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"Soy perro apaleao y sé que hay cosas que no se deben decir"

Álex de la Iglesia habla sobre la autocensura en la presentación de su libro 'Payasos en la lavadora'

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Si la reedición de Payasos en la lavadora (Seix Barral) puede resumirse en una imagen, es la de su autor, Álex de la Iglesia, sentado frente al que era catorce años atrás, conversando en un banco de Bilbao. “Ahora soy perro apaleao y sé que hay cosas que no se deben decir. Si no, puedes tener problemas. La coartada de este libro es que son cosas que escribí hace catorce años”, dice con desengaño. Una declaración que sitúa al libro en un arrebato de sinceridad hoy improbable. “Ahora, por ejemplo, no descargaría mi rabia contra ningún crítico –como hace su álter ego, Satrústegui-. Más que nada, por falta de interés. Me parece bien que todo el mundo opine lo que quiera y si opinan mal, también”. De la Iglesia ha ganado en cinismo (“se debe a la edad”) y eso se traduce en una conciencia muy presente de la autocensura a la hora de crear, que le provoca “dolor y resignación”. Quizá el arrebato más autocrítico fue ridiculizar la banda promocional de su libro: “Esto de que mezclo 'cultura pop y alta filosofía' es una pedantería. El objetivo no era ese; la mitad de lo que hablo lo sé de oídas. Lo que he pretendido es compartir mi confusión con los demás”. 

Payasos en la lavadora se editó en 1997, tras dos años de redacción frenética en los que el texto llegó a desaparecer. El libro, un monólogo con mala baba, se presenta al lector como un manuscrito hallado, firmado por el poeta Juan Carlos Satrústegui. Y todos los palos que toca: desde la frustración a los cómics, desde “la confortabilidad en el caos” de las barricadas de Bilbao al recuerdo del primer amor; “todo es profundamente autobiográfico. La historia transcurre en el cerebro de un personaje enloquecido. Es un viaje al dolor y si la hubiera abordado desde un punto de vista dramático, resultaría pedante”. Así que el resultado es “una comedia mucho más negra que lo que habéis podido ver en mis películas”. 

Ejercicio borgiano
Perderse en Payasos… es auscultar en la piel de uno mismo la ira contra todo y todos, sin olvidar la carcajada. Cuando la editorial comunicó a De la Iglesia la reedición, el director releyó el libro con el fin de desarrollar y omitir ciertas partes, aunque finalmente no tocó nada. “Sería estropearlo”, resume. Encontrarse con quien era catorce años atrás no fue un ejercicio exento de sorpresa. “Al releerla me dije ¡Dios mío, cuánta rabia hay en cada página! Lo que viene a decir Satrústegui es que todo es que todo es ridículo o absurdo, y que las dos posibilidades de supervivencia en este mundo es ser idiota o hacer el idiota. Quizá hoy no lo comparta pero sí lo entiendo”, dijo defendiendo a su personaje.

Sobre una posible vuelta a la literatura canalla que inauguró en 1997 con Payasos..., tranquilizó a los fans al reconocer que ha pensado “mil veces” en continuar la historia de Satrústegui y “contar la huída del psiquiátrico”. De hecho, admitió que es un personaje que ronda una de las películas que quiere hacer en el futuro. Satrústegui es tan De la Iglesia y De la Iglesia es tan Satrústegui que resulta difícil adivinar quién de los dos habla cuando ayer dijo: “Siento ascopena ante las ganas de quedar bien, ante el respeto que nos tenemos a nosotros mismos y no a los demás (ese por favor no me pises mientras yo te piso), y ante la mezquindad y el cretinismo profundo de las personas que manejan el cotarro”.

La presentación de ayer sirvió además para ahondar en el espinoso tema de las adaptaciones de libros o cómics al cine, justo cuando De la Iglesia está trabajando en La marca amarilla, entrega de 'Black y Mortimer', del historietista Edgar P. Jacobs. “Me imagino que un montón de gente se sentirá decepcionada. Siempre que haces una adaptación partes del hecho de que vas a decepcionar. La distancia entre lo que pretendes rodar y hasta donde llegas es enorme, y para lograr una buena película tienes que abandonar en un determinado momento el cómic o la novela en el que se inspira”. Con afán categórico, el director dividió en cuatro fases el proceso de adaptació: “Una primera infantil, en la que te prometes ser leal al original; una segunda, en la que te das cuenta de que es imposible y empiezas a filtrar; una tercera, en la que asistes a una especia de extraño aborto; y una cuarta, en la que cambias detalles y añades cosas, y generas otra cosa, que es más de nadie que propia”.

Por último, el director reflexionó sobre las consecuencias de ser Álex de la Iglesia. “Lo mejor es poder hacer cine porque tengo muchos amigos Satrústeguis que no pueden. Lo peor es la increíble capacidad para ser hipócrita, que he adquirido con mucho esfuerzo”. Al terminar la rueda de prensa, le pedimos que se firme el libro. Pánico: ¡¡¡lo hace como Satrústegui de la Iglesia!!!