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Periféricos hasta el centro

Desde que estalló la crisis de deuda soberana España es toda periferia

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En el delicioso El libro de la cocina española de Joan Perucho y Néstor Luján, podemos leer un fino comentario del cervantista, filatélico y agudo gastrónomo andaluz Doctor Thebussem: 'El propio cocido, que parece ser el lazo de unión constitucional entre los antiguos reinos, carece aún de una forma concreta que obligue a todos'. La cita abunda en un tema harto debatido sobre qué es lo que, naturalmente, nos une a los españoles. Después de la cruzada anticolesterol de Indurain, Manolo Escobar y Javier Vázquez, el cocido ha caído como símbolo patrio en beneficio del chóped, el café con leche y El Corte Inglés. Sin tener en cuenta, claro, cosas más espirituales como la hipoteca o el AVE que, como dijo la ministra Maleni' Álvarez: 'Cosería España con cables de acero'.

Thebussem (seudónimo de Mariano Pardo de Figueroa) destacaba en su frase que, si bien el cocido era un elemento nacionalmente aglutinante, su forma y receta eran pura competencia autonómica. Valga esta metáfora federalizante para entrar a hablar de lo periférico, tema central del imaginario político.

El cocido ha caído como símbolo patrio en beneficio de El Corte Inglés

En estas elecciones, y con excepción de Galicia donde el BNG reposa con calma su resaca gubernamental, el sector nacionalista apunta a cambios destacables. En Euskadi y Catalunya la cosa siempre se ha movido en dos ejes. En las abscisas una línea que va del autonomismo al independentismo y en las ordenadas, otra más clasicota que va de derechas a izquierdas. En Euskadi, Amaiur y el éxito municipal de su precuela Bildu han desplazado súbitamente el centro de gravedad vasco hacia el exterior de la gráfica. Algo que asusta al PNV tanto como el repunte del PP acogota a CiU. Ambos partidos me recuerdan a los entrañables Silves-ter Stallone y Steven Seagal. Viejas glorias de la época del mamporro analógico y la negociación competencial en pleno despiste ante la eclosión de las pelis de efectos digitales y el soberanismo 2.0.

Pero ha aparecido un cachondo cambio conceptual que puede dar mucho juego. Por un capricho borbónico sin importancia, se estila en España dividir la cosa entre centro y periferia. Nada, un afrancesamiento como otro cualquiera. Para un servidor, que vive en una calle periférica de la periferia de Barcelona, ciudad sita en una de las periferias del reino, la cosa no tiene más importancia. Es más, en las fiestas, el tipo periférico que se queda en el sofá del rincón suele ligar antes que el bailongo del centro de la pista. Pero, en fin, que así hemos ido pasando tan ricamente los últimos 300 años. Entre el kilómetro cero, lo vernáculo, el centralismo, lo cosmopolita y lo provinciano. Pero ay. Esto del mundo globalizado, que da para tantas metáforas, ha venido a destruir nuestra arcadia cainita. Desde que estalló la crisis de deuda soberana, para cualquier persona avisada de Berlín, Londres o Nueva York, España ya no tiene centro ni periferia. Toda ella es periférica. Y ni siquiera periférica en exclusiva, que va. Se nos ha metido en un vagón borreguero con portugueses, griegos, irlandeses y hasta italianos. El mal está hecho. La periferia es, ahora, central en España. A ojos del mundo, estamos en un rincón, por mucho tren radial que nos empeñemos en inaugurar.

Así hemos pasado los últimos 300 años, entre lo cosmopolita y lo provinciano

Es lo que se conoce como latinoamericanización de Europa (perdón por el palabro). Hasta 2008, las crisis de deuda ocurrían siempre en la periferia old school: Suramérica, México, Sudeste Asiático Economistas como el argentino Raúl Prebisch y toda la escuela creada en torno a la CEPAL teorizaron muy bien sobre por qué los países de la periferia capitalista recaían siempre en cíclicos colapsos. Pero nunca nadie en la Península pensó que la maldición periférica pudiese convulsionar el vientre de Europa, siempre tan preñado de turistas alemanes.

Así que ahora que el debate territorial y de modelo de Estado ha mutado y cobrado nuevos bríos, nos encontramos con la paradoja, triste sin duda, de que no hay centro a quien culpar. La periferia se ha centralizado y extendido de Lisboa a Salónica. De la Champions al rincón y con el Estado por ordenar. Buf.