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El promotor gafe que casi acaba con nosotros

Vetusta Morla narra los avatares de un fin de semana de conciertos casi mortal

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Prueba de sonido. Tarde de un viernes de agosto. Ciudad X. Tras más de dos horas de ajustes, aparecía en el escenario el promotor local, un tipo simpático de unos 40 largos. Llamémosle Darío. ¿Todo bien, falta algo? Encantados, muchas gracias. Todo bien... Silencio. Luego un grito.

Más allá, nuestro técnico de sonido gimoteaba con la cabeza apoyada sobre la mesa de mezclas. Se acababa de ir la corriente. Hay que empezar la prueba de nuevo, logramos entender. Se ha borrado todo. Bueno, son cosas que pasan.

Poco antes de salir a tocar, Jorge chequeaba su pad electrónico. Un efusivo Darío entró en el camerino. Mucha suerte, chavalotes. ¿Todo bien, os falta algo? Muchas gracias. Todo bien. De nuevo, un silencio incómodo. Jorge, desencajado, golpeaba el instrumento exigiendo su resurrección inmediata. No enciende. No lo podemos usar hoy. Bueno, son cosas que pasan, dijo David.

«A medida que avanzaba el show, la fiebre subía y subía»

Durante el bolo se sucedieron las desgracias: Juanma rompió dos cuerdas de su guitarra, hubo desmayos entre el público y a David se le partió el pedal del bombo. Yo arrastraba una gripe trapera de esas que te amargan un verano y notaba como, a medida que avanzaba el show, la fiebre subía y subía. En un momento, dejé de enfocar.

Me apoyé en Titol, nuestro backliner, y le pedí que consiguiera hielo para refrescarme el cogote. Titol, que me caigo. Teníamos al público pegado a los pies y el calor era infernal. Yo, amarillo, en una esquina, como los boxeadores. Alguien me agarraba la pierna. Era Darío, pero podía ser un vendedor de criptonita. ¿Estás bien chaval? ¿Te traigo algo? Muchas gracias, Darío. Sólo es un mareo, cosas que pasan.

Bar-restaurante de polígono industrial. Día siguiente. Ciudad. La camarera se disponía a servirnos cuando la voz de nuestro protagonista anticipó su entrada por la puerta reversible del salón. ¡Eso es, chicos! A reponer fuerzas, que esta noche... En un asombroso ejercicio de sincronía, el final de su frase coincidió con la caída del perolo de sopa en el suelo. La camarera se acababa de tropezar con nuestro primer plato, que ya formaba parte del artesonado del baldosín. No se preocupen, dijo el encargado, son cosas que pasan. Ya no había lugar a dudas, el tipo que nos había contratado para tocar aquel fin de semana era gafe, en mayúsculas; un cenizo federado.

El concierto de la noche siguiente estuvo a punto de suspenderse. Varias cajas de amplificación dejaron de funcionar durante la prueba. Juanma tocó con un ampli prestado porque a diez minutos del bolo el suyo echaba humo como el Vesubio. En el camerino, un voluntarioso Darío trataba de hacer más llevadero el desastre.

Se acercó a mí y sacó del bolsillo un mejunje a base de miel y hierbas. Es un remedio natural que hace mi madre para la gripe. Tómatelo y verás como mejoras. Le agradecí de corazón el detalle. Estaba a punto de llevármelo a la boca cuando alguien se percató del riesgo y me apartó el vaso. Qué quieres ¿tocar o acabar con el Samur? A Darío le dije que me había sentado de perlas. El bolo se desarrollo sin incidentes.

A día de hoy todavía me acuerdo de la madre de aquel voluntarioso señor, y no en el sentido en que lo hace el resto de la banda. Me siento mal porque la presión popular hizo que aquel brebaje, lleno de cariño y esmero, acabara en la basura.

Aprovecho pues esta oportunidad para disculparme y, al mismo tiempo, probar suerte rememorando la historia de nuestro heroico promotor, con la esperanza de que, mientras lo hago, Dios no aniquile a ningún gatito ni queme los plomos de alguna sala de conciertos. En fin, supongo que son cosas que pasan y en verano más.