenemos más remedio que hacerlo: empezar de nuevo, poner sólidos cimientos.

Ese es el objetivo de una hoja de ruta que comenzando por las próximas elecciones municipales y autonómicas, culmine en las próximas legislativas. Ganar las elecciones para desalojar a los partidos de la casta y formar gobierno, es condición sine qua non para iniciar la nueva casa tanto en lo político e institucional, como en lo económico y social.

Quien se atreva coger el guante recibirá inmediatamente presiones insoportables en solitario. No es posible el cambio que necesitamos confiando únicamente en llegar a la Moncloa, es ahí dónde debe contar con la alianza de los movimientos sociales, con un pueblo vivo, activo, organizado y en marcha. Un pueblo empoderado en camino de crear un poder popular efectivo. Tomando sin permiso prestadas las palabras de Pedro Ibarra que expresan la relación del hoy con el mañana en ese proceso: "'Hacer' democracia participativa es construir sujetos colectivos con conciencia ciudadana, activa, republicana. Y con voluntad de ponerla en práctica. Solo así los desarrollos posteriores de la democracia participativa se podrán asentar en el ejercicio real de poderes compartidos, en escenarios de contrapoder."

Al tener que adoptar decisiones no basta contar con buenos asesores, dispuestos a aconsejar al  gobierno de turno. Es preciso disponer de un proyecto elaborado colaborativamente desde abajo  de las medidas básicas favorables para la mayoría social. Y anunciarlo para ilusionar y movilizar. El plano y los cálculos de la nueva casa tienen que estar hechos. O sea, un programa cuyo navegador marque las coordenadas de la soberanía popular, la economía al servicio de las personas, el derecho a decidir de los pueblos y la participación democrática, con medidas sobre la deuda ilegítima, la banca pública, la igualdad efectiva de las mujeres o la socialización del sistema energético basado en las renovables. Un programa capaz de blindar los servicios públicos, los derechos laborales y el equilibrio ecológico, sin ambigüedades, cálculos electoralistas ni concesiones a los poderes fácticos.

La hoja de ruta por tanto tiene cuatro elementos: victoria electoral, movilización y poder popular, programa de ruptura democrática y de mayoría social y un gobierno su servicio, capaz de concitar una nueva Constitución. Estas son las ideas fuerza que presiden el documento Construyendo pueblo que he firmado para su votación por parte de la Asamblea Ciudadana de Podemos con la esperanza de que sean útiles para las clases subalternas, el pueblo.