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Pasaban dice que le queda volver "sin oxígeno" al Everest

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La escaladora vasca Edurne Pasaban, primera mujer en hollar la cima de los catorce ochomiles del mundo, quiere culminar su gesta en las crestas más altas del planeta con una ascensión "sin oxígeno al Everest", de 8.848 metros, que considera el broche perfecto para rematar el proyecto que le ha llevado por las principales cúspides mundiales.

"Me queda volver al Everest sin oxígeno", explicó la tolosarra en el transcurso de una conferencia en la Casa Encendida, en Madrid, cuyo auditorio asistió impresionado a las palabras y las imágenes de las diferentes expediciones a las montañas del proyecto "14x8.000", una etapa que Pasaban quiere despedir en el Everest, antes de seguir nuevas sendas en el alpinismo y en la vida personal.

"El deporte tiene que tener un principio y un final", afirmó Pasaban, a quien el periodista Darío Rodríguez, director de la revista 'Desnivel', presentó como una persona de "carácter, familiar, emotiva, sensible y supersticiosa", que ahora pretende cerrar el capítulo de los ochomiles en la mítica cumbre del Himalaya.

Una vez reconocida oficialmente como la primera mujer en subir las catorce cumbres más altas del mundo, Pasaban habla con el corazón de lo que ha supuesto para ella la competencia con la coreana Ho Eun-Sun, quien ha reivindicado ese privilegio hasta que la Federación de Montañismo surcoreana ha descartado que alcanzase la cima del Kangchenjunga (8.586 metros), en Nepal.

"He sufrido mucho estos meses. Lo que me importa es haberlo terminado -el proyecto 14x8.000-. He dejado muchas cosas de lado y he sufrido mucho. Cuando la Federación Coreana ha dicho esto ha sido una tranquilidad. Me he quitado un peso de encima", confesó la guipuzcoana.

Ahora, cuando empieza a perfilar el futuro de nuevo, aún recuerda cómo empezó a escalar a los catorce años en el club de su localidad natal, Tolosa: "Me apunté porque me gustaba el monitor. A mí y a todas mis amigas. Nunca ligué con él y ninguna de mis amigas siguió escalando".

Desde entonces, esta deportista, de 37 años y licenciada en Ingeniería Industrial, la profesión de su padre, ha aprendido que "una persona es feliz cuando hace lo que quiere, no lo que quieren los que le rodean" y que ama el alpinismo porque le rodean "las mejores personas" que ha conocido.

Sin embargo, después de sufrir congelaciones y amputaciones, de "ver las orejas al lobo" en el K-2 (Himalaya; 8.611 metros) y de vivir experiencias tan duras como la pérdida de un compañero de expedición, los amigos tuvieron que convencerla para que no tirase la toalla cuando la depresión le mellaba la salud.

"Lo que hacía me llenaba, pero dejaba muchas cosas de lado en mi vida personal. Me planteé dejar el alpinismo", reconoció Pasaban, quien sólo ha sentido "miedo" en el K-2, montaña sobre la que pivotan las motivaciones más fuertes que le han hecho perseverar en el alpinismo.

La montañera, que dio "el gran salto" vital en ese legendario pico del Karakórum, llegó a un acuerdo con los amigos: volver a rebasar la frontera de los ocho mil metros en la cima del Broad Peak (Pakistán; 8.047 metros) y después decidir si continuar en la escalada o abandonar.

Corría el año 2007. Pasaban decidió continuar adelante y acabar un proyecto que ha escrito su nombre en la historia del alpinismo tras alcanzar este mismo año -con un mes de diferencia- las cimas del Annapurna (Nepal; 8.091 metros) y del Sisha Pangma (Tíbet; 8.027 metros). Ahora, mira al Everest.