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Primeras noticias del exterminio

Galaxia Gutenberg publica las crónicas de Vasili Grossman, inéditas en castellano, sobre la Segunda Guerra Mundial en Rusia

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Su uniforme acabó hecho trizas al año y pidió uno nuevo. Pateó el frente ruso desde el primer día de la guerra contra la Alemania nazi, en 1941 y hasta el final de la contienda mundial. No vivió la guerra desde la barrera y su necesidad de verdad le llevó a preguntar y relacionarse con los protagonistas civiles y militares, que sufrieron y lucharon durante esos años. Cuando el país es invadido, Vasili Grossman se convierte en corresponsal de guerra. Está en todos los combates, ante Moscú, en Stalingrado, en Ucrania, en Polonia y llega a Berlín en 1945. Sus crónicas y reflexiones son publicadas a partir del 5 de agosto de 1941 en Estrella Roja, el periódico del Ejército Rojo que también leía la población, y pronto llegan a la prensa internacional.

Este material reunido bajo el título de Años de guerra, que la editorial Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores pondrá en distribución la próxima semana por primera vez en castellano, supone el alma de su obra posterior. El autor de Vida y destino acumula en estos apuntes desde el frente la materia prima con la que más tarde criticará el totalitarismo nazi y soviético. Es en la escritura y testimonio de los desastres de la guerra cuando Grossman llega a la iluminación: ¿Por qué fue el único escritor soviético del que se sabe que sufrió una conversión radical, pasando de la sumisión a la rebelión? Como dice Tzvetan Todorov, 'el escritor sufre una metamorfosis completa: muerte del esclavo y resurrección del hombre libre'.

Grossman entiende después de su llegada al campo de exterminio de Treblinka que él pertenece a la población destinada a la aniquilación durante la guerra. Hitler es quien confirma a Grossman en su identidad judía, pero su conversión concierne a Stalin, no a Hitler: entendió que Hitler no fue mucho peor que Stalin y así lo dejó por escrito años más tarde en su obra cumbre. La revelación de los secretos del Gulag se hace posible gracias al Lager.

Grossman entiende que él pertenece a la población destinada a la aniquilación durante la guerra

En Treblinka, acompaña a las primeras divisiones del ejército Rojo que descubren los vestigios del campo polaco. Durante días investiga, interroga a supervivientes y guardias encarcelados. Después publicará el primer relato conocido sobre los campos de exterminio, titulado El infierno de Treblinka, un texto que las autoridades soviéticas presentaron como prueba en los juicios de Núremberg e incluido en esta importante edición.

La voz de Grossman en este relato suena templada y cuidadosa. No está furioso, no está rabioso, no escribe desde el estómago, lo hace con cuidado, camina a paso lento por el horror y la organización de la tortura y los sistemas de encarcelamiento, por la descripción de los prisioneros y sus recuerdos, por el retrato de los asesinos que participaron salvajemente en la matanza de judíos y polacos. Según cuenta el historiador Antony Beevor en Un escritor en guerra: Vasili Grossman en el Ejército Rojo, 1941-1945 (Crítica), el procedimiento de nuestro autor se diferenciaba del de los periodistas al uso.

Grossman marchaba con las tropas, vestido como soldado, con toda la confianza del Ejército y sin prisa por escribir en el día. No tomaba notas en el momento en sus pequeños cuadernos de letra enjuta y menuda. Lo hacía más tarde, haciendo memoria de lo que le contaban y de lo que veía, de la experiencia y del sinfín de detalles relacionados con las personas en los que se fijaba. 'Escuchaba y luego escribía en sus cuadernos', cuenta Beevor, lo que explicaría esa reflexión sin vehemencia en su exposición.

Aún así, el testimonio es el de alguien superado por la maldad: 'El espíritu de economía, la exactitud, el cálculo, la pulcritud pedantesca son todos ellos rasgos plausibles que poseen muchos alemanes. Aplicados a la agricultura o a la industria, dan sus frutos. El hitlerismo aplicó estos rasgos al crimen contra la humanidad y las SS del Reich procedieron en el campo de concentración polaco exactamente como si se tratara del cultivo de coliflores o de patatas', escribe el autor ruso, que destacaba una y otra vez la afición alemana a la reglamentación y al esquema elaborado hasta los más insignificantes detalles.

'El carpintero de Varsovia Max Levit logró salvarse saliendo herido de entre los cadáveres'

Precisamente, uno de los supervivientes del campo le cuenta cómo la noche del 22 de julio de 1944 los soldados, conscientes de que la artillería soviética está a la vuelta de la esquina, liquidan a todos los presos. 'El carpintero de Varsovia Max Levit logró salvarse saliendo herido de entre los cadáveres de sus compañeros cuando se hizo oscuro, y se arrastró hacia el bosque. Contó cómo, tumbado en la zanja, oyó a 30 chicos que al ser fusilados cantaron la canción 'Mi gran país querido', oyó cómo uno de los muchachos gritaba: '¡Stalin nos vengará!', oyó cómo el jefe de los muchachos, el niño Leib, querido en todo el campo, al caer a su lado en la zanja se irguió después de sonar la descarga y pidió: '¡Señor guardián, ha errado el tiro, por favor, señor, otra vez, otra vez!', dejó escrito.

Cuando descubre a los asesinos de Treblinka, concluye: 'Lo que debe causar horror no son tanto esos seres como el Estado que los ha sacado de sus agujeros, de sus tinieblas y de sus subsuelos porque eran útiles, necesarios e indispensables'. Lo malo no son las personas, sino los totalitarismos.

En Años de guerra Grossman se mantiene fiel a la verdad, lo que llamó la atención de Gorki, supervisor de los escritores al servicio del Estado: 'El naturalismo no es apropiado para la realidad soviética y lo único que hace es deformarla. El autor dice: 'He escrito la verdad'. Pero debería haberse planteado dos preguntas: ¿qué verdad? ¿Y por qué?', evidentemente molesto por la intención de un joven Grossman por arrimarse lo máximo posible a la verdad. El organizador de la literatura de propaganda prefería el realismo que fuera útil al país.

Así que luchó por la libertad contra el propio Estado y cuando le confiscan los manuscritos de Vida y destino, Mijail Súslov, ideólogo del régimen presidido por Nikita Jruschov, le amenaza con la misma moneda que Gorki: 'La sinceridad no es el único requisito para la creación de una obra literaria en nuestros días'.

'Para Grossman, el bien siempre es más fuerte que el mal'

'Para Grossman, el bien siempre es más fuerte que el mal. Aunque asiste a la guerra preocupado por la tragedia humana y es testigo de un sinfín de atrocidades, su percepción nunca se ofusca, apunta con atención los detalles de particular interés humano (como todo buen novelista, por otra parte)', recuerda su traductora Marta Rebón.

El autor apunta en estos escritos el interés por la verdad, libertad y bondad. Grossman, en el horror; Grossman ante la maldad; Grossman elogiando la bondad y oponiéndolo a las doctrinas del bien. 'Su humanismo es lo que cautiva', advierte Joan Riambau, editor de Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. 'En realidad, ni es un cronista, ni un periodista, es una figura singular y extraña, que hace un tratamiento muy literario de la información', explica. Destaca el editor la preocupación por el destino de los individuos y la narración trepidante como la misma cara de todos los Grossman que aparecen por estos textos. El especialista Ricardo San Vicente también recuerda que Grossman abandonó la ideología 'para unirse al hombre y a los valores comunes de la humanidad'.

1941, ‘El pueblo es inmortal’
El libro ‘Años de guerra’ arranca con la novela que recoge el primer año de la contienda en la provincia de Gómel, en Bielorrusia. Uno de los capítulos recoge la destrucción de una ciudad por 40 bombarderos alemanes, ejercitando su maestría para combinar realidad y ficción. “El ataque de la aviación alemana se inició aproximadamente a medianoche. Los primeros aviones de exploración, que volaban a gran altura, dejaron caer unas bengalas con paracaídas y varias cajas con bombas incendiarias. Cuando las blancas lunas de las bengalas se inflamaron y quedaron suspendidas en el espacio, las estrellas empezaron a palidecer y a difuminarse. (...) Quedaron iluminados los anuncios del teatro guiñol; las ventanas, con sus visillos y macetas con flores; la columnata del hospital; el pintarrajeado letrero de un restaurante. (...) Ya durante el día, los 40 bombarderos bimotores habían sido dispuestos para el ataque. Los mecánicos alemanes, con una meticulosidad propia de los boticarios, llenaban los depósitos de gasolina con el líquido transparente y volátil. (...) Una tras otra retumbaban las explosiones, haciendo temblar la tierra; saltaban ruidosamente los cristales, en las casas se desprendía el enlucido y se abrían de par en par puertas y ventanas. Mujeres a medio vestir, que sostenían en brazos a sus criaturas, corrían hacia las zanjas-refugio”.

1942, ‘El viejo profesor’
Grossman aprovecha la figura del profesor Borís Isaákovich para preguntarse por cuestiones que van más allá del relato inmediato del acontecimiento histórico y dibujar el destino desdichado de los civiles que sufren la guerra: “Usted, filósofo, matemático, acláreme a mí, médico, ¿qué es todo esto? ¿Un delirio? ¿Cómo un pueblo culto y civilizado, capaz de crear tales clínicas, cuna de celebridades de la ciencia médica, ha sumergido al mundo en las tinieblas de una época reaccionaria, como si fuera la Edad Media? ¿Qué es esto? ¿Una epidemia de psicosis? ¿Una rabia en masa?”, le hace preguntar un doctor a un filósofo. ‘Stalingrado’. Viaja en automóvil desde Moscú a Stalingrado y se deja llevar por uno de los pocos momentos más ligeros y propagandísticos de sus relatos: “La mujer rusa ha asumido el enorme trabajo en los campos y en las fábricas. Pero más agobiante es el peso que oprime su corazón. No duerme por las noches, llora al marido muerto, al hijo, al hermano. Paciente, espera noticias de sus familiares desaparecidos. Con su magnífico y bondadoso corazón, con su claro y juicioso cerebro, soporta los duros reveses de la guerra”.

1944,  ‘La ofensiva de primavera’
Grossman apunta este capítulo con el subtítulo de ‘Pensamientos’, escritos en la zona de Kursk. “La ofensiva comenzó por la mañana. Cuando la voz de nuestra artillería resonó en la estepa gris, se estremecieron el cielo y la tierra. Los cuerpos de la guardia royeron la defensa enemiga con las mandíbulas de acero de sus cañones. La potencia del combate crecía por horas. Algunos evocaban la batalla de Stalingrado. A causa del estruendo de nuestra artillería pesada, el hielo fino que apresaba los charcos se rompía como cristal. Los alemanes combatían con tesón y habilidad”.

1945, ‘Camino a berlín’
“Varsovia liberada presenta un cuadro imponente, triste, puede decirse que trágico. El demonio alemán de la destrucción absurda y la maldad se ha ensañado a sus anchas durante más de cinco años de dominación en la capital de Polonia. Es como si un enorme monstruo, al verse libre de las cadenas que le sujetaban, hubiese asestado terribles golpes con sus puños de hierro a los altos edificios, derrumbado las paredes, destrozado las puertas y ventanas, destruido los monumentos, deformado las vigas y raíles de acero”, escribe el autor en su viaje hasta Berlín.