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Tras los pasos de Leonardo da Vinci

Más allá del Duomo, la Scala y las tiendas de los grandes diseñadores, en Milán se puede seguir la pista a uno de los mayores genios del Renacimiento italiano.

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Si al pensar en las grandes ciudades del Renacimiento italiano nos quedamos sólo con Roma y Florencia estamos perdiendo de vista la mitad de la historia. El ejemplo más claro lo tenemos al revisar la vida de Leonardo da Vinci. A los treinta años, cuando ya era un genio reconocido por todos, deja Florencia para trasladarse a Milán, donde residirá durante casi veinte años y donde desarrolló lo mejor de su carrera.

Milán era entonces, en la segunda mitad del siglo XV, una de las ciudades más grandes y ricas de Europa. Y un buen lugar para poder desplegar los trabajos más importantes. Leonardo ofreció sus servicios a Ludovico Sforza, el Moro, como ingeniero, arquitecto, escultor, pintor y músico, y con semejante curriculum fue contratado inmediatamente.

Han pasado 500 años pero todavía se puede seguir la pista del genio de Vinci por las calles de Milán. Más allá del monumento que se alza en la plaza delante de la Scala, el mejor lugar para iniciar la búsqueda de sus huellas es el Museo Nazionale della Scienza e della Tegnologia Leonardo da Vinci (via San Vittore, 21), ubicado en el monasterio San Vittore, del siglo XVI. Allí hay una gran colección de modelos de sus máquinas, construidos a partir de sus dibujos: máquinas voladoras, puentes, grúas, herramientas, etc. Todos ellos permiten apreciar la obra como ingeniero de Leonardo, un aspecto que ha quedado algo oculto tras sus famosas pinturas.

El trabajo como pintor y, sobre todo, como estudioso del arte de la pintura se puede seguir en el Museo d'Arte e Scienza (via Quintino Sella, 4), al lado de la plaza del Castello. Allí hay dos exposiciones permanentes sobre Leonardo: una sigue sus pasos como ciudadano de Milán y otra enseña a apreciar el arte a través de sus ojos y está basada en el Tratado de la Pintura, la obra en la que volcó todas sus reflexiones.

Desde aquí se pasa al Castelo Sforzesco, el edificio que domina el centro de Milán desde hace siglos. Como residencia de los duques para los que trabajaba, el castillo fue uno de los ejes de su vida y obra en los años milaneses. En la salla Asse realizó pinturas murales, y en la Biblioteca Trivulziana se conserva un códice del maestro. No queda nada de la monumental estatua ecuestre de Francesco Sforza en la que trabajaba cuando las tropas francesas entraron en la ciudad y destruyeron el modelo en yeso. Tampoco queda nada de la decoración que hizo de diferentes salas ni, sobre todo, de los montajes para las fiestas de los duques, que debieron de ser sonadas.

El que quiera seguir la pista a sus escritos debe dirigirse a la Biblioteca Ambrosiana (Piazza Pio XI, 2), donde se encuentra la mayor colección de manuscritos de Leonardo, incluido el famoso Códice Atlántico.

La gran obra de Leonardo en Milán es, evidentemente, La última cena, que pintó en una pared del refectorio del monasterio de Santa Maria delle Grazie (Piazza Santa Maria delle Grazie, 2). A los que organizan sus viajes en el último momento les espera una mala noticia: las entradas -que se pueden adquirir a través de un enlace de la página web- se agotan con varias semanas de antelación.



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