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Pekín. La tradición de sacar a pasear los pájaros

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Bolsos, chaquetas, fundas de raqueta, termos de té. Cada mañana, las ramas de los árboles del parque Ritan de Pekín se convierten en un perchero público para las decenas de jubilados madrugadores que vienen aquí a practicar danzas con abanicos, tai chi, o a jugar al bádminton. En los rincones más tranquilos del parque, enclavado entre los modernos edificios del distrito financiero, hay también jaulas de pájaros colgadas de las ramas.

'La mañana es el mejor momento para pasear a los pájaros, es cuando se relajan', dice Gu, un hombre de 56 años, cuerpo ágil y delgado y unas greñas canosas que le caen sobre la frente mientras lee el periódico a la sombra de un sauce. En una de las ramas ha colgado una jaula con un bonito ejemplar de huamei (cejas pintadas) nombre de este pájaro cantor de panza dorada y gruesas marcas blancas sobre los ojos, muy popular en China. Gu tiene 20 pájaros y los saca a pasear a diario, siguiendo una costumbre introducida por la dinastía Qing, la última de emperadores chinos, para entretenerse.

La tradición fue prohibida por Mao durante la Revolución Cultural, pero la llegada de la Reforma y Apertura de China en los ochenta, ha vuelto a convertir en algo habitual los grupos de hombres charlando o jugando a las cartas en cualquier rincón mientras sus pájaros toman el aire. 'Es una buena excusa para hacer ejercicio físico y enriquecernos como personas', explica Gu, apodado el maestro de los pájaros por sus amigos. A lo largo de la mañana los hombres van llegando con sus respectivas jaulas a este rincón del Ritan. '¿Crees que mi pájaro está enfermo? ¿Lo ves nervioso? ¿Le sentará bien comer pasta de gambas?', son algunas de las preguntas que le hacen a Gu. Algunos tapan las jaulas con fundas de color azul para evitar que el pájaro cante o se asuste. 'Si el pájaro coge miedo se podría lastimar', dice Gu, mientras su mascota no para de brincar y cantar.

Sin apartar un ojo de las jaulas, Gu y sus amigos pasan la mañana conversando, riendo, hablan de sus respectivas familias, juegan a las cartas. Sólo los hombres crian pájaros. 'Es un símbolo de elegancia', dice Gu. Todos ellos pertenecen a la Asociación de Amigos de los Pájaros de Pekín y se conectan a un foro on-line para aficionados. Hay pocos jóvenes interesados en esta tradición. 'Prefiero que mi hijo no se distraiga con pajaritos y estudie para entrar en la universidad', dice Yang, el más joven del grupo, de 46 años. Su hijo lleva una jaula vacía que acaban de comprar y se la enseña a Gu. 'Buena, buena', murmura el maestro mientras examina los finos barrotes de bambú, la delicadeza de las cinco vasijas de porcelana para la comida y el agua, la alfombra de seda y el elegante grabado de bronce en el techo: un shou, el carácter de la longevidad, palabra que en mandarín suena igual que 'felicidad'.

En cada detalle se respira el espíritu de esta ociosa costumbre imperial, pero tiene su coste: la jaula cuesta 6.000 yuanes (600 euros), un capricho que en China no muchos pueden permitirse. 'Reconozco que me gusta mimar a mi Baobei [bebé]', dice Yang, mirando tiernamente a su colimbo de garganta roja.

 

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