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Perdonen la grosería, pero esto es lucha de clases

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Qué es lo que está dominando en la crisis actual, lo que está imponiendo las soluciones? ¿Los mercados sobre la política? ¿La política de la derecha sobre la política de la izquierda? Ambas cosas pueden decirse y son correctas, pero no llegan al fondo del asunto. En un primer plano, en el modo como se nos presentan las cosas, parece que los mercados están imponiendo las medidas que se toman en Europa. Pero si traspasamos ese plano más inmediato -y también más abstracto- en el que los mercados aparecen imponiéndose a los gobiernos, es fácil ver que la pelota está en realidad en el terreno de la política: más allá de lo que los mercados reclamen, lo que hay son decisiones políticas, decisiones de los gobiernos y de las instituciones económicas internacionales (instituciones políticas, en realidad, aunque se presenten siempre como si funcionasen con criterios técnicos, más allá de la política).

En ese terreno de las decisiones políticas es patente -en todo el mundo, pero especialmente en la UE- que las políticas de derechas se imponen por completo a las políticas de izquierdas. Gobiernos de derechas -mayoritarios en Europa- y también gobiernos de partidos denominados de izquierdas hacen políticas de derechas ante la crisis.

Pero hay que ir un poco más allá. Podría creerse si no que el problema es que las ideas de derechas se imponen, incluso más allá de la identidad de los partidos de gobierno, sobre las de izquierdas. Sea porque aquellas son científicas y estas puramente ideológicas, o porque son más acertadas en la práctica, más útiles para enfrentarse a los problemas y resolverlos. Nada de eso. Por más que transmitan esa idea los colorines económicos de la prensa, en línea con las declaraciones de los mandarines de la economía, los economistas independientes que no están -directa o indirectamente- a sueldo de los poderes económicos explican el disparate que, desde el punto de vista de la sociedad y de la economía social, están ejecutando los gobiernos. Y sin necesidad de hablar mucho, sólo abriendo los ojos, la observación de los resultados -cada vez peores, no ya para el bienestar de la mayoría (como es evidente), sino también en la evolución de los indicadores macroeconómicos que los gobiernos toman como referencia- bastaría para probar que ni las ideas, ni los análisis, ni las medidas aplicadas por la derecha son acertadas.

¿Y cómo es que, al contrario, parece -y se repite sin rubor en los medios- que las ideas de la derecha se imponen y que no hay otro camino a seguir que las que ellas marcan a los gobiernos? Pues porque esa cuestión no se resuelve en la confrontación de ideas, sino en otro plano más decisivo, el de la lucha de clases.

No es en último término la derecha como gobierno, como partido o como ideología quien controla, sino la clase social dominante, a la cual la derecha representa en su ideología, con el instrumento de sus partidos y a través de sus gobiernos. Parece lo mismo, pero no. Es el capitalismo financiero, que es el núcleo y centro de gravedad de la clase dominante en esta fase de desarrollo del capitalismo, quien determina lo que proclaman en sus programas los partidos de derechas y quien marca lo que hacen, o las líneas de fuerza, o los límites dentro de los que pueden moverse los gobiernos.

Cuando se habla de lucha de clases en las sociedades modernas hay que olvidarse de las formas que esta tomaba y la visibilidad que tenía a principios del siglo XX. Con el desarrollo del capitalismo a escala mundial la lucha de clases no ha desaparecido, pero sus formas y los espacios en que se localiza han cambiado tanto que quienes permanecen fijados en el modelo simplificado de la época de Marx o de Lenin no pueden reconocerla o tienen que deformar y mutilar las realidades sociales para que parezcan encajar en las pautas de dicho modelo.

Hay dos observaciones de sentido contrario respecto a la estructura de clases en las sociedades modernas: en un sentido, la polarización socioeconómica que Marx preveía a medida que se desarrollase el capitalismo ha ocurrido efectivamente y se ha acelerado con la crisis: cada vez la riqueza se concentra en menos manos, mientras se amplía la pobreza, y cada vez es mayor la distancia entre ricos y pobres. Pero, en otro sentido, las clases polares de Marx -la burguesía capitalista y la clase trabajadora- se han diferenciado y fragmentado en capas y categorías muy diversas, que enmascaran en la apariencia y bloquean en la práctica su unidad.

La lucha de clases hoy no es el enfrentamiento entre capitalistas propietarios de los medios de producción y masas del proletariado reducidas a pura fuerza de trabajo. En toda sociedad, la lucha de clases es la que enfrenta objetivamente, como efecto estructural del sistema, a explotadores y explotados. Por una parte, quienes controlan las condiciones de la producción social, aquellos a quienes el sistema dota de la capacidad para determinar el uso de los recursos sociales (medios de la producción y la reproducción de la sociedad) y el destino y la forma del producto social, y su distribución; y por otra, a los productores, que ejecutan el trabajo social según las formas y con los requerimientos que impone el sistema. El antagonismo de intereses entre explotadores y explotados, atravesado por muchas líneas de fractura que a veces lo hacen irreconocible, es la lucha de clases, cualquiera que sea la forma que adopte en cada coyuntura.

En las crisis económicas, aunque sea cuando más se enmascare la contradicción entre las clases sociales, con el espejuelo de los intereses sociales globales (el cuentecillo de que todos estamos metidos en el mismo barco y que se trata de superar entre todos la tormenta que lo amenaza), es cuando más se agudiza el antagonismo entre

la clase dominante y el conjunto de la sociedad; cuando más nítidamente los gobiernos son la voz de su amo; y cuando más fácilmente podrían disolverse las diferencias entre los explotados, que son la inmensa mayoría de la población.