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La pianista porteña Martha Argerich, el premio más "sonado" para los Nobel

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No existe el Nobel de Música, pero protagonizar el concierto en nombre de estos galardones es como un reconocimiento a la excelencia en este campo. Hoy, la pianista argentina Martha Argerich, recibió en este acto en Estocolmo quince minutos de ovación por su virtuosismo.

Argerich (Buenos Aires, 1941) no acostumbra a ser muy habladora y rehuye el torbellino mediático. Pero si una imagen vale más que mil palabras, una melodía en manos de esta pianista evoca mil emociones. Con el "Concierto en Sol mayor", de Maurice Ravel, sedujo al Konserthuset de la capital sueca, donde los premios Nobel 2009 disfrutaron de su arte.

El violonchelista Yo Yo Ma, el también pianista Lang Lang, o la soprano Renée Fleming, han sido también "premiados" con este mismo honor, y Argerich, arropada por la Real Orquesta Sinfónica de Estocolmo y bajo la batuta del ruso Yuri Temirkanov, confirmó con su interpretación la buena forma de su genio.

Su sensibilidad y su versatilidad consiguieron que la composición de Ravel -estrenada en 1932 y creada "para" el piano y no "contra él", según él mismo definía- se contagiara de la excelencia merecedora de un Nobel.

La nitidez conseguida en el frenético galopar de notas que alejan a este Ravel de su famoso bolero, era equiparable a la del mapa atómico del ribosoma merecedora del galardón en Química. Su capacidad para construir sensaciones desde la abstracción emulaba la de la literatura desoladora de la escritora Herta Müller.

Además, en la tierra de Ingmar Bergman, Argerich abarcó desde el grito hasta el susurro. Es decir: acarició las teclas y también las abofeteó. Salió con su melena gris impecable, y se fue desaliñada, después de volver hasta tres veces al escenario para matar ella misma los aplausos con un solo no previsto en el programa.

"Trabajar con Martha es como la propia Martha. No es fácil: puede ser algo impredecible e incluso irritante. Pero es lo más maravilloso que existe. Ella es increíblemente talentosa, casi de una manera deprimente", dijo sobre ella su colega violonchelista, Mischa Maisky.

Y ese tormento sublimado en el virtuosismo quedó impregnado en el ambiente del Konserthuset, donde la también ganadora de dos Grammy presentó sus respetos a la Casa Real de Suecia, presente parcialmente en el recital.

Además, la pieza central del recital fue exquisitamente flanqueada en este concierto organizado por Nobel Media en colaboración con la propia sala de conciertos de la capital sueca.

El director de orquesta, que curiosamente cumplirá 71 años el jueves, día de la entrega oficial de los Nobel, calentó a la orquesta sueca con la "Obertura Festiva op.96", que Dmitry Shostakovich escribió con motivo de la conmemoración del trigésimo aniversario de la Revolución Rusa.

En ella, el sonido del viento metal iba recubriéndose de cuerda y de percusión, sirviendo como presentación de todos los miembros de la filarmónica.

Para el final del concierto, Temirkanov eligió una suite del ballet de "Romeo y Julieta", compuesto por Sergey Prokofiev, y en el que el romanticismo narrativo de William Shakespeare se fundió con la agitación del enjambre de violas, violines y violonchelos que diseñó el compositor soviético en 1936.

Desde el primer encuentro de los Montesco y los Capuleto hasta la muerte de Tibaldo, la garra del maestro ruso fue matizando el ritmo narrativo hasta que, en un arrebato de pasión, cerró el concierto lanzando involuntariamente sus gafas fuera del escenario.

Con este concierto tradicional, Estocolmo confirma, asimismo, cuál es la cara de la medalla de oro del Nobel que representa: la que mantiene en los últimos años la solemnidad y el prestigio que el inventor de la dinamita quiso imprimir a los premios que dejó como última voluntad en su testamento en 1895.

Mientras, el premio Nobel de la Paz, que en los últimos años ha ido a personalidades tan populares como Al Gore, o Barack Obama, ha apostado por el tirón mediático de artistas como Kylie Minogue o, este año, Will Smith.

Mateo Sancho Cardiel