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Los primeros pintores al aire libre, en una exposición de la National Gallery

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La National Gallery de Londres tardó años en incorporar a los impresionistas a su colección, considerándolos indignos de los Viejos Maestros: la viveza de sus trazos y su novedoso tratamiento del color debieron de repugnar en su día a los responsables de la política de adquisiciones.

Algo similar ocurrió, sin embargo, con sus predecesores, los pioneros de la pintura al aire libre- los Corot, Díaz de la Peña, Rousseau y otros de la llamada escuela de Barbizon- aunque el motivo este caso fue más bien el carácter intimista de sus obras, en fuerte contraste con la gran tradición del paisaje histórico.

Si, pese a ese descuido inicial, la pinacoteca de la plaza de Trafalgar puede preciarse ahora de exhibir en sus salas obras de unos y otros, ello se debe casi exclusivamente al interés de los coleccionistas particulares británicos de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Y este verano, la National Gallery parece querer desquitarse con una pequeña, pero deliciosa exposición (hasta el 20 de septiembre), que documenta el desarrollo del género paisajístico desde finales del siglo XVIII hasta 1874, año de la primera exposición impresionista, y permite mirarla con nuevos ojos.

Hacia finales del siglo XVIII llegaron a Roma artistas de toda Europa, entre ellos Simon Denis, Jean-Baptiste-Camille Corot o Anton Sminck van Pitloo, que, pintando al aire libre, llevaron a sus lienzos vistas diversas de la Ciudad Eterna y de la vecina Campaña con su proliferación de ruinas de la antigüedad clásica.

Uno de ellos, Pierre-Henri de Valenciennes incluso formalizó en un libro publicado en 1800 ese tipo de pintura fuera del estudio, haciendo una serie de recomendaciones sobre cómo el artista debía fijarse en las nubes, los árboles, las rocas y otros detalles de la naturaleza.

La exposición de la National Gallery, "titulada Desde Corot a Monet", se abre precisamente con esos pioneros de la pintura al aire libre, algunas de ellas procedentes de una colección particular, la del matrimonio John and Charlotte Gere, prestadas a largo plazo a la pinacoteca londinense.

Tras su paso por Italia en busca de la luz y las antigüedades romanas, Corot y otros artistas volvieron la mirada sobre sus propios países y buscaron inspiración en la naturaleza más próxima.

Así, Théodore Rousseau visitó Auvergne en compañía del paisajista Prosper Marilhat y volvería más tarde a esa región para pintar su naturaleza salvaje; Corot pintó escenas campesinas de la Borgoña, de donde era originaria su familia, y de otras regiones de Francia y la vecina Suiza.

Especial atención merece el grupo de Barbizon, una escuela naturalista que debe su nombre a una aldea contigua al bosque de Fontainebleau, a las afueras de París, y cuyas figuras más destacadas son los ya citados Corot, Rousseau, además de Charles-François Daubigny o Narcisse Virgile Díaz-de-la Peña.

Entre los pintores de esa escuela está Jean-Françopis Millet, del que se expone, no un paisaje, sino una de sus imágenes de la vida campesina, que tan bien supo idealizar: el primer plano de un hombre aventando trigo.

Tanto Corot, como en su última etapa Rousseau, pintaron muchas veces sus paisajes sin salir del estudio, recurriendo a la memoria y a la imaginación, y de ello se ofrecen también algunos ejemplos en la National Gallery.

Las últimas obras de Corot y algunas escenas de playa de Eugène Boudin muestran, por otro lado, la influencia que estos pintores ejercieron en los primeros impresionistas como Monet, con quien se acaba la muestra.

De Monet se exhiben, entre otros, un exquisito estudio de dos mujeres en la playa de Trouville, protegiéndose del sol con sus parasoles, y uno de los cuadros que pintó en La Grenouillère, un popular café flotante sobre el Sena, visitado por Monet y su colega Renoir en el verano de 1879.