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Con pan y vino se hace el Camino

Para completar la Ruta Jacobea también había que atender al estómago si se quería asegurar la curación del alma.

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Aunque se recomendaba ayuno para beneficiarse de las indulgencias, en el Camino había que atender al estómago para asegurar que la curación del alma corriese paralela con la atención debida al cuerpo. El cuidado al peregrino fue constante en grandes centros y en los lugares más miserables. En los hospitales mayores se le solía ofrecer un caldo, un pedazo de pan, un trozo de carne y vino.

En el Códice Calixtino, se pone en boca del Santo Papa Calixto la recomendación del ayuno, 'para que maltratada la carne con la continencia, haga expiación de las infamias del pecado'. Pero bastante expiación era ya el recorrer incontables leguas hasta la tumba del Apóstol.

De aguas y vinos
Hay que recordar que el propio Códice advertía de la mala calidad de algunas aguas, algunas de las cuales califica incluso de mortíferas. Pero en general, las del centro de España tenían asegurado aquel control de calidad hecho en el siglo XII: 'Los ríos que, por el contrario, se consideran dulces y buenos para beber se llaman vulgarmente por estos nombres: el Pisuerga, río que baja por Itero del Castillo; el Carrión, que pasa por Carrión; el Cea, por Sahagún...' y así una relación que incluía el Esla, el Torío, el Bernesga, el Sil, el Cúa, el Burbia y el Valcarce.

Pero el agua era poca cosa para nutrir los cuerpos, por eso, es bueno recordar que en el mismo texto se alude a la calidad del vino del territorio que mediaba entre navarros y gallegos. Diversos autores dejaron constancia de los buenos vinos, y advierten de su escasez pasado el Bierzo. El monje alemán Hermann Künig, pide que en Villafranca se beba con miramiento, porque el vino 'saca alguno de sentido'.

Sin duda, la capital del vino era Sahagún, ciudad benedictina, animada y propicia para el placer, cuyo recinto monacal albergaba la mayor cuba del mundo. Debía ser muy necesaria, porque el gasto anual de vino del referido monasterio era -datos de 1782- de tres mil cien cántaras.

Y ya pasando a lo sólido hay que advertir que la atención al peregrino fue constante, tanto en grandes centros como en los lugares más miserables. Domenico Laffi cuenta maravillas de Hospital del Rey de Burgos con capacidad para dos mil personas a las que tratan con gran caridad. Estudios del siglo XVI indican que se daban hasta sesenta y cinco mil raciones de comida en este centro. Los estatutos decían que a cada comida había que dar a cada peregrino un buen pan; y que a cada tres viajeros se les entreguen dos libras de carne (una de cecina y otra de carne fresca), vino, y sopa con tocino.

La reconfortante sopa de ajo
Lo de la sopa debía ser común en todo el Camino Francés. Aunque era habitual que el viajero se la tuviera que hacer. En un humilde pueblo como San Martín del Camino, entre León y Astorga, el hospital del lugar tenía establecido -según dice el Catastro de Ensenada- que había que dar al peregrino pan y manteca para que haga sopas calientes. El mismo Domenico Laffi, sacerdote de Bolonia que viajó en el siglo XVII, atestigua además que contó con aceite de oliva para hacer sopas. Estas sopas que se ofrecían en San Martín no serían sino las populares sopas de ajo que se siguen comiendo en la zona; sopas a las que se añaden truchas cuando el río está próximo, como ocurre en la ribera del Órbigo.






Era frecuente que cuando los peregrinos más galloferos se hallaban a gusto en un lugar no lo abandonaban durante varios días. La existencia de numerosos hospitales, como ocurría en Burgos, León y Astorga, podía facilitar la permanencia. Sin embargo, también hubo medidas colectivas para impedir que los más vagos y haraganes se ubicaran en el lugar, abusando de la caridad hospitalaria. Así, en Astorga se celebró un cónclave de cofradías en 1521, en el que se creó la figura del echador, encargado de que todo aquel que llevara más de tres días en la ciudad se pusiera inmediatamente en camino, salvo caso de enfermedad.

Sin patatas
Hoy los viajeros acostumbran a pagarse la restauración... y en muchos lugares del Camino hay un menú para el peregrino que le proporciona una comida sencilla, a un precio normal. En algunos puntos se sigue atendiendo al viajero, que suele pagar a voluntad.

No obstante, el crecimiento de la marea de peregrinos ha animado a los negocios de restauración, donde los viajeros toman productos de la tierra... que antaño también gozaban los más pudientes. Por ejemplo, en la Cartuja de Miraflores vemos como en la Última Cena que esculpió Gil de Siloé, los reunidos toman cochinillo. Seguro que el artista tomó la idea de las mesas de Burgos, donde hoy se sigue comiendo buen cochinillo. Sabemos que los hospitales del Camino tenían a veces sus fincas con rebaños... seguro que el cordero era bienhallado en ollas y asados, como lo es hoy.

No hallarían los peregrinos en las mesas medievales tomates ni patatas, que llegaron al Viejo Continente con el descubrimiento de América; tampoco podrían deleitarse con un café o un chocolate caliente, que también son aportaciones posteriores. Ni siquiera con un habano.