Publicado: 22.05.2014 09:13 |Actualizado: 22.05.2014 09:13

Quino versus la realidad

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Escribió G. K. Chesterton que una de las características de la mente infantil es el placer que encuentra en ponerse límites. De ahí el gusto, por ejemplo, de pisar solo las baldosas negras en lugar de las blancas o de caminar por los bordillos cuando pueden hacerlo por la acera. Luego uno crece y todo salta por los aires, las baldosas ya no son blancas o negras y el bordillo resulta difuso o infranqueable.

Mafalda, que de inocente tiene el lacito, lo que hace una y otra vez es preguntar por esos límites, maldecir al mundo por haber movido esas malditas baldosas, evidenciar con falsa ingenuidad que algo ahí fuera está equivocado. La grandeza de Quino, padre de la criatura y merecidísimo Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, radica precisamente en jugar con esos límites sin artificios, con una simplicidad que invita a mirar a sus personajes como a nosotros mismos.

Hijo de andaluces republicanos emigrados en 1919 a Argentina, Joaquín Lavado Quino creció retraído, lacónico y ajeno al bullicio de las calles de su Mendoza natal. Maratonianas sesiones de cine, revistas de historietas y las disparatadas diatribas de una abuela comunista cabreada con el mundo terminaron por adiestrar la imaginación de un viñetista todavía en ciernes que prefería vivir en sus dibujos que en la realidad. El humor surrealista de Borges y la inventiva de Cortazar completaron la estampa del que más tarde se convertiría en todo un referente del humor gráfico.

"Como siempre; apenas uno pone los pies en la tierra se acaba la diversión", se quejaba Quino en boca de Mafalda, esa "heroína iracunda", como le gustaba llamarla a Umberto Eco, primer editor del argentino en Europa. Una lucha sin cuartel la que mantiene el autor con todo lo que huele a rancio y preestablecido, con esa belicosa realidad que le desagrada y a la cual planta cara a través de una filósofa bajita, regordeta y cabezona como pocas.

El universo de Quino atrapa por igual a pequeños y mayores. A los más jóvenes porque les presenta un mundo inteligible e idealista, los adultos, en cambio, ven en él sus propias vergüenzas garabateadas en forma de cinismo e ironía. "¿No es increíble todo lo que puede tener dentro un lápiz?", se preguntaba Guille, el indomable hermano de Mafalda, ante la sufrida mirada de su madre después de pintarrajar las paredes de su casa con ballenas, castillos, dinosaurios y espadachines. La pregunta sirve también para resumir con humildad lo que ha hecho Quino toda su vida; encerrar en unos pocos trazos y con abrumador sentido común las miserias de un mundo, el de los adultos, que no entiende ni quiere.